No molesten con eso de las ideas

De a poco, con parsimonia, comienza a instalarse en la agenda pública la venidera compulsa electoral para renovar cargos legislativos. 

Cascanueces, por Pablo Moragues (de nuestra Redacción)

De a poco, con parsimonia, comienza a instalarse en la agenda pública la venidera compulsa electoral para renovar cargos legislativos. Coincidencia o no, la frialdad con que la gente se acerca al tema (si es que realmente lo hace) va en total sintonía con el gélido gris de un invierno cada vez más cercano. Como siempre, los acomodamientos tienen poco que ver con ideas o propuestas que saquen de su perenne mediocridad al ámbito donde se conciben las leyes. Por el contrario, todo pasa por una conocida danza de nombres que deja al descubierto que los comicios de este tipo, en el mejor de los casos, son en realidad un trampolín para aspiraciones más jugosas.

Y si la propia clase política vacía de sentido la compulsa legislativa, poco cabe esperar de un electorado alienado por el siempre declinante bolsillo y el brillo fugaz de las operaciones de prensa. Todo discurre con una indolencia desfachatada, con una falta de seriedad que a esta altura ya se ha convertido en una marca de fábrica de estas tierras en constante convulsión. No hace mucho, hasta la vicepresidenta, Gabriela Michetti, consideró que “lo más efectivo sería, por lo menos durante un tiempo, evitar las elecciones de medio término”. Si bien su comentario supuestamente iba en el sentido de evitar “la competencia destructiva que tenemos en los años electorales”, está claro que los comicios en sí, indispensables y bastión clave de la poca participación popular que va quedando, no son el problema, sino el bastardeo que se hace de ellos.

Y no sólo entre partidos se suscita la lógica confrontación, sino también, y a veces con más virulencia, puertas adentro de los distintos espacios. Hoy por hoy, Córdoba se muestra como un escenario complicado para cualquier armado medianamente armonioso. Por caso, el barco de Cambiemos se muestra permanentemente escorado por las pretensiones del radicalismo de dejar de ser el hermano menor al que ni siquiera se consulta en medidas de gobierno de evidente envergadura. Así, la UCR busca un protagonismo en las listas de candidatos que el macrismo trata de acotar blandiendo los sondeos que muestran la buena imagen que mantiene el Presidente en este distrito. Por ahora la concordia sigue mostrándose con fruición puertas afuera porque está claro que cualquier difusión de las pullas por espacios de poder, que las hay, terminará agrietando la coalición y haciéndole el juego al PJ. De todos modos, el nombre que ocupe finalmente el primer lugar en la lista, aspiración que sostienen Héctor Baldassi y Diego Mestre, permitirá tener una idea más clara de cómo están acomodadas las fichas en Cambiemos.

Por su parte, el oficialismo en la provincia pasa por un proceso similar, con el aditamento de que su máxima figura, el exgobernador José Manuelde la Sota, ya se autoexcluyó de una eventual postulación. Ello deja el camino expedito para que pesos pesados como el vicegobernador Martín Llaryora y la secretaria de Equidad y Promoción del Empleo, Alejandra Vigo, busquen las nominaciones principales para sostener el voto peronista en Córdoba. La imagen de ambos, analizan en los pasillos del Centro Cívico, permitiría no sólo hacer una buena elección, sino también mantener el caudal de apoyos que el PJ quiere asegurarse para mirar con más confianza a 2019. Como queda en evidencia, el debate (de algún modo hay que llamarlo) en los distintos espacios no pasa precisamente por elevar la jerarquía de los estamentos legislativos.

En este marco, no son pocos, aunque algunos lo digan a viva voz y otros sean más recatados y guarden las formas, los que propugnan la definición de las mentadas listas a través de pactos de unidad y llamados al consenso que, en definitiva, terminan siendo eufemismos que esconden el “dedismo” y el intercambio de favores y facturas para tener sosegada y en línea a la tropa. De primarias abiertas, ni hablemos, no sea cosa que a la gente se le dé por ir a votar para inmiscuirse en las cuitas internas de los espacios políticos. A la vez, esa democracia recortada y amañada a las urgencias coyunturales no aporta mucho para sacarles algo de lustre a los próximos comicios legislativos.

El folclore incluirá, como es habitual, la proliferación de encuestas que, con llamativa prolijidad, dirán exactamente lo contrario. La guerra de sondeos recién empieza y quedará a la libre elección y capacidad del votante (si es que aún le queda voluntad para asumir la tarea) decidir qué porcentajes toma con seriedad y cuáles van a depositarse en el vetusto desván de la cháchara proselitista. Habrá que abrirse paso, con el machete del sano escepticismo en mano, entre la frondosa vegetación de las cifras y los gráficos de tortas, tratando de sacar algo en limpio entre tanto número y tanta predicción.

Las elecciones de medio término no son una molestia ni una imposición institucional destinada a alterar los nervios de gobernantes de por sí aprensivos y cautelosos a más no poder. Se trata de una instancia esencial del derrotero republicano en la que la idea es renovar los escaños de quienes deberán sacar las leyes que nos regirán a todos. El manoseo y el ninguneo de una compulsa de este tipo no desmerecen al sistema, sino a la clase política que termina siendo presa de su propia mezquindad. Mientras se sostengan en el tiempo las candidaturas testimoniales y el efecto “trampolín” hacia cargos ejecutivos, poca esperanza quedará de honrar un recurso tan trascendental. El voto es fundamental y debería ser una fiesta, no una carga pesada que estamos obligados cumplir un domingo de tanto en tanto arrastrando los pies.

 

 
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