La crisis del progresismo uruguayo

Por Gonzalo Fiore

El 27 de octubre pasado fue un domingo cargado de elecciones y noticias positivas para el progresismo en la región: se produjo el retorno del peronismo al poder en Argentina, y comicios regionales en Colombia donde avanzó la centro izquierda frente al ex presidente Álvaro Uribe. No obstante, finalmente habrá segunda vuelta en Uruguay. El candidato del Frente Amplio, Daniel Martínez, no logró la cantidad necesaria de los votos para derrotar a su rival, Luis Lacalle Pou, líder del histórico Partido Nacional. Mientras que el oficialismo obtuvo el 39,2% y el principal opositor alcanzó el 28,6%, los otros candidatos, el colorado Ernesto Talvi, y el ultraderechista ex militar Guido Manini Ríos, llegaron al 12,3% y al 10,9% respectivamente. Ambos ya anunciaron su apoyo sin condicionamientos a Lacalle para la segunda vuelta. Lo que deja al Frente Amplio en una situación extremadamente compleja de cara al ballottage del próximo 24 de noviembre. La elección se dirimirá entre dos grandes coaliciones: una de centro izquierda que gobierna el país desde 2005 y otra de derecha, con componentes extremistas en sus filas.

Un factor a no despreciar es que la candidatura de un general retirado de extrema derecha, ligado a sectores evangélicos, alcanzó más del 10% de los sufragios. Esto se suma a lo sucedido en Bolivia con el pastor evangelista de origen coreano, Chi Hyun Chung, quien también alcanzó un porcentaje muy similar en las últimas elecciones. Nos encontramos, claramente, frente a un avance de la derecha evangelista en la región, que, mirándose en el espejo de Jair Bolsonaro, enarbola un discurso extremista, alcanzando una representatividad social que hubiera sido inédita hace tan sólo hace algunos años. Que en un país que siempre fue considerado “progresista” como Uruguay, un candidato de este tipo, con un partido, Cabildo Abierto, formado este año, coseche ese nivel de apoyos es un hecho que habrá que analizar en el futuro. Con un probable regreso de la derecha tradicional al gobierno, Manini Ríos quizás pueda convertirse en un nuevo actor importante dentro de la política del país oriental. Por lo pronto, Lacalle deberá endurecer su discurso en orden de atraer a sus votantes para la segunda vuelta.

El desgaste del Frente Amplio, que se encuentra en el gobierno desde 2005, es grande. Tras los fuertes liderazgos de Tabaré Vázquez y el Pepe Mujica, la coalición de partidos progresistas no ha logrado encontrar un nuevo líder carismático en la figura de Daniel Martínez. Ex alcalde de Montevideo, el socialista parece carecer del carisma de sus predecesores. También pierde en ese aspecto con el joven y bien parecido Lacalle Pou, quien viene desplegando una campaña de marketing al mejor estilo Cambiemos en 2015. Hijo del ex presidente Luis Lacalle, dueño de un estilo desenfadado, pero ligado a la élite política y empresarial del país, lo vienen poniendo en la lista de presidenciables desde hace tiempo. El dirigente blanco deberá ensayar una coalición de derecha que logre nuclear a los partidos conservadores. No le será tan sencillo ya que los colorados y algunos miembros de su propio partido podrían chocar con el militarismo de de Manini. Aunque el Partido Nacional también cuenta con representantes de la derecha evangélica entre sus filas que verían con muy buenos ojos esta unidad.

Lograr un cuarto mandato consecutivo, dadas las circunstancias, parece una tarea titánica para el Frente Amplio. La formación de centro izquierda, creada en 1971, hizo su peor elección en una primera vuelta desde 1999. Durante los mandatos de Vázquez y Mujica se llevaron adelante una serie de reformas tendientes a la ampliación de los derechos sociales como la despenalización del aborto, de la marihuana, o el matrimonio igualitario. El país cuenta con el menor índice de pobreza en América latina, 7,9% según el propio gobierno, y de 2,7% según datos de la Cepal. Históricamente fue un bastión del progresismo en la región, siendo, por ejemplo, el primer país en legalizar el divorcio en 1913, el voto femenino en 1927, así como también la jornada laboral de ocho horas en 1915, bajo el segundo gobierno de José Battle y Ordoñez. El Estado de Bienestar uruguayo fue también uno de los primeros en América latina, por lo que siempre se consideró al país una especie de “isla progresista” en la región.

Se sabe que lo que sucede en Argentina suele impactar en el país vecino. Probablemente el triunfo de Alberto Fernández y el retorno del peronismo al gobierno sirvan de empujón al Frente Amplio. De todas maneras, el escenario se presenta sumamente difícil. Si bien los sondeos venían marcando los resultados que finalmente sucedieron, el oficialismo contaba con alguna remontada de último momento, como sucedió en 2014. A pesar de que en 2018 se había retirado de la política, el ex presidente José Mujica volverá al Senado. Su fuerza, Movimiento de Participación Popular, fue la más votada dentro del Frente Amplio. Su regreso se debió a que lo consideró necesario para impulsar la candidatura de Martínez y Graciela Villar. Sin embargo, ni siquiera su gran carisma e imagen positiva ayudaron a que la fórmula presidencial frenteamplista supere el 40%. Algo viene cambiando en la sociedad uruguaya en los últimos años. En el ballottage de noviembre podría definirse cuál es el rumbo que el país oriental quiere para sus próximos años. Quizás no todo es tan progresista como parece en el país que supo ser denominado alguna vez como la “Suiza del sur”.

 
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