Cien gatos en una bolsa

Cien gatos en una bolsa
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por Pablo Moragues
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La historia no nos enseña nada. O, a lo sumo, nos enseña que no nos enseña nada. De otro modo no puede entenderse que los desvaríos del pasado gocen de tan buena salud. En este tiempo edulcorado e idiotizado a más no poder, de gente totalmente desorientada y famélica de puntos de referencia, una vez más, los gatos presos de la fiebre caza-votos salen a manotear cuanta alianza se les cruce por el camino. Es cuestión de sumar, no importa cómo, no interesa con quién, hay que mover la pesadísima aguja de las encuestas a nuestro favor. ¿Los agravios del pasado? Son historia antigua. ¿O acaso alguien se acuerda de lo que pasó anteayer? Se sabe, de noche todos los gatos son pardos. Pero al llegar el día, con el sol revelando los pelajes no sólo distintos sino irreconciliables, los amontonamientos coyunturales, más temprano que tarde, empiezan a resquebrajarse.
Con las ideas en franco reflujo y las ideologías colgadas en los anaqueles de los museos, ¿qué queda? Pues queda una carcasa hueca; una puesta en escena y millones de discursos eruditamente articulados para el floreo y la promesa vacua. Lejanos, muy lejanos, en el tiempo quedaron esos días de actos multitudinarios en los que alguna figura, mentirosa o no (generalmente mentirosa), capaz o no (generalmente incapaz), lograba captar la atención de los interlocutores con algo vagamente similar a conceptos elaborados. Los océanos de cabecitas se sucedían por cuadras y cuadras. Oídos atentos y ovaciones imaginativas.
Muerta y enterrada esa era geológica, el presente es para los acomodaticios, convenientemente asesorados por brujos marketineros, sabelotodos publicitarios y directores de arte. Lógicamente descartadas las convocatorias masivas en la calle, sólo restan los encuentros modestos en clubes o mini estadios donde, como nunca y más que siempre, funcionan los bondis alquilados y los hace-bulto al precio de un chori y una Coca. Sin aglomeraciones adictas e incondicionales, los gatos caza-votos hacen números y las cuentas no les dan. Para colmo, terminan con la cola erizada y los bigotes apuntando al norte cuando reciben los últimos sondeos de opinión.
Tristemente carentes de integridad y amarretes en eso de las elucubraciones superiores, su única salida es engrudar a cuanto rival de antaño se les cruce delante para amalgamar unos adefesios ininteligibles que con suerte atraerán algunos sufragios más. Sin duda, estos gatos caza-votos de hoy no han inventado nada, pero nadie les podrá quitar el dudoso honor de ser quienes están convirtiendo el apelotonamiento apresurado en un verdadero arte. Porque no se trata solamente de pergeñar coaliciones, eso lo hace cualquier aficionado. Los profesionales que se precian, tan sólo con un potecito de Plasticola, diez centímetros de alambre y un rollito de cinta Scotch, hacen maravillas. Los pegotes no reconocen identidad conceptual alguna ni tampoco la buscan, pues, ya quedó claro, lo que la gente avala cuando entra al cuarto oscuro, cual entrega de premios, es el mejor vestuario, la mejor sonrisa impostada y la mejor coreografía.
Lo que va a ocurrir es conocido. Una vez pasada la urgencia comicial, el apurado hacinamiento de los otrora candidatos entra en rápida descomposición y empieza la desintegración. La bolsa se agita de un lado a otro mientras los felinos olvidan súbitamente sus recién parchadas amistades y comienzan a mostrar las garras. Con la inexorabilidad de la física teórica, el agua y el aceite, temporalmente reunidos en pos de un objetivo mezquino, se apartan y repelen. Para peor, los gatos de más edad (por no decir veteranos) se aferran a sus parcelitas con uñas y dientes, mientras los más gurises y ambiciosos encorvan el espinazo y se preparan para el zarpazo letal.
La bolsa apenas se está llenando, delante de nuestros ojos. Uno a uno, los gatos caza-votos se reúnen y muestran las encías para la foto. Ahora mismo, en este instante, de todos los colores, de todos los pelajes. En este instante que hace historia, una historia que, creo que por algún lado quedó dicho, no nos enseña nada. Por el momento, todo son ronroneos, el acicalado habitual en la especie y el reconocerse por el olor y por la insuperable habilidad de caer siempre en dos, perdón, en cuatro patas. Es lo que hay, lo que ha quedado, lo que resta al raspar la olla.
¿Qué puede salir de todo esto? Pues lo que hay, lo que ha quedado, lo que resta al raspar la olla. Sin un mínimo de pudor y sensatez entre los que se postulan y un mínimo de exigencia entre quienes eligen, el destino parece sellado. Desdichado destino. Incluso ahora, ahora mismo, en este instante, aún antes de que se libre la batalla, es posible advertir que la bolsa principia a moverse sospechosamente, como si algo oscuro e indescifrable empezara a apoderarse de los cien gatos que contiene.

 
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