Saudade por Brasil

Análisis, por Gonzalo Fiore (Especial para HDC)

Muchas cosas se han escrito y se escribirán sobre Luiz Inacio Lula da Silva en los próximos días, hay distintos modos de abordar la figura del líder popular más grande que tuvo Brasil desde Getulio Vargas: la estadística (las tres elecciones perdidas antes de ser Presidente, los 40 millones de brasileños que salieron de la pobreza gracias a las políticas implementadas por sus gobiernos, la cantidad de causas y denuncias judiciales que tiene desde su vuelta al llano, etc.); o la biográfica: el chico pobre que dejó la escuela en sexto grado para ser tornero mecánico, las históricas huelgas contra la dictadura en los ´70, su gran capacidad de armador político y su carisma arrollador, etc. 

Hoy, en la persecución que viene sufriendo se hace más visible que en ningún otro caso la alianza de las corporaciones económicas, mediáticas, judiciales, y en algunos casos, inclusive, la militar, para perseguir a los líderes populares latinoamericanos. Es un lugar común decir que América latina viene “girando a la derecha”, y sectores que en las décadas anteriores habían perdido influencia, están hoy recuperándola. Pero lo novedoso es que sectores extremistas parecen tener más visibilidad que nunca. Jair Bolsonaro, un hombre de la extrema derecha que abiertamente defiende el accionar de la dictadura, es quien más mide después de Lula para las próximas presidenciales. 

Tras el golpe blando que sufrió Dilma Roussef y el ascenso de Michel Temer, la ya compleja situación social empeoró. En medio de un clima denso y de tensión social, tirotearon la caravana de Lula en los estados ricos del sur, y hubo amenazas trasnochadas de golpe de Estado por parte de militares en caso de que Lula pudiera ser candidato y ganar las elecciones. En septiembre de 2016, tras la causa del Lava Jato, Lula había sido acusado de ser el jefe de la corrupción, y condenado en 2017 a nueve años y medio de prisión por haber favorecer a la constructora OAS; un tribunal de segunda instancia confirmó la condena en enero y la amplió a 12 años y 5 meses.

Actualmente, el gigante sudamericano vive una situación al borde del colapso: la sociedad está fracturada, el tejido social descompuesto, y la confianza en los políticos prácticamente inexistente, la imagen positiva del gobierno en apenas un digito. Rio de Janeiro intervenida militarmente tras un decreto de Michel Temer como justificación del “combate al tráfico de drogas”, que, entre otros se cobró la vida de la concejal opositora Marielle Franco, aquella que, pocos días antes de ser asesinada a balazos, había denunciado el accionar de los “escuadrones de la muerte” de la Policía Militar.

Mucho se habla en la clase política argentina acerca del caos en la Venezuela de Nicolás Maduro, pero poco se dice de la situación catastrófica que sufre el país vecino. El idioma portugués tiene una palabra que si bien puede asemejarse a la nostalgia o la melancolía, tiene connotaciones más profundas y no puede traducirse a ningún otro idioma: saudade. Un término que viene de la conjunción de “solidao” (soledad) y “saudar” (saludar), donde sufre quien queda aguardando el retorno de quien partió. El pueblo humilde brasileño hoy parece estar sufriendo “saudades” de tiempos mejores, que en la coyuntura actual sólo Lula da Silva podría representar. Que la Corte Suprema rechace la petición del habeas corpus para el ex presidente por un resultado de 6 a 5 votos, abriendo la puerta para una más que probable detención, no hará más que convertirlo en un mártir, en una figura más legendaria de lo que ya es. Proscribir al candidato que mayor cantidad de votos logra reunir en un país tan plagado de desconfianza en las elites, sólo podrá traer como consecuencia una fractura social peor. La historia política de América latina demuestra que, lejos de solucionar problemas, prohibir a las mayorías sólo logra exacerbarlas.

Según quien esto escribe, así como Lula jamás será olvidado por los más humildes, los millones de brasileños a quienes sacó de la pobreza, tampoco conseguirá el perdón de aquellos que siempre detentaron el poder: un poder que les fue arrebatado (aunque fuera temporalmente) por un tornero mecánico, un sindicalista con sexto grado, que nunca olvidó de donde venía y a quien debía representar. Como el mismo Lula ha dicho en numerosas oportunidades: no le perdonan que un obrero haya llegado al poder.

 
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