Turbulencia americana

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

Como se preveía, Estados Unidos se encamina a haber vivido la elección más polémica de su historia, más aún que aquella que diera ganador a George W. Bush contra Al Gore en el año 2000. En las semanas previas a la jornada electoral, estaba claro que, para lograr una victoria clara, el veterano demócrata Joe Biden necesitaba ganar por mucho en el voto popular. También le era imperioso ganar los llamados “Swing States”. aquellos estados que definen la elección debido a su cantidad de electores, y que no necesariamente votan igual en cada elección. Las próximas horas los focos estarán puestos sobre los votos por correo que aún faltan contar. En algunos estados clave, donde el escrutinio viene extremadamente parejo entre los candidatos, decidirán la elección.

Donald Trump anunció inmediatamente que irá a la Corte Suprema para denunciar el fraude que cree que los demócratas están intentando llevar a cabo. Aseguró que pedirá que no se cuenten los votos que lleguen en los próximos días. Los demócratas afirman que los beneficiarían. Si las tendencias se confirman, Joe Biden será el nuevo Presidente de los Estados Unidos.

Cuatro años después de su llegada a la Casa Blanca, parece que sus adversarios políticos, tanto adentro como afuera de Norteamérica, continúan sin entender el fenómeno del trumpismo.

A pesar de lo que pronosticaban la mayoría de las encuestas, de una aplastante victoria de Biden, la realidad fue diferente: si bien el demócrata ya es el candidato más votado de la historia del país, su victoria no fue tan aplastante como preveían los sondeos. Los resultados parciales dan cuenta de una sociedad profundamente dividida y polarizada, donde Donald Trump cosecha una cantidad considerable de apoyos: una adhesión fuerte, muy superior a la que muchos parecen estar dispuestos a admitir públicamente. Los trabajadores de los otrora cordones industriales, y especialmente las zonas rurales de la “América profunda”, continúan respaldando en masa al presidente. Nunca nadie les había hablado de manera directa a ellos, y los demócratas no terminan de captar el sentimiento popular allí, a pesar de sus buenas intenciones.

Previo a las elecciones corrieron ríos de tinta respecto de la viabilidad de un candidato como Joe Biden. Lo cierto es que el septuagenario candidato logró lo que tanto se le achacaba a Hillary Clinton no haber podido hacer: impulsar a las bases a votar. Finalmente, la participación fue récord, e incluso todo indica que nuevamente los demócratas alcanzaron la victoria en el voto popular, aunque más escueta que en 2016.

La elección había sido planteada por muchos analistas como un plebiscito sobre la presidencia de Donald Trump. Cuando faltaban apenas cinco días para las elecciones, ya habían sufragado 95 millones de estadounidenses mediante el voto por correo, récord absoluto. Que la mayoría de esos votos aún no se encuentren contados en el total, le da una luz de esperanza a los demócratas.

Biden dio el batacazo en Arizona, histórico feudo republicano que solo había votado “azul” en 1996 en los últimos 70 años. El Estado era el terruño de John McCain, quien había sido denostado por Trump. Su viuda, al igual que otros referentes históricos del Partido Republicano, hizo campaña abierta por el ex vicepresidente de Obama. Biden también triunfó, al igual que Hillary Clinton en 2016, en estados importantes, como California y Nueva York. Pero en los estados clave las proyecciones dan como claro ganador al actual mandatario: Trump alcanzó el triunfo en Florida, Texas, Ohio, y Carolina del Norte. Debajo de los estados del Río Bravo, el voto latino se volcó en masa al Presidente. Por primera vez ese sector superó al afroamericano en participación electoral: 13% frente al 12%. La agenda de los hispanos en los Estados Unidos es cada vez más importante en las elecciones, debido a la cambiante composición demográfica del país. La “reggaetonización” de la política estadounidense llegó para quedarse.

En un país tan convulsionado, el temor de que a estas alturas no se sepan los resultados era que se produzcan graves incidentes. Por ahora esto no ha sucedido, más allá de algunos enfrentamientos puntuales. Donald J. Trump, por lo pronto, ya dejó una huella tan profunda en el corazón norteamericano que solo puede ser comparable, en la historia reciente, a la revolución conservadora de Ronald Reagan en la década de los 80. El país que agarró el magnate es radicalmente diferente al que dejará, y el mundo, también. El actual presidente primero transformó a su gusto y placer la estructura del Partido Republicano (“fagocitándolo” según algunos integrantes del Grand Old Party que se mantienen críticos a su figura); luego comenzó a hacer lo mismo con el país entero. En algunos aspectos ya lo ha logrado: una Corte Suprema con mayoría absoluta conservadora, con tres jueces nombrados por él, moldearán por las próximas décadas los fallos judiciales. Si por estas horas hay algo que queda claro, es que su movimiento de “deplorables” sobrevivirá por mucho tiempo a Donald Trump, más allá de coyunturas electorales.

 
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