La cultura del encuentro: dar lo que no se tiene

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

En “Fratelli Tutti”, Francisco retoma los principales asuntos que viene tratando desde el comienzo de su pontificado. Uno de ellos es lo que ha denominado como la “cultura del encuentro”.

En la encíclica, el Bergoglio cita a figuras de otras religiones, como Martin Luther King Jr., Desmond Tutu o Ghandi, en lo que es un llamado al diálogo interreligioso. El héroe de la independencia de India supo decir que “la política es un gesto de amor al pueblo, el cuidado de las cosas comunes”. Es allí donde al papa argentino le gusta hacer hincapié y vuelve una vez más en Fratelli Tutti. En el cuidado de la “Casa Común”, del lugar al que todos pertenecemos y a su vez nos pertenece. Un cuidado que necesita de la atención, la ternura y el amor constante. Ir “más allá de las dialécticas que enfrentan” para acercarnos como humanidad, escribe el papa en el documento apostólico, retomando la idea de la sociedad como “poliedro con muchas facetas”.

Escribe el teólogo de la liberación brasileño Leonardo Boff sobre la cultura del encuentro, que la política no se reduce a la disputa por el poder, a la división de poderes, y que incluso allí hay lugar para el amor y la ternura. En línea con lo que escribe Francisco, la política debe ser el lugar para el amor a los más débiles, a los pobres, a los marginados, a los que quedan afuera. Un mensaje eminentemente cristiano, pero adquiere un tono revolucionario en tiempos de fronteras cerradas, líderes populistas que explotan los prejuicios más profundos de los pueblos y odio hacía el diferente. “Ama y haz lo que quieras”: la máxima de san Agustín podría resumir gran parte del pensamiento de Francisco.

Importa, sobre todo, cuál es la posición que se toma frente a los más pequeños y a los débiles. Ahí radica ser un verdadero cristiano, reafirma el pontífice en esta nueva encíclica social.

En tiempos de distanciamiento, el encuentro real, más allá del contacto físico, es más importante que nunca. Un acercamiento que se produce a través de “conocer al otro y ser diferente”, escribe. Hay una distancia mucho mayor y que no tiene que ver con las características propias de una pandemia. Se trata de las auto impuestas por motivos raciales, culturales, políticos o religiosos. El papa insta a dejar de lado estas barreras para poder reconocer a los otros como hermanos. No alcanza con la mera conexión digital, escribe, sino que hay que tender puentes concretos entre nuestras culturas. Incluso se refiere a la problemática de las redes sociales y de dirigentes políticos que dicen cosas que hubieran provocado el rechazo unánime hace apenas algunas décadas: “Lo que hasta hace pocos años no podía ser dicho por alguien sin el riesgo de perder el respeto de todo el mundo, hoy puede ser expresado con toda crudeza aun por algunas autoridades políticas y permanecer impune.”

A diferencia del Dios total, omnipresente, que se inmiscuía en absolutamente todos los ordenes de lo humano, el Dios de Francisco parece ser “más pequeño”. Un Dios que se ocupa del amor, y no tanto del castigo. Esto no es ninguna novedad, sino más bien una recuperación del mensaje de los Evangelios, algunos ejemplos: “Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.” San Pablo a los Corintios; “Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.” Evangelio de san Juan; “Y este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”, en el evangelio de san Juan. A partir de esto, Francisco hace un llamado a todas las religiones, afirmando la necesidad de regresar a las fuentes para “concentrarnos en lo esencial”. De esta manera, aborda problemáticas complejas como la violencia producidas por el fanatismo religioso, pidiendo que “algunos aspectos de nuestras doctrinas, fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de desprecio, odio, xenofobia, negación del otro”.

Es a partir, justamente, del reconocimiento de la otredad, que comienza el acercamiento hacía lo diferente. El cristiano “de verdad”, dice el papa, debe volcarse con los más necesitados; para hacer esto no puede simplemente limitarse a entregar lo que le sobra: así como el perdón de verdad es aquel que disculpa lo imperdonable, el verdadero amor es el que entrega lo que no se tiene.

En “Fratelli Tutti” Francisco hace un llamado concreto a dejar de lado el individualismo consumista, que “convierte a los demás en meros obstáculos para la tranquilidad placentera”, para comenzar a encontrarnos nuevamente como sociedad. La paz, escribe, no es simplemente la ausencia de guerra, sino “el compromiso incansable de reconocer, garantizar y reconstruir la dignidad tantas veces olvidada de los hermanos nuestros”. Solo reconociendo un hermano en el otro y con profundo amor se puede lograr esto. De eso se trata la cultura del encuentro.

 
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