Invasión alienígena en Chile

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore Viani

Finalmente, la “invasión alienígena” a la que se había referido la primera dama chilena logró algo que hasta hace un año parecía imposible: enterrar de una vez la Constitución nacional pinochetista.

La diferencia de votos en el plebiscito fue notable. Se acercó a las urnas el 50% de los chilenos habilitados; 8 de cada 10 votantes optaron por derogarla; y elegir por voto directo una nueva Convención Constituyente.

Se trató de la votación más importante de la historia de Chile, en términos absolutos. Votaron más de 7,5 millones de personas, y se superó el anterior techo de participación del 49% (el de las presidenciales de 2012). La Carta Magna ya había sido modificada en alguna oportunidad durante la democracia. El ex presidente Ricardo Lagos, por ejemplo, le hizo 58 variaciones en 2005. Sin embargo, nunca se llegó a transformar verdaderamente el espíritu de la ley y los artículos fundamentales. La Constitución chilena, promulgada en 1980, es considerada como el legado político más importante del dictador Augusto Pinochet.

Ahora, se abre un proceso de dos años, donde se deberán seguir algunos pasos. Los comicios se llevarán a cabo el próximo 11 de abril; deberán elegirse 155 convencionales constituyentes, con absoluta paridad de género. Es decir que no solo en las listas de todos los partidos, sino también en la Convención, una vez conformada, deberá haber la misma cantidad de hombres que de mujeres. Todavía está en discusión la posibilidad de otorgar 28 lugares protegidos también a representantes de los pueblos originarios. Una vez conformada la Convención, tendrá un plazo de nueve meses para trabajar y presentar el nuevo texto constitucional. Cada artículo deberá contar con las dos terceras partes de los votos para ser aprobado.

A su vez, una vez producido esto, se celebrará un nuevo plebiscito, cuya asistencia será obligatoria, para aprobar o rechazar la nueva Constitución Nacional. Se realizaría recién en el primer semestre del año 2022, cuando ya un nuevo mandatario ocupe La Moneda.

El resultado plebiscitario representa un duro golpe para el gobierno de Sebastián Piñera: el Presidente prefirió mostrarse con un discurso conciliador, tras conocerse los resultados del domingo; eligió “celebrar la democracia”, al mismo tiempo que resaltó que la jornada se haya producido de manera “pacífica”; pero hasta hace apenas un año hablaba de encontrarse “en guerra con un enemigo interno”. El oficialismo ya comenzó a girar en su estrategia y se muestra mucho más comprensivo de los manifestantes. Es la única opción que le queda para lograr llegar a los comicios presidenciales del año siguiente con alguna posibilidad de sostener el poder. Según la mayoría de las encuestas, apenas un 14% de los chilenos aprueba la actual gestión del Presidente, mientras que su imagen positiva no supera un dígito.

Las próximas elecciones presidenciales se celebrarán el 21 de noviembre de 2021. Aunque voces de la oposición, y especialmente de los manifestantes, vienen pidiendo al Presidente que las adelante debido a la convulsión social que atraviesa el país. Tras el resultado del plebiscito, este reclamo resuena aún con más fuerza.

Tras el referéndum, ya comenzó de hecho un nuevo proceso político, que desembocará con la elección de un nuevo presidente en el país. Joaquín Lavín, alcalde de la barriada santiaguina de Las Condes, miembro del derechista partido Unión Democrática Independiente (UDI), se perfila como el candidato más cercano al actual oficialismo.     Mientras que, por la oposición, el también alcalde de la comuna de Recoleta, Daniel Jadue, comienza a constituirse como la opción más firme de los sectores progresistas. Jadue es miembro del Partido Comunista de Chile y fue uno de los dirigentes políticos que mayor campaña hizo a favor del “Apruebo”; además, tiene amplia llegada a los sectores juveniles y a los manifestantes que se mantienen movilizados. Su mayor desafío será lograr la unidad de todos los partidos de izquierda y centro izquierda. Entre otras cosas ha propuesto facilitar el acceso de todos los chilenos a la salud, la educación y la vivienda propia, además de plebiscitar la posibilidad de darle a Bolivia una salida al mar.

Debido a los protocolos implementados para combatir la pandemia, se habilitaron 162 mesas de votación en el Estadio Nacional de Santiago. Tras el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, en 1973, ese estadio sirvió de centro clandestino de detención, por donde pasaron más de 40.000 personas: allí se perpetraron algunos de los crímenes más espantosos de la dictadura; entre ellos, la tortura y posterior ejecución del cantante Víctor Jara. El pasado domingo, en una muestra de justicia poética, se convirtió en uno de los lugares donde se enterró definitivamente el legado más importante de la dictadura de Pinochet.

Sin cerrar definitivamente el pasado es imposible, para los pueblos, avanzar hacia un futuro nuevo, libre de ataduras. Esta idea sobrevolaba en Chile desde las primeras protestas estudiantiles de 2013, y especialmente en las nuevas revueltas del año pasado. Los chilenos, especialmente su juventud, alcanzaron una hazaña que habría sido impensada hace no mucho. El mayor desafío de la organización popular a partir de ahora será constituir una fuerza política capaz de disputar poder real. Por lo pronto, la invasión alienígena a la que se refería la esposa del presidente Piñera demostró que llegó para quedarse. El país que llegó a ser el primer experimento mundial del neoliberalismo, para convertirse luego en el caso paradigmático de sus excesos y desigualdades, se encuentra a las puertas de una transformación profunda.

 
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