Londres arde

 

Por Gonzalo Fiore

La ola de protestas contra el racismo que vienen atravesando a los Estados Unidos, pero también a Francia, desde el asesinato de George Floyd en Minneapolis a manos de un policía blanco, también llegaron al Reino Unido. En medio de una crisis sanitaria sin precedentes, donde hasta el mismo Boris Johnson se contagió de coronavirus (a pesar de haber negado sus efectos en las primeras etapas de la pandemia), las calles de Londres estallaron en manifestaciones para repudiar la discriminación contra las personas negras. 

Si bien las marchas fueron pacificas, se pintaron estatuas de Winston Churchill y tiraron al mar una estatua de Edward Colston, comerciante británico de esclavos del siglo XVII. Los blancos de los manifestantes fueron los símbolos asociados al racismo, pero también el Parlamento y el Número 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro. Johnson se encuentra recluido en las últimas semanas, sin hacer prácticamente declaraciones a la prensa. Algo que contrasta fuertemente con su peculiar estilo tan locuaz como carismático que lo llevó a encabezar el gobierno británico. 

La pandemia golpeó de manera particular en el Reino Unido. A pesar de que el gobierno, en un principio, optó por seguir la estrategia de la “inmunidad de rebaño”, decidió dar marcha atrás al sentir muy cercana la posibilidad de que los servicios sanitarios del país se vieran saturados. El país tuvo cerca de 290.000 contagiados, mientras que la cifra de personas fallecidas a causa de la enfermedad asciende a más de 40.000. La mayoría de los contagios se dieron en Inglaterra, con 150.000 infectados. Escocia, Gales e Irlanda del Norte cuentan con 14.000, 11.000 y 2.000, respectivamente. 

Si bien las autoridades aseguran que lo peor ya pasó, y las medidas de aislamiento están cada día más relajadas, algunos especialistas alertan sobre la posibilidad de un rebrote. A su vez, el lunes de esta semana entró en vigor una cuarentena obligatoria de 14 días para todo aquel que ingrese al país desde el extranjero, para evitar casos importados. La imagen del gobierno británico quedó sumamente golpeada debido al errático manejo de la crisis y a las muertes en los centros de internación de adultos mayores. 

El primer ministro habló a través de su portavoz, quien calificó de “actos vandálicos” a las protestas, donde resultaron heridos 35 policías y se realizaron 35 arrestos. Al mismo tiempo que aseguró que el Reino Unido “no es un país racista”. Lo cierto es que la última vez que un integrante de las fuerzas de seguridad británicas resultó condenado por la muerte de ciudadanos en su custodia, sucedió en 1969. A pesar de que en los últimos años se produjeron distintos hechos de este calibre, siempre con ciudadanos negros. Por ejemplo, en 2017, Rashan Charles murió en el East End londinense tras tragarse, bajo custodia, supuestamente, un paquete con cafeína y paracetamol. La misma suerte corrieron Edson da Costa, Sheku Bayoh, Brian Douglas, Sarah Reed, Leon Briggs, Olaseni Lewis o Christopher Adler, entre otros jóvenes negros menores de 30 años muertos bajo custodia policial. Los imputados siempre fueron declarados inocentes o directamente no se encausó a nadie. De las 74 personas asesinadas a manos de fuerzas de seguridad desde 1990, 20 eran negros. 

La popularidad de Boris Johnson, que era alta al momento de su elección, se viene desplomando en los últimos meses. A la crisis por la pandemia, se sumó, a finales de mayo, que uno de sus hombres de mayor confianza, Dominic Cummings, había viajado más de 260 millas dentro de Inglaterra para visitar a su familia. En ese momento todavía regían las prohibiciones de movilidad para todos los ciudadanos. De acuerdo a la mayoría de las encuestas, el actual líder del Partido Laborista y jefe de la oposición, Keir Starmer, es más popular que Johnson. Starmer es un moderado de centro izquierda, mucho más cercano a Tony Blair que al anterior cabeza del partido, Jeremy Corbyn. Si bien el parlamentario laborista condenó que se haya tirado una estatua de manera violenta, apoyó el reclamo de los manifestantes y declaró que debería haberse sacado de allí hace mucho tiempo. Todavía no está claro si Starmer será capaz de capitalizar electoralmente la caída en la popularidad de Johnson, pero ya se presenta como la principal amenaza del actual primer ministro.

Durante el pasado viernes también se llevó adelante la cuarta ronda de negociaciones entre Londres y Bruselas para avanzar en los detalles del Brexit. Ambas partes buscan llegar a un acuerdo para evitar una salida abrupta de la Unión Europea el próximo 31 de diciembre; pero, por ahora, los avances al respecto son nulos y las conversaciones infructuosas. Paralelamente, el Reino Unido negocia con España la relación por el Peñón de Gibraltar, en el nuevo escenario post 2020. En medio de las negociaciones, hoy trabadas, para concretar el Brexit y la pandemia del covid-19, a Boris Johnson se le abrió otro frente de conflicto que no esperaba. El descontento de cada vez más sectores sociales con su gobierno terminó encausándose a través de las protestas contra el racismo. Por ahora parece incapaz de dar respuestas y su actuación es cada vez más errática. Mientras tanto, como cantaban los Clash en su disco debut de 1977, el año de la explosión punk y del “no futuro” (que se viene pareciendo tanto al 2020), Londres arde.

 
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