El latir verdadero

Cascanueces, por Pablo Moragues (de nuestra Redacción) La calle, como ocurre casi siempre, terminará constituyéndose en el escenario en el que se dirimirá la cuestión

La calle, como ocurre casi siempre, terminará constituyéndose en el escenario en el que se dirimirá la cuestión. La calle, impulsora de grandes cambios de todo tipo y de imprevisibles consecuencias, medirá una vez más la temperatura social y dejará en claro que, por más que las instituciones se arroguen la potestad de conducir el timón a discreción, todavía queda una última instancia, la postrera, la definitiva.

El reciente fallo (nunca mejor utilizada esta errática palabra) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que abre la puerta para aplicar el anacrónico y derogado dos por uno a los juzgados y condenados por delitos de lesa humanidad dejó en libertad fantasmas y espectros que será muy, pero muy difícil volver a meter en la bolsa. A los intríngulis legales, que gente muy preparada ya está desgajando para desnudar el desatino del voto de la mayoría, se suma el insoslayable componente político, que una vez más arroja sombras y dudas inocultables sobre el máximo órgano de uno de los tres poderes del Estado.

Como antes, más que antes, nos damos de lleno con una situación que ha sido y es una costumbre nacional: la formación de cortes a la medida y necesidad del gobierno de turno, mancillando uno de los pilares de los siempre proclamados, pero nunca cumplidos del todo, preceptos republicanos. Esto deja el camino expedito para una democracia parchada, en la que la expresión libre del voto, valiosísima desde luego, va quedando como uno los pocos motivos de regocijo, dejando el resto librado a las imparables mareas de los intereses y las transas que se deciden allá arriba, muy lejos de las planicies de la olvidada soberanía popular.

Un fallo como el de la Corte sobre el dos por uno no es casual en ningún aspecto: ni en la oportunidad de su difusión, ni en la elección del acusado beneficiado, ni en la composición del voto de la mayoría. Peor todavía, da la sensación de que los impulsores de esta medida política (porque en definitiva de eso se trata) no calcularon bien lo que ocurriría una vez abierta la caja de Pandora. Y ahora deberán capear un temporal de complicada resolución, mientras los repudios al dictamen del máximo tribunal van aumentando con cada minuto que pasa.

Muchos hasta ya especulan con que, de alguna manera y en la medida en que el huracán del descontento agite las aguas de la actividad proselitista de este año, los impulsores de la medida cortesana se están estrujando las neuronas para hallar una salida lo más limpia y maquillada posible. ¿Será otra vuelta atrás de las autoridades? ¿Otra medida que se arroja a las fauces de una sociedad asqueada y que luego es anulada cuando el clamor se hace ensordecedor? ¿Otro globo de ensayo que sale mal? Una parte, y no menor, de la coalición gobernante ya venía quejándose por ser sistemáticamente marginada de la toma de decisiones trascendentales que luego son patéticamente retiradas por impopulares o impracticables. ¿Qué dirá ahora esa parte entre bambalinas, lejos de los micrófonos inoportunos? ¿Cuántas rajaduras más soportará una alianza que desde hace rato muestra signos de deterioro estructural?

Pero, más allá de todo lo anterior, sobreviene una situación de indefensión. Nos enseñan desde la más tierna edad a creer en la Justicia, a depositar ciegamente nuestra confianza en las instituciones, para luego darnos cuenta a medida que crecemos que la realidad es una mala copia, cuando no una descarada contradicción, de todo lo que nos inculcaron. Hay una sensación de vacío, que claramente no es nueva, pero que se agiganta con fallos como el de la Corte sobre el dos por uno. Porque, además, flota el interrogante, ¿hasta dónde va a llegar esto? ¿Hasta cuándo? La inconsistencia se hace carne y lastima. Entre muchas otras cosas, podemos preguntarnos qué otra explicación que no sea política se le puede aplicar al fallo de la Corte, que lleva al extremo el garantismo para acusados y condenados por delitos aberrantes e imprescriptibles, cuando el discurso oficial va en sentido contrario, exigiendo siempre penas más largas, la imputabilidad desde menor edad y la restricción de las excarcelaciones.

La situación se les fue tanto de las manos que hasta la Organización de las Naciones Unidas, a través de la Oficina para América del Sur del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Acnudh), advirtió que cuando los jueces hablan de aplicar la “ley penal más benigna” no pueden desconocer “los estándares internacionales aplicables a los delitos de lesa humanidad”. En definitiva, el reto de la Acnudh va en el sentido de que si se atenúan las penas con fallos como el de la semana pasada, se estaría ante una amnistía encubierta, siendo que los crímenes de lesa humanidad no son amnistiables ni indultables para el derecho internacional que nuestro país suscribe.

Cómo será el descrédito que el fallo cortesano provocó que hasta integrantes del propio entramado judicial, como jueces y fiscales, se distanciaron inmediatamente y fijaron postura contraria. Los comunicados de repudio se multiplicaron por cien en cuestión de horas y lo mismo sucedió con los proyectos legislativos que, vía Congreso, buscarán, con mayor o menor convicción y sinceridad, reacomodar los tantos. No obstante, con la depreciación constante en la que incurren las instituciones, será otra vez la calle, sin violencias y en paz, la que mostrará el latir verdadero de la comunidad. En todo el país se preparan marchas para esta tarde en las que se buscará visibilizar un descontento dilatado y profundo que se alimenta de la persistencia de la impunidad. Un latir verdadero, tal vez el de una herida todavía abierta, a la que tantos insisten en echarle sal. La citada historia de Pandora cuenta que cuando se cerró la caja, ya liberados todos los males del mundo, sólo quedaba en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza. Probablemente la misma que copará hoy las calles.

 

 
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