El final del romance con Trudeau

Canadá | Por Gonzalo Fiore

Justin Trudeau, primer ministro de Canadá desde noviembre de 2015, vive por estas horas la crisis política más grave de su gobierno. El joven mandatario, de 47 años, venía siendo considerado por un importante sector de los mercados, de la prensa, y de la política internacional como una de las grandes esperanzas globalistas. Para muchos, podía ofrecer de contrapeso “progresista” al liderazgo de Trump en los Estados Unidos. Sus políticas abiertas a la inmigración, defensora de los derechos de las minorías sexuales y amigables con la agenda de género, al mismo tiempo que impulsor de una agenda proteccionista contra el cambio climático, sumado a su impronta juvenil y moderna, lo convirtieron en un icono del progresismo liberal internacional. Sin embargo, el grave escándalo de corrupción que golpea a su gabinete, podría hacerlo seguir los pasos de otro líder similar en estilo, formas e ideas: Emmanuel Macron.

El pasado martes, renunció la segunda ministra del gabinete canadiense en el lapso de un mes. Esta vez fue el turno de la ministra del Tesoro -equivalente al Ministerio de Economía-, quien dimitió aduciendo que “perdió la confianza en el gobierno”. A Trudeau se lo acusa de ejercer presiones sobre quien fuera fiscal y ministra de Justicia, Jody Wilson-Rabould para cerrar un acuerdo con la constructora más grande del país: SNC-Lavalin. La ex funcionaria declaró en el Parlamento que Trudeau, junto a ministros y personas de su confianza, intentó convencerla mediante coerción durante cuatro meses. El problema, además, es que la constructora en cuestión ha recibido en numerosas oportunidades acusaciones de fraude. Particularmente, está en el ojo de la tormenta por haber supuestamente ofrecido sobornos a funcionarios del gobierno de Muamar el Gadafi para ganar licitaciones de contratos en Libia. Si esto se comprobara, quedaría impedida de celebrar contratos con el Estado de Canadá por diez años.

La empresa, con sede en Quebec, cuenta con más de 9.000 trabajadores en el país. Por lo que el gobierno del Partido Liberal se defiende sosteniendo que es su deber asegurar los puestos de trabajo de los ciudadanos canadienses. Si bien la empresa aún no ha sido condenada en Canadá, ya ha sido vetada por el Banco Mundial a causa de haber sido encontrada culpable de pagar sobornos para quedarse con obras públicas en Bangladesh. Lo que Trudeau quería, supuestamente, era que la Fiscalía del país le otorgue lo que se conoce como un “acuerdo de enjuiciamiento diferido” a la empresa. De esa manera, podría participar en contratos con el Estado. Ante esto, la Fiscal se negó, y cuando el gobierno le pidió a Wilson-Rabould que interceda, esta respaldó a su sucesora en el cargo.

A Trudeau se lo ha comparado en muchas ocasiones con Macron. Ambos, se han mostrado como la garantía de las voces globalistas frente al avance de los nacionalismos o los llamados populismos de derecha. Han logrado cosechar muy buenos resultados entre un electorado mayoritariamente universitario, blanco, y progresista que los ve como la contracara de los discursos agresivos de dirigentes como Trump, Salvini o Le Pen. Mientas que el avance internacional de la extrema derecha parece imparable, esto ha comenzado a mermar en los últimos meses. Por ahora, la popularidad del canadiense no ha caído tanto como la de su par francés. Macron tiene una aprobación de tan solo el 23 % mientras que las protestas de los chalecos amarillos no cesan desde hace meses. Según las encuestas que trascendieron en los últimos días, más de un 40 % de los ciudadanos cree que Trudeau no actuó bien en el caso.

El pasado lunes renunció Gerald Butts, un hombre clave del gobierno. Un sector del Parlamento, todavía minoritario, evalúa presentar una moción de censura contra el primer ministro. Si bien no es probable que eso prospere, uno de los escenarios posibles es que Trudeau termine por adelantar las elecciones. Antes del escándalo los sondeos daban un empate técnico entre el Partido Liberal que conduce y los conservadores, hoy en la oposición. Luego de las renuncias, la mayoría de las encuestas coinciden en una ventaja de entre siete y ocho puntos a favor del Partido Conservador. Butts es un amigo desde hace años de Trudeau y hasta su renuncia era su asesor político más cercano. Negó terminantemente las acusaciones de haber ejercido presiones sobre Wilson-Rabould. No obstante, las dudas se acrecentaron tras su dimisión.

Estos hechos manchan la imagen supuestamente impoluta y bien intencionada que proyectaba Trudeau. Quien venía mostrándose como una garantía sensata, honesta, tolerante, amable a los mercados internacionales y con sensibilidad social. A su vez, nunca dejó de estar rodeado de un aura atractiva para la juventud. Por ejemplo, en diciembre pasado legalizó el consumo de marihuana en todo el país. Su prestigio en la escena internacional va decreciendo a favor de otro tipo de liderazgos. Mientas tanto, faltan solo siete meses para las elecciones en Canadá que determinarán su continuidad. El episodio, en un país tan preocupado por la transparencia y la institucionalidad, no le será gratuito. Su padre, Pierre, logró sortear numerosos escándalos durante el transcurso de su larga carrera política. Estará por verse si Justin Trudeau cuenta con la misma muñeca política del que es considerado fundador del Canadá moderno. Por ahora, todo indica que puede ser el final del romance con el joven mandatario.

 
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