La “sociedad decente”

Por Tabaré Segura

La cuarentena provoca cosas extrañas. Como la ocurrencia de invitar un asado a Avisahi Margalit, el filósofo que escribiera el libro “La sociedad decente”, que sostiene que “una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad”. Llegó puntual, con una botella de buen vino tinto bajo el brazo.

- ¿Qué hacés Tabaré? Gran idea esta de comer asados y filosofar. ¿Sabías que se puede filosofar acerca de casi cualquier cosa? Como comerse un asado, compartir el alimento, coexistir con el otro a partir del morfi.

Dijo, y se abalanzó sobre el salame de Oncativo y el queso.

Saqué una entraña para ir picando, y descorché el vino.

- ¿Qué hacés, loco? Qué bueno que viniste. Justo para conversar sobre este asunto de las aplicaciones que el Gobierno intenta que nos bajemos obligatoriamente para controlarnos la fiebre. ¿A vos te parece que eso encasillaría en un acto humillante, según tu clasificación filosófica?

Margalit cortó una lonja de entraña y le puso encima un poco de salsa criolla.

- ¡Qué exquisitez! No lo sé, Taba, peor sería que te pusieran un termómetro en… el traste. ¿Vos qué opinás?
- No sé loco, a mí me parece mucho. Yo de filosofar no sé nada, sé un poco de derecho del trabajo. Recuerdo que la OIT puso el grito en el cielo años atrás, por los exámenes genéticos a los postulantes a un puesto de trabajo, porque eliminaría a los trabajadores con disposición genética a contraer enfermedades que provoquen muchas licencias médicas. Esto es peor: tenés que declarar bajo juramento que no tenés fiebre, ni tos ni dolor de garganta. Si mentís vas en cana, y si decís la verdad vas en cuarentena, que es una prisión domiciliaria sin causa penal. Y encima es para cuidarte.

Margalit manoteó del asador un pimiento con huevo y queso. Le echó pimienta hasta dejarlo oscuro.

– Lo que nos lleva a la pregunta filosófica, Taba: ¿qué es cuidarte? O, lo que es lo mismo, ¿humilla a las personas el control estatal constante bajo el argumento de cuidarte? O, si querés, ¿alcanza la declamada actitud de cuidar para justificar el control estatal sobre la población todo el tiempo?

Lo miré estupefacto: Le ponía mayonesa al matambre crujiente.

– Y, no sé, hermano, acá el filósofo sos vos...

- Los filósofos buscamos la razón última de las cosas. Y para eso hacemos las preguntas correctas.
- Ponele. Pero estaría piola que vos me tiraras un centro, para ver si le encuentro solución a este asunto de las libertadas y la emergencia.

Lo dije y me arrepentí. Ahí nomás le alancé un pedazo de costilla, su parte favorita del asado.

- Todo depende del lugar en que te pares, Tabaré: si sos un estoico, no hay acto de gobierno que te humille. Nunca el gobierno va a poder llegar tan adentro tuyo que domine tu libertad interior, tu autodeterminación. Ni siquiera con el termómetro. En cambio, si sos un anarquista la aplicación para la fiebre y cualquier otra acción del gobierno te va a humillar, porque la sola existencia del gobierno humilla al hombre, porque le impone.

- Qué habilidad tenés para salirte por la tangente, le dije mientras daba la última vuelta a las mollejas. Lo que digo es que el covid va a pasar, pero las consecuencias en el comportamiento humano no. ¿Qué nos va a pasar si el gobierno puede prohibir moverse, pasear, abrazar a tus hijos? Y además si puede controlarte todo el tiempo. Me parece que esta idea inoculada en la psiquis de que esta todo prohibido y todo controlado es perniciosa para la libertad. ¿No?

Al último cuerito de la costilla lo extirpó con los dientes, para sufrimiento de la perra, que veía que el invitado no le dejaba nada.
- Hay un filósofo norteamericano, cuyo nombre ahora no me acuerdo, que decía, respecto de las restricciones y la libertad, que esas eran como el mar y las islas. Si vos creés en la libertad, las restricciones son las islas. Pero si creés en el control, el mar es la restricción y las libertades son las islas.

- ¿Y vos creés que puede existir una sociedad que elija el control por sobre la libertad? ¿Una sociedad que sea capaz de asumir la autodeterminación, el libre albedrío, no como lo natural sino como algo excepcional?

Me miró divertido, sonreía mientras masticaba el último pedazo de molleja que había sazonado con limón y curry.

– Ya estás grande para ser tan ingenuo, Tabaré. Es lo que la gente ha venido votando los últimos noventa años.

Serví el mamón en almíbar que había de postre. Para él con quesillo de cabra, sé que le gusta especialmente. Pensé en los vecinos que se escrachan en los grupos de WhatsAap porque salen a caminar o a pasear el perro, o porque están sin barbijos. O porque corren. O salen a trabajar clandestinamente.

Y consideré seriamente en condimentar el mío con un poco de cicuta.

Pero me pareció mucho.

 
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