Ondas expansivas en el Líbano

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

Las ondas expansivas de la espectacular explosión sucedida en el puerto de Beirut la semana pasada parecen muy lejos de detenerse. Lo sucedido en la capital del Líbano dejó más de 170 muertos y 5.000 heridos, mientras que la cuarta parte de la ciudad quedó destruida. En el país oriental se mezcla un coctel diverso, cuyas consecuencias son difíciles de prever. Desde el año pasado, coincidente con la ola de protestas mundiales, cientos de miles de personas tomaban las calles libanesas para pedir por cambios políticos y económicos. Mientras la moneda se devaluaba a niveles records, el siempre inestable Estado de Medio Oriente se enfrentaba a un futuro incierto. La explosión parece servir de catalizador para retomar un movimiento que había perdido parte de su potencia debido al transcurrir del tiempo, a la falta de liderazgos claros, y a la parálisis que trajo consigo la pandemia provocada por el covid-19. Mientras los libaneses recuperan la iniciativa contra el Gobierno, los intereses extranjeros vuelven a desempeñar un rol central en el conflicto interno que atraviesa el país.

El interés del gobierno francés de Emmanuel Macron sobre el Líbano es particular. Ex colonia francesa, el país estuvo bajo mandato galo entre 1923 y 1946. El mandatario se apresuró a mostrarse en Beirut apenas un par de días después de la explosión. Sus intenciones precisas aún no están claras, pero se mostró como un supuesto protector de los libaneses ante los abusos del Estado. Recorrió la ciudad y charló con manifestantes anti gubernamentales que lo recibieron como su única esperanza política. Su vista tiene algunos precedentes: en 1983, el entonces líder francés François Mitterand apareció en Beirut tras un atentado contra el cuartel general del contingente francés, donde habían muerto 58 paracaidistas de ese país; mientras que, en 2005, fue Jacques Chirac quien viajó tras el asesinato del entonces primer ministro libanés, Rafic Hariri. Las pretensiones de Macron son las de convertirse en el nuevo líder indiscutido de la Unión Europea tras la pronta retirada de Angela Merkel. Ahora, además, aprovecha una fuerte crisis en una de las ex colonias francesas para intentar erigirse en salvador de los libaneses.

Entre 2014 y 2016 no hubo un presidente en Líbano debido a un vacío de poder provocado tras la salida del ex presidente Michel Suleimán. Durante esos dos años, los principales partidos políticos, el Partido del Futuro, enemigo del presidente sirio Bashar al Assar; y Hezbollah, aliado del gobierno sirio, se disputaron el poder sin dar el brazo a torcer. En diciembre de 2019 había asumido como primer ministro Hassan Diab, un musulmán sunita educado en Inglaterra. El presidente del país desde 2016 es Michel Aoun, un ex militar que lidera el Movimiento Patriótico Libre, un partido político aliado de Hezbollah. Ya había sido presidente entre 1988 y 1990, cuando fue detenido y enviado al exilio por las tropas sirias. Finalmente, regresó al país en 2005, 11 días después del final de la ocupación siria. El MPL está conformado mayormente por cristianos, y sostienen una visión secular y laica del Estado. En medio de las manifestaciones, Diab primero propuso adelantar las elecciones para intentar sortear la crisis de representatividad que atraviesa su gobierno. Sin embargo, el pasado lunes presentó finalmente su dimisión debido a la imposibilidad de encauzar el panorama político.

El ya ex primer ministro aseguró que el país se encuentra en “estado de emergencia”; Diab responsabilizó de la crisis a los partidos políticos tradicionales “que luchan con todos los medios sucios”, al mismo tiempo que aseguró que “los sistemas de corrupción son más grandes que el Estado”. Diab se fue con todo su gabinete, el cuál había sido calificado como integrado por “tecnócratas” que venían a restaurar la confianza de los libaneses en su clase política, tras las revueltas ocurridas durante 2019. A la conformación del gobierno la había acompañado Hezbollah, la formación política más poderosa de Líbano, y con fuertes lazos con Irán.

El descontento con el joven gobierno venía in crescendo en los últimos meses, pero la explosión terminó desencadenando su final anticipado. Tras seis de movilizaciones y violentos enfrentamientos entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad, el país se encuentra nuevamente con un gran vacío de poder. Por lo pronto, el presidente Aoun apuesta a que la justicia libanesa resuelva sobre quiénes son los responsables de la explosión. De esa manera, espera, podría descomprimir un poco la situación y mejorar su imagen dentro del país. Sin embargo, las protestas que ya se cobraron dos gobiernos, uno en octubre pasado y otro durante esta semana, no parecen detenerse en el futuro cercano. El mandatario es un sobreviviente, sostenido por el inmenso poder que aún detenta Hezbollah dentro del país y la zona. Estará por verse si es capaz de encauzar el descontento nuevamente o si las ondas expansivas de la explosión del puerto terminarán por llevárselo por delante.

 
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