La fórmula de Heisenberg

La fórmula de Heisenberg
comillas01.pngCon la definición de todas las fórmulas que competirán por la Gobernación en Córdoba, ha llegado la instancia de recurrir a la infalible fórmula del profesor White para apuntalar a los candidatos.comillas02.png
 
por Ernesto Kaplan
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Walter Hartwell White, también conocido por su seudónimo clandestino “Heisenberg”, es un profesor de Química de Albuquerque, Nuevo México, en el sudoeste de los Estados Unidos, que después de que le diagnostican un cáncer de pulmón inoperable, decide empezar a fabricar metanfetamina para mantener a su familia de cara a un futuro sombrío. Así es como se dispara el argumento central de la atrapante serie televisiva Breaking Bad. 
 
En el séptimo episodio de la segunda temporada, Walt le plantea a su socio, Jesse Bruce Pinkman, la posibilidad de expandir el incipiente negocio a nuevos territorios, aprovechando la influencia que este último tiene en el mercado tras ganarse la consideración del hampa a partir de un hecho fortuito. En un diálogo imperdible, Heisenberg intenta convencer a Jesse que debería sentirse como un “pez globo”: es pequeño, debilucho y dubitativo, pero de repente puede hincharse como una pelota para parecer mayor e intimidar a aquellos depredadores que intenten atacarlo. Aunque al principio no estará de acuerdo, finalmente Pinkman accederá a esa requisitoria.
 
El pez globo es uno de los habitantes marinos con peor carácter. Perteneciente a la familia de los Tetraodontidae, este enigmático animal es temido, a la par que admirado, por su capacidad defensiva ya que cuando se siente amenazado o apresado reacciona al instante tragando agua con lo que aumenta su volumen considerablemente hasta erigirse en una bola. Una vez transformado, difícilmente podrá entrar en la mandíbula de sus enemigos, resultando imposible para éstos abarcar el volumen que alcanza. Si aun así el atacante consigue alcanzarlo desprevenido y lo engulle antes de que llegue a inflarse, éste será el último bocado que probará como consecuencia de que la carne del pez globo contiene una sustancia venenosa llamada tetrodotoxina.
 
Con la definición de todas las fórmulas que competirán por la Gobernación en Córdoba, ha llegado la instancia de recurrir a la infalible fórmula del profesor White para apuntalar a los candidatos. A poco más de dos meses de las elecciones provinciales del 5 de julio, los anabólicos estarán a la orden del día. Ya no importará que algunos de los postulantes sean figuritas conocidas con frondosos antecedentes, ni que otros hagan su debut provenientes del mundo del espectáculo o del deporte. Los Heisenbergs del marketing político se encargarán de potenciar las capacidades de sus protagonistas. Y, por sobre todas las cosas, de disimular sus debilidades. 
 
Como las telenovelas populares que cada tanto asoman en nuestras pantallas, las campañas se han convertido en grandes espectáculos en los que la consigna central es ganar en el corto plazo, por lo que la imagen se juzga invariablemente en relación con el triunfo o la derrota. En este sentido, la mejor estrategia es aquella que consigue vendernos un candidato que, por lo general, tiene poco que ver con lo real. Como se recordará, en el spot “Dicen que soy aburrido” de Fernando de la Rúa del año 1999, su equipo comunicacional decidió centrarse en ese rasgo de su personalidad con el propósito de tapar un defecto mayor: su indecisión e incapacidad para gestionar. La máxima que sostiene que “para gobernar, primero hay que ganar” se cumple a rajatabla. Son pocos los que estudian qué van a hacer si acceden al poder. Lamentablemente, tampoco lo hacen determinados votantes, que de una manera menos directa también son culpables de que tantos gobernantes fracasen o hagan estragos en el ejercicio de la función pública. 
 
En esta sociedad mediática, una de las principales cualidades es ser conocido; por eso las campañas apelan cada vez más a las celebridades. En tal sentido, consideran que tienen medio camino recorrido por medio de sus propias carreras. Mal que nos pese, estamos asistiendo a una época en la que los comunicadores se apoyan en la cosmética, el color del traje y la desenvoltura de sus clientes devenidos en candidatos. Para ello, se valen de una poderosa maquinaria publicitaria que invade televisores, radios, diarios, y redes sociales. 
 
Como bien señala Alberto Borrini en su libro “Cómo se vende un candidato”, las campañas electorales se convirtieron en un fiel reflejo de una sociedad de espectadores, ya no de lectores ni de personas pensantes. Al respecto, el experto sostiene que desde hace largo tiempo las campañas son más emotivas que racionales; se han transformado también en un entretenimiento, un espectáculo, similar a los reality shows o las series que los televidentes premian con un alto rating.
 
Por lo tanto, frente a la actual parafernalia proselitista, sería propicio mantenernos en alerta. No vaya a ser que cuando ingresemos al cuarto oscuro terminemos siendo víctimas de alguno de los peces globo que anda rondando bajo el disfraz de un animal simpático e inofensivo. 
 
 
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