Fogwill: Los Pichiciegos y la nación quebrada

Fogwill: Los Pichiciegos y la nación quebrada  

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por Manuel Esnaola,
Especial para HDC
 
UNO
No hay pegamento capaz de unir a una nación quebrada. Por lo menos en la Pichicera, ese producto nunca existió. Los retazos inconexos de la nación de los Pichis se limitan a un único objetivo: conservar la vida en una guerra sin sentido. Pero vayamos un poco más atrás. ¿Quiénes son, en efecto, los Pichiciegos? Son, inequívocamente, soldados desertores, una colonia de refugiados que deambula en la oscuridad de una cueva subterránea fabricada por ellos mismos, para intentar sobrevivir en la guerra de Malvinas. El lugar: la Pichicera. El lema: “El pichi guarda, agranda, aguanta”. El himno: “No tengo pánico / de los británicos / quiero culear / morfar / bañarme / ser pichi y ¡licenciarme!...”. 
En medio de la mugre, la humedad, el frío, el hambre, habla el Santiagueño. Dice: “El pichi es un bicho que vive abajo de la tierra. Hace cuevas. Tiene cáscara dura –una caparazón– y no ve. Anda de noche. Vos lo agarras, lo das vuelta, y nunca sabe enderezarse, se queda pataleando panza arriba. ¡Es rico, más rico que la vizcacha!” Y de ahí el mote. Debajo de la tierra la oscuridad es densa e insoportable y los Pichiciegos sólo salen a la superficie cuando cae la noche. Lo hacen para mercadear con los británicos, conseguir raciones, cigarrillos, querosén, azúcar, pilas para las linternas, a cambio de información sobre las tácticas del ejército argentino. ¡Ojo! Uno no puede juzgar a la ligera a un Pichi. Lo que hacen no es traición: no se puede traicionar a una causa que ni siquiera se entiende. Bien lo explicó Beatriz Sarlo: “[los] personajes no están en condiciones ideológicas ni discursivas para reflexionar. Los pichis carecen absolutamente de futuro, caminan hacia la muerte y, en consecuencia, sólo pueden razonar en términos de estrategias de supervivencia”.  
 
 
DOS
Hay en la novela de Fogwill un planteo de dos guerras visiblemente opuestas y contradictorias. O para ser más preciso, diría que la guerra es una sola, filmada desde dos cámaras. Por un lado está el pueblo argentino exacerbado por el nacionalismo “patriotero”, ese último arañazo de los militares para sostener el gobierno de facto. Y por el otro, están los soldados enviados a esa guerra casi grotesca. En Malvinas, el frío se mete hasta los huesos y la desproporción entre los ejércitos es obscena. No hay lugar para ninguna proyección simbólica. Todo se reduce a sobrevivir, no importa el medio. En ese panorama, los Pichis no luchan contra el ejército británico – sí lo hace el pueblo argento – sino que su batalla es contra los “los gurjas, los wells y los escots”. 
Les está vedada –a los Pichiciegos– toda posibilidad de generalización. La construcción de su problema viene dada por el instinto de conservación de la vida. Los personajes, quienes moran en un limbo oscuro traficando alimentos, “cosas” – pequeñas conquistas que atesoran con recelo – sólo quieren culear, dormir en una cama limpia, bañarse, estar en sus casas, ver a los viejos, comer bien... “¡Te imaginás un asadito!”, y volver a culear [así lo escribe Fogwill y el lector puede sentir como propia esa feroz abstinencia], “culear y ser brasilero”, dice el Negro, “cualquier cosa. ¡Pero brasilero!”.  
 
 
TRES
Estratificación social de la Pichicera: primero están “Los Reyes”, quienes tuvieron la idea y fundaron el refugio. Ellos fijan las misiones, deciden quién se queda y quién se va, establecen las normas y reglamentos: “(…) los Reyes prohibieron cantar desde el mediodía. Permitían cantar mientras picaban la piedra o los días de mucho viento. –A ver si por cantar nos nota una patrulla y nos descubren el tobogán –se preocupaba el Turco”. En segundo lugar están los Pichis que sirven a la causa. Tienen contactos en los batallones y facilitan el mercadeo con los británicos y argentinos. Son, digamos, funcionales al engranaje de la Pichicera. Contribuyen a su conservación. 
En tercer lugar está el resto de los refugiados, algunos más despiertos, el Tucumano que cuenta historias de vampiros y hombres tigre, Pugliese que supuestamente vio a dos monjas que hablaban con acento francés entre las ovejas, Manuel que se encama con un paracaidista británico, el Sanjuanino que cuida de una culebra como si fuera un perro. Los otros eran los Pichis “dormidos”, como Galtieri a quien le pusieron ese sobrenombre porque “[el] pelotudo también creía que íbamos a ganar la guerra”.  
 
 
cuatro
Los Pichiciegos, entre los que entraron y salieron, eran veinticuatro. Fogwill narra la historia desde el único Pichi sobreviviente, quien conversa con un entrevistador, que podría ser tranquilamente un terapeuta.  
La escena final de la novela: Quiquito (el narrador) –que estaba afuera de la cueva– entra por el tobogán y los encuentra a todos muertos. La chimenea se tapó y emitió un gas tóxico. El Pichi recorre los cuerpos con la  certeza anatómica de haber conocido a cada uno de ellos en medio de la oscuridad, cuando todavía estaban vivos. Pipo, el almacenero, está abrazado a una bolsa con papas y cebollas. Cuando lo toca del hombro, para corroborar algo que ya sabe, la bolsa se tumba desparramando papas y cebollas por el piso. Ah, y “algo inexplicable” también cae: “una naranja, fresca y recién pelada”. Este guiño es, quizás, la única construcción ambigua. Puede ser que también haya existido algún secreto mecanismo de mercadeo en mismo seno de la Pichicera. O quizá el escritor quiso poner algo vivo allí… un color, una imagen demoledora en medio del invierno malvinense que jamás se acaba. 
Una cosa más. Leer el texto de Fogwill tal vez sirva para recuperar los fragmentos de una memoria rota. Desenmascarar la ficción absurda del nacionalismo en el teatro de lo real, en los huesos y en el cuerpo. No hay nación en la patria de la muerte. 
 
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