Baracoa, la primera de todas

Baracoa,la primera de todas
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por Manuel de Oro
Especial para HDC

Alguien me dijo que tres semanas era mucho tiempo para ir a Cuba, algo que pude desmentir a los pocos días de llegar. Tan sólo en La Habana me quedé una semana, y las dos restantes me parecieron totalmente insuficientes para todos los lugares que quería conocer. No me quedaba otra que elegir algunas ciudades para ver esta vez, y agregar Cuba a la lista de lugares a los que habría de volver algún día. Santa Clara y Santiago de Cuba fueron las primeras elegidas, y como ya estaba casi en un extremo de la isla, pensé que podría seguir un poquito más y conocer Baracoa,  la ciudad más antigua del país.
El trayecto hasta la capital cubana del cacao es generoso en paisajes pero un poco difícil para los que se marean fácilmente o sufren con las alturas. Es que para llegar a Baracoa hay que atravesar un cordón montañoso en una ruta que parece ser una eterna curva junto a la cornisa. Además de hacer el camino más divertido, las montañas mantuvieron a este rincón de Cuba relativamente aislado del resto del país, pues solamente había acceso marítimo. Quizás esto explique una de las primeras cosas que noté al llegar, la forma tan suya y divertida de hablar de los baracoenses.
Los pocos pasajeros que íbamos en el ómnibus fuimos recibidos por el habitual grupo de propietarios de “casas particulares” con sus carteles, fotos y efusivas promesas. Me sorprendí al ver que entre la comitiva de bienvenida había una mujer que levantaba un cartel con mi nombre, como si hubiera hecho una reserva y hubieran mandado alguien a esperarme. La explicación resultó mucho menos glamorosa: me había llevado la llave de la casa particular donde me hospedaba en Santiago de Cuba, y la señora le había pedido a su compañera en Baracoa que la recuperara – y de paso me ofreciera su lugar. “Margot  ya me dijo que te haga precio” me dijo mi nueva anfitriona, y me indicó un taxi bicicleta que nos llevaría las pocas cuadras que separaban la terminal de su casa.

Gringo, come home
Mucho está cambiando en Cuba. Algunas reformas son muy recientes, como la habilitación para la compraventa de casas y autos, el ejercicio particular de profesiones liberales, o la posibilidad (al menos teórica) de salir del país sin necesidad de obtener un permiso. Otros cambios ya tienen algunos años, como es el caso de los “paladares” (pequeños restaurantes familiares) y de las “casas particulares”, que son residencias familiares que mediante el pago de una tasa al estado reciben la autorización para hospedar a turistas nacionales o extranjeros.
La aparición de los paladares y casas particulares significó un gran cambio tanto para los turistas como para los cubanos. Los visitantes que antes sólo podían hospedarse y comer en hoteles operados por grandes cadenas hoteleras del exterior ahora pueden optar por comer directamente de las cocinas de las familias cubanas y hospedarse junto a ellas en sus casas. Los cubanos que decidan y puedan emprender, por su lado, reciben los beneficios del turismo sin intermediarios.
Me alojé en casas particulares en las siete ciudades por las que pasé, y me alegro de haber elegido esta opción en vez de los tradicionales hoteles (o de los inexistentes hostels). Además de ser más baratas y de generar una contribución a las familias cubanas, hospedarse de esta forma permite adentrarse a la vida de los cubanos, interactuar con ellos de una forma más íntima y relajada. En algunos casos acepté la oferta de las familias de comer en sus casas por algunos convertibles más, un delicioso descanso de las pizzas y espaguetis que constituían mi dieta de bajo presupuesto y  una excelente ocasión de sentarse a su mesa y escuchar sus historias.
Las casas particulares son otra más de las curiosidades de la economía insular. Creadas experimentalmente como una forma rápida de solucionar la insuficiencia de hospedaje que se había producido, se convirtieron en una fuente de divisas para el estado y las familias, que de otra manera sólo tendrían ingresos en pesos cubanos. Si bien la tasa que deben pagar por el permiso es alta, los beneficios también lo son: el precio de dos noches en una habitación promedio supera el salario de la mayoría de los profesionales que trabajan para el estado, incluidos los médicos.

Quien viaja solo, nunca está solo
En la casa donde me alojé en Baracoa se alojaban también dos chicas alemanas. Tras presentarnos y enterarnos de que ninguno había cenado fuimos a un paladar que se veía bueno, y me habían recomendado. El restaurante funcionaba en el salón principal y la galería de una vieja casona de la calle principal del pueblo. Al llegar nos recibió el dueño y decidimos quedarnos cuando logramos que trajera una carta con precios más bajos. Es que en Cuba la frase “según la cara del cliente” se cumple al pie de la letra.
Los precios que a uno le cobren varían bastante según de dónde el vendedor considere que somos. Los escandinavos son los que siempre reciben el menú más caro, junto los norteamericanos y europeos, aunque éstos suelen estar más atentos a los precios. Hay un menú más barato para latinoamericanos, pero a veces hay un tercer menú que aparece si se menciona la palabra mágica: estudiante. Esta palabra no debe ser entendida en sentido estricto, los mochileros también clasifican para el mayor descuento. ¿Acaso los viajeros no estamos embarcados también en un aprendizaje? No en todo paladar ocurre lo mismo, pero en muchos de ellos basta conversar un poco para acceder a precios más amigables.
Cuando terminamos los camarones con salsa de coco que decidimos probar, seguimos hacia la plaza principal, lugar donde se concentran los dos o tres lugares que permanecen abiertos en la noche de Baracoa. El saloncito de la Casa de la Trova era tan pequeño como el pueblo, pero la ventana era grande, convirtiendo a la vereda en un bar al aire libre. Las alemanas recibieron  de los baracoenses que por ahí pasaban varias propuestas de lecciones de salsa, pero recusaron todas. Al ver que ellas no querían bailar otros propusieron su amistad, y hubo quien arriesgara un pedido de casamiento.
Es cierto que muchas propuestas que comienzan como simples bromas pueden ir lejos según la disposición (y billetera) del turista, pero no es cierto que todo quien se acerque tiene un interés.  En la calle, en la casa o en la guaga, nunca faltan oportunidades para conocer otros viajeros o vecinos del lugar. A veces por necesidad, casi siempre por afinidad, todas las veces que comencé un viaje solo encontré en el camino alguien con quien compartirlo aunque sea durante un rato.
Junto con las dos  mochileras alemanas aceptamos la propuesta del dueño de casa de llevarnos a conocer el cercano Parque Humboldt. En el camino nos mostró la fábrica de chocolate que fue inaugurada por el ministro de industria Ernesto “Che” Guevara, pero no aceptaban visitas. Yo me perdía trechos del relato porque Rolando quería practicar su alemán, idioma que no entiendo. Nos contó que lo había aprendido cuando en los años previos a la caída del muro del Berlín (y del campo socialista) estuvo trabajando en fábricas de la Alemania Oriental.
De regreso a Baracoa pasamos por Playa Maguana, donde deseé tener un  mate para  acompañar la puesta del sol y el descanso de la caminata que habíamos hecho. Nos contamos un poco de nuestras vidas, al final poco sabíamos del otro. Pensé que viajando las amistades nacen más rápido y no son pocas las que duran más que el viaje que las propició. Por eso a quien quiera viajar y esté esperando con quién salir yo le diría que no espere más y salga sin más compañía que la buena disposición. ¡Quien viaja solo, nunca está solo!

 
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