El último soviético

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

Desde los últimos estertores de la Unión Soviética que no se veían manifestaciones de esta magnitud en Minsk, capital de Bielorrusia. La referencia histórico-temporal no es casual: el país es una especie de capsula del tiempo donde el Muro de Berlín parecería nunca haber caído. Desde 1994 se encuentra gobernado por Alexander Lukashenko, un presidente que le gusta definirse a sí mismo como “autoritario”.

Nostálgico declarado de la Unión Soviética, el mandatario hizo los primeros pasos políticos en el desaparecido Estado, mientras que fue el único parlamentario en votar contra su desintegración, en 1991. Cuando fue el intento de golpe contra Mijail Gorbachov por parte de la línea dura del Partido Comunista, Lukashenko se posicionó junto a los conspiradores. Temía lo que finalmente sucedió: la URSS desapareció para dar paso a una democracia al estilo occidental, con un sistema económico de mercado, durante los años 90. Desde que gobierna Bielorrusia, se resistió a que lo mismo se produzca en su país.

Según numerosos organismos de derechos humanos y observadores internacionales, Bielorrusia, un ex Estado soviético, es una dictadura donde no se respetan las garantías fundamentales. El pasado 9 de agosto se celebraron elecciones presidenciales en el país, donde Lukashenko fue electo con más del 80% de los votos. Nada extraño para lo que suele suceder allí. Sin embargo, esta vez fue diferente: las denuncias de fraude electoral no se hicieron esperar y miles de personas salieron a las calles para protestar y pedir la dimisión del presidente. En los comicios compitió contra Svetlana Tikhanovskaya, una ama de casa sin previa experiencia política que se presentó a último momento debido a la detención de su esposo, SiarheiTsikhanouski, un candidato opository activistapro democracia. Comenzó a crecer de manera vertiginosa en intención de voto y arrastre popular hasta el punto de convertirse en un verdadero dolor de cabeza para el oficialismo. Desde que comenzaron las revueltas, miles de personas fueron detenidas, y organismos como Amnistía Internacional denunciaron torturas.

Uno de los asuntos que más preocupa al gobierno bielorruso son los policías y los integrantes de las fuerzas de seguridad, que han abandonado el servicio para unirse a los manifestantes. Si bien, por ahora, es un número menor, el solo hecho de que esté sucediendo muestra algunas grietas en el poder monolítico de Lukashenko. Inclusive el ministerio del Interior tuvo que lanzar un comunicado donde aseguran que al gobierno “no le preocupa” la situación. Al mismo tiempo que afirman que no juzgarán “a la pequeña proporción de policías que hoy ha abandonado el servicio por convicciones personales”. A su vez, instaron a los que aún permanecen leales al Gobierno que se queden en sus puestos, diciendo que “si hoy toda la policía se quita las insignias, ¿quién protegerá a esos bielorrusos mientras la otra parte sale a la calle a dar sus opiniones?”. Según Lukashenko hay un claro intento de la oposición de “tomar el poder”: el presidente denunció un complot para perpetrar un golpe de Estado en su contra.
En un movimiento que sorprendió a propios y extraños, el gobierno del país acudió a Rusia y Vladimir Putin en busca de ayuda. El Kremlin ofreció a Minsk “la ayuda necesaria para resolver los problemas”. La relación entre ambos dirigentes ha tenido sus vaivenes. A pesar de las constantes apelaciones al “pasado en común” entre Rusia y Bielorrusia, quienes lo conocen de cerca aseguran que Putin detesta a Lukashenko. El bielorruso mantuvo su cercanía con el Kremlin especialmente para beneficiarse del petróleo barato ruso. Aunque algunos preveían que Moscú podía implementar una “solución” similar a las que ya llevó adelante en otros países de la órbita ex soviética, como Georgia en 2008 o Ucrania en 2014, pero una intervención militar no le interesa a Putin en este caso. El ruso no tiene ninguna simpatía particular por Lukashenko pero su temor es que su caída signifique un nuevo Gobierno, que acerque al país a Occidente, alterando de esta manera el delicado equilibrio geopolítico que viene construyendo en la región en las últimas décadas.

Todo parece indicar que esta vez sí, Alexander Lukahsenko tiene los días contados. La pérdida de apoyo popular es tan grande que Vladimir Putin prefiere, por lo pronto, dejarlo echado a su suerte. La situación en Bielorrusia parece ser un asunto estrictamente interno del país, y mientras no intuya ninguna mano occidental concreta, el Kremlin no se inmiscuirá. Al igual que hace dos años, cuando se produjo la “revolución de colores” en Armenia, otro país ex soviético, Rusia no intervino. Entre los manifestantes, hasta el momento no hay consignas anti rusas. Los trabajadores desertan de sus fábricas, los policías abandonan sus puestos, y los militares se unen a las revueltas para reclamar nuevas elecciones ya sin el líder de 65 años. Emmanuel Macron ya solicitó a la Unión Europea que se posicione a favor de los manifestantes. Al igual que sucedió en Armenia, el gobierno ruso no cree que tenga problemas para acordar en buenos términos con un nuevo cabeza de Estado en Minsk.

Si los acontecimientos siguen este curso, el final del último soviético, como suelen denominar a Lukashenko, está cerca.

 
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