¿Cacerolazo? ¿contra qué?

Por Héctor Gavira

El 27 de octubre de 1924 se estrenaba en el Teatro Sarmiento, de Buenos Aires, y en la voz de Raúl Laborde el tango “Griseta”, con letra de José González Castillo y música de Enrique Pedro Delfino. Su estrofa inicial decía: “Mezcla rara de Museta y de Mimí”. Y esa “mezcla rara” se corporizó ahora en la convocatoria a través de las redes sociales a un cacerolazo bajo el “hashtag” #SePudreTodo. “Mezcla rara” si las hay, ya que las consignas que fogonearon el reclamo en el marco del coronavirus pueden resultar inentendibles… ¿O no tanto?

Las leyendas de los flyers que impulsaron la autodenominada “Marcha de los barbijos”, entre otras, fueron “Volvemos a las calles”, “Basta de dejarle el poder absoluto al Gobierno”, “Por la libertad, por la República, por la Justicia” o, directamente y sin rodeos: “Caceroleá desde tu ventana CONTRA EL GOBIERNO”. En la amplia mayoría de casos, escudados bajo seudónimos tales como “La Belgrana”, “Maldita Comadreja”, “La Delirante”. Lo que en la jerga de internet se conocen como “trols”. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol.

Pero también se sumaron figuras públicas, con nombre y apellido. Fue el caso del periodista Eduardo Feinmann, quien enlazó en su programa de Radio Rivadavia en un mismo monólogo frases tan contradictorias y con dudoso sentido de la responsabilidad profesional, como Ya entendí que la cuarentena es la mejor vacuna, que es la mejor manera de no contagiarse, yo entiendo todo... Pero tengo ganas de tener las reuniones que tenía antes, la comida que tenía antes, mi vida de antes. Quiero salir y quiero volver cuando se me canten no cuando me lo diga el Presidente, ni Rodríguez Larreta, ni Kicillof” ¡Vaya “mezcla rara de Museta y de Mimí”! 

A más de 50 días del comienzo de este aislamiento social, preventivo y obligatorio digno de una película de ciencia ficción, que repercute en las costumbres, el trabajo, la economía, las relaciones, el esparcimiento, la psicología, el estado de ánimo y decenas de cosas más, la realidad indica que no estamos ante un fenómeno local, ni generado por el Gobierno. Una breve recorrida nos dice que países del “primer mundo”, con su potencial económico y sus desarrolladas medicinas, muestran la cara más feroz y arrasadora de la pandemia; ni hablar de nuestro vecino Brasil, con su enorme cantidad de víctimas fatales, en gran medida consecuencia de la irresponsabilidad (por decirlo de un modo suave) del presidente Jair Bolsonaro.

En medio del lógico cansancio que genera la cuarentena en toda la sociedad, nuestros muertos por el covid 19 son un número ínfimo en comparación con aquellos. Decir que estamos bien no corresponde, por una simple cuestión de respeto a los fallecidos y sus familias; aunque no es arriesgado decir que las medidas que se tomaron han evitado un desastre mayor. 

No suena razonable que, por el hartazgo del encierro, se tire todo el esfuerzo por la borda. 

Lo más prudente y sensato sería dejar que los científicos, médicos y especialistas en el tema sean quienes evalúen la situación y, en base a sus conclusiones, las autoridades nacionales tomen lo que consideren el camino más adecuado. Sería un buen modo de que el país no repita la historia de “Griseta” que nos mostró esta protesta, cuyas consignas fueron tan difusas y variopintas que ni los que se hicieron oír seguramente supieron bien por qué motivos. 

Quizás, sólo quizás, algunos y algunas de quienes golpearon sus cacerolas tuvieron a su lado en ese momento a un padre, una madre, un abuelo o una abuela. Allí estuvieron vivitos y coleando, hartos del encierro, pero ahí, junto a ellos y escuchando el bochinche del metal, gracias a que “perdieron su libertad” de manera temporaria, pero ganaron la vida hasta que deban partir por otras razones y no por este virus arrasador.

 
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