Chile: El derecho de vivir en paz

Por Gonzalo Fiore

Entre barricadas, enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y consignas contra el gobierno de Sebastián Piñera, ya llevan dieciocho muertos en Chile según cifras oficiales. Las manifestaciones comenzaron durante el fin de semana, debido a un aumento de treinta pesos en el precio del boleto de metro. Aunque el ejecutivo dio marcha atrás con las medidas, las protestas se han convertido en algo mucho más profundo que va contra el sistema chileno en su totalidad. Como dice una de las consignas: “no es por treinta pesos, es por treinta años”. Desde los sectores oficialistas están hablando de intentos de derrocamiento o de socavar la estabilidad institucional. Como en los tiempos pinochetistas, el presidente le declaró la “guerra” a lo que considera un “enemigo interno”, mientras que la primera dama, Cecilia Morel, se ha referido en un audio privado a los manifestantes como “una invasión extranjera, alienígena”. Si bien Piñera anunció el martes una serie de medidas sociales con el objetivo de frenar las protestas, las principales centrales sindicales continúan en estado de movilización. Más allá del pedido de perdón del presidente por sus expresiones previas, los anuncios parecen llegar tarde. Los sindicatos piden al gobierno una agenda social que se desarrolle junto a las organizaciones de base para aportar soluciones a largo plazo.

En los datos económicos de fondo se puede encontrar una de las causas de las revueltas. Chile ha cuadriplicado su nivel de crecimiento entre 2002 y 2018. También ha duplicado su Producto Bruto Interno per cápita durante los últimos veinte años, alcanzando los US$ 15,130 en 2019. Es uno de los países que más ha crecido en la región, cuyo PBI es ampliamente superior al promedio del resto de sus vecinos. No obstante, supera a la mayoría de los países de América latina en cuestiones de desigualdad. Su índice de Gini se encuentra en 47,7 puntos dentro de una escala donde el 0 significa equidad perfecta mientras que el 100 es inequidad. Estas cifras son mayores que las de Perú, México, Bolivia y Argentina. El 2% más rico de Chile percibe ganancias muy similares al 2% más rico de Alemania, mientras que el 5% más pobre gana prácticamente lo mismo que el 5% más pobre de países como Moldavia o Mongolia. Los gobiernos que se sucedieron tras el final de la dictadura de Augusto Pinochet a partir de 1990, tanto de izquierda como de derecha, mantuvieron las políticas económicas con modificaciones mínimas. Si bien esto fue de gran utilidad para consolidar un crecimiento estable de la economía chilena, ello no se tradujo en mejoras concretas a la hora de disminuir la gran brecha social que existe en el país trasandino.

Entre los sectores oficialistas han querido acusar a Nicolás Maduro de encontrarse detrás de las protestas. En la misma línea que Lenín Moreno en Ecuador, el venezolano ha sido señalado como el hombre que conspira contra la institucionalidad. Lo cierto es que la propia situación en Venezuela sigue siendo lo bastante grave como para que el gobierno bolivariano se encuentre en condiciones de interferir en asuntos internos de otros Estados. Al mismo tiempo, no deja de extrañar que los presidentes de los países miembros del Grupo de Lima hayan denunciado la represión en Venezuela pero no hayan condenado la actuación de las fuerzas policiales durante las protestas en Chile. Las causas de los conflictos sociales como los que vienen sucediendo en las últimas semanas en Ecuador, Perú, Colombia y Chile hay que buscarlos en la profunda desigualdad económica y social que viven esos países, y no en supuestas injerencias extranjeras. La ex presidenta Michelle Bachelet, actualmente Alta Comisionada Para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, había publicado un duro informe contra el gobierno de Maduro. En estos días, se ha referido al estallido social en su país llamando al diálogo y aclarando que “cualquier aplicación del Estado de Emergencia debe ser excepcional y en base a la ley”. Piñera lo decretó junto a un toque de queda el pasado domingo para las 16 regiones del país.

El México de Andrés Manuel López Obrador comienza a convertirse en un actor clave en el continente. Ya ha realizado sus primeros movimientos para promover un bloque regional que pueda servir de polo contrapuesto al Grupo de Lima. Esto puede traerle nuevos aires a Maduro, pero también contribuir a un nuevo giro a la izquierda en el resto de la región, especialmente en países donde la conflictividad social viene en aumento. Algunos dirigentes argentinos se han referido a lo que se viene viviendo en la región en las últimas semanas como “brisa bolivariana”. Lo cierto es que más que un pequeño viento, parece un huracán. Los ciudadanos parecen tener cada vez menos tolerancia al ver que existe un gran crecimiento para unos pocos y una desigualdad cada vez más insostenible para las mayorías. Más allá de las medidas urgentes tomadas por Piñera, los chilenos esperan transformaciones concretas, profundas y a largo plazo. La primera dama, en un audio privado, dijo consternada que deberán “estar preparados para ceder algunos privilegios”. La clase política latinoamericana deberá comenzar a tomar nota de ello, si no quiere que los conflictos continúen o se profundicen. Como cantaba el chileno Víctor Jara, asesinado por la dictadura de Pinochet, los pueblos quieren, a fin de cuentas, nada más ni nada menos, que el derecho de vivir en paz.

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