La compañera de Santiago de Cuba

comillas01.pngMe subí a la carreta tirada a caballo en dirección a la terminal para tomar el colectivo que me llevaría a Santiago de Cubacomillas02.png

Me subí a la carreta tirada a caballo en dirección a la terminal para tomar el colectivo que me llevaría a Santiago de Cuba, casi en el extremo oriental de la isla. Sería un viaje largo, por suerte nocturno, y con mi facilidad para dormir viajando no me daría cuenta. No contaba con que el colectivo haría varias paradas intermedias, pero esa providencial habilidad mía para volver a entrar en el sueño (de la que ya se quejaron varios compañeros de viaje) hizo que al poco tiempo abriera los ojos en la terminal de destino.
Siempre es emocionante llegar a un lugar que tus pies nunca antes pisaron, pero es todavía mejor cuando hay alguien que te espera. Si bien puede ser divertido y desafiante tener que arreglárselas solo en un lugar totalmente desconocido, saber que alguien estará allí para recibirte te transmite familiaridad aún antes de llegar. Cuando bajé del colectivo en Santiago, esperé a que me entregaran mi mochila, y todavía medio dormido atravesé la pequeña multitud que se agolpaba en la puerta, tratando de llevar turistas a alojarse en sus casas particulares. Por suerte no necesitaba ponerme a elegir una casa y regatear. La couchsurfer que yo había contactado desde México se había ofrecido para encontrarme a mi llegada y llevarme a una casa particular de confianza, y a un precio amigo.
La primera impresión que tuve de Santiago fue el tráfico intenso. Eso en Cuba significa mucho humo y ruido, porque la mayoría de los autos, camiones y otros vehículos surgidos de la creatividad cubana son muy antiguos. Santiago de Cuba es la segunda mayor del país, y yo que venía de la tranquila Santa Clara noté enseguida el contraste. Pero las principales diferencias son más interesantes, no se ven en los autos de la ciudad sino en los rostros de quienes transitan sus calles. Es que mientras que en Villa Clara se nota una mayor presencia de rasgos hispánicos, en el oriente se percibe más la herencia africana, así como la inmigración haitiana.

La compañera couchsurfer
Hay muchas cosas que funcionan de una forma diferente en Cuba, y couchsurfing es una de ellas. Esta comunidad mundial de viajeros que me permitió encontrar alojamiento gratuito en casas de locales mientras estuve viajando en México, existe en la isla, pero tiene que adaptarse a las reglas propias del país. Los ciudadanos cubanos están limitados en cuanto a las visitas que pueden alojar gratuitamente en sus casas. Además de haber un tope de días por año, hay un trámite consular que hay que hacer como visita antes de llegar a Cuba, con lo cual alojarse a través de esta comunidad está prácticamente prohibido. Sin embargo, el sitio es mucho más que un buscador de alojamiento, se trata de conectar viajeros y para eso no hay limitaciones.
Mi anfitriona había respondido a mi mensaje desde México y además de buscarme en la terminal y recomendarme una casa particular se ofreció a darme un pequeño tour por la ciudad. Nos encontramos después de su trabajo en la Universidad de Oriente, donde se había licenciado en Economía. De camino hacia el Parque Céspedes pasamos por la Casa de la Trova, que sin duda es uno de los imperdibles de la ciudad, sobre todo para quienes disfrutan de la buena música.  
Después de escuchar algunos temas fuimos a La Terraza, un paladar con buena vista y tragos en moneda nacional. Allí mi anfitriona me contó que además de ser una de las couchsurfers más activas de la ciudad era también miembro del partido. Un detalle interesante porque la mayoría de las opiniones que había escuchado hasta entonces eran opuestas al régimen. Charlamos  sobre el plan para unificar las monedas y otros cambios que están ocurriendo en la isla, pero tuve que conformarme con poco, entendí que mi curiosidad no sería muy diferente a la de tantos otros viajeros que ya habrían hecho esas preguntas muchas veces. Quizás me tuve que guardar algunas preguntas, pero no importa, la compañera couchsurfer consiguió transmitirme su optimismo sobre el futuro de la isla y la misma sensación que tantos otros cubanos: la de que la situación política y económica es apenas una circunstancia, mientras que vivir feliz es una decisión.
Terminamos las piñas coladas y seguimos hacia el Parque Céspedes, que es el lugar donde hay que estar en una linda noche santiagueña. Encontramos un banco y allí nos quedamos un rato viendo el desfile de los personajes del lugar: las adolescentes cantando los hits imperiales del momento, los no tan adolescentes escuchando rock desde un celular, el guitarrero que ofrece unas trovas al paso, y el vendedor de cacahuates. Cada conito de cacahuates pelados y salados a un peso cubano. Al rato pasa un hombre cargando una bandeja y le pedimos que nos deje varios bocaditos de queso y dulce de guayaba, el equivalente cubano de nuestro vigilante.

Agitación en la guagua
Al otro día me levanté temprano para ir al Castillo del Morro, viejo guardián de la Bahía de Santiago. No quería la opción fácil (y cara) del tour armado, así que me fui a la parada de las guaguas que iban hacia el sur. Al rato llegó la que me dijeron que tomara, así que me subí y me senté en uno de los tres largos asientos instalados en la caja del camión. Tuve suerte de conseguir asiento, el viaje sería largo. Pocas paradas bastaron para que la guagua se llenara, pero faltaban todavía otras y muchos más compañeros que querían viajar, que se las ingeniaron para deslizarse dentro.
Contorsionándose para avanzar entre esa maraña de brazos, piernas, mochilas y carteras venía el cobrador, recolectando el dinero del pasaje. Acababa de pasar por donde yo estaba sentado cuando desde el frente de la caja se escuchó un griterío. Igual que los bostezos, los gritos de cada pasajera se contagiaban a la siguiente, que por las dudas gritaba más fuerte aunque no supiera bien por qué. Como moverme no era una opción, miré hacia el frente, de donde venían los empujones, justo a tiempo para ver cómo uno de los pasajeros encajaba limpiamente su puño en la mandíbula de otro. Más griterío. Los intentaron separar, se puso más violento y ya no pude ver más, pero antes de que lo bajaran alcanzó a sacar una navaja y lastimar la mano del otro. Por las dudas muchos se bajaron aunque el agresor ya no estuviera abordo, y el camión siguió viaje haciendo una escala en el hospital, en donde bajó el compañero agredido.
Cuando llegamos al final del recorrido me bajé, y después de avanzar unos metros vi a lo lejos el Castillo de San Pedro del Morro, erguido imponente sobre un promontorio junto a la boca de la bahía. Construido en el siglo XVII para defender a la ciudad de los piratas, es Patrimonio Histórico de la Humanidad. Dentro hay un museo sobre la piratería y una sala que relata la batalla naval entre España y Estados Unidos de la que el castillo fue testigo en 1898. Afiches narran los sucesos y las características de las flotas, pero el cuidador de la sala tiene su propio relato, que gustosamente comparte con quien quiera conocerlo.

 
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