Conociendo con Milo

Por Migue Magnasco

Es una primera reacción de casi todos nosotros: poner lo que irrumpe, lo que desordena: lo distinto, bajo las formas de lo conocido. “Ah, sí, sí, esto es esto”. Acomodarlo a nuestra manera habitual de llamar a las cosas. Nos damos cuenta que queda descompaginado, forzadamente compactado, pero reina cierta sensación de tranquilidad al ubicar lo desconocido en el terreno de la familiaridad. “Esto es esto”, listo, salvado. ¡Qué alivio! Nos sentamos en el sillón con la copa de vino, ponemos Netflix y la vida sigue.

Pero lo desconocido insiste en ser y toma volumen por sus propias características. Se zafa de una categorización que le es ajena, que le impusimos, y resurge la inquietud, ahora potenciada ante el fracaso del antídoto habitual. Ahí empiezan seriamente los problemas. El ejemplo por excelencia de esa actitud en estas vísperas es el que reza “al darle tanta importancia a la salud, descuidamos la economía”. La negación desencadena la tragedia: millares de muertes y economías igualmente derrumbadas. EE.UU., Brasil, Reino Unido, México, Italia, Suecia, Chile, Ecuador. Todos exponentes dolorosos de querer ponerle anterioridad a lo disonante.

Este escenario, que supone un tipo inédito de incertidumbre que solo nos permite balbuceos frustrados acerca de sus derivaciones concretas a futuro, exige más respeto y atención que coacción de la ansiedad para decretar malamente su incorporación al mundo ya clasificado. Caminamos sobre una pista de hielo fino que castiga con resquebrajamientos repentinos todo intento brusco de pisar firme. Obliga al sigilo. A conocer sin encasillar, sin inundar de prejuicios lo que resulta inaprensible bajo marcos previos de comprensión. Esto no es aquello. Es otra cosa que tiene su propia composición y efectos. Merece, por tanto, una mirada cuidadosa, nuevas formas de interpretación, otra gramática. Otras prácticas.

Mi pequeño sobrino, Milo, que acaba de cumplir cuatro años, puede ayudarnos en este escenario tan confuso. Su obsesión es con el movimiento: en estos últimos meses, por ejemplo, es locura por las hamacas. En cualquiera de sus formatos, el vaivén del juego lo atrapa por horas. Lo mismo ocurre con todo aquello que sea plausible de ofrecer un movimiento circular. La rueda de un auto de juguete, un colador de fideos, la tapa de un canasto de ropa sucia. Milo tiene una diferencia cognitiva: no utiliza palabras para comunicarse, no reconoce nuestro vocabulario, ni sus combinaciones, ni sus sujetos, verbos y predicados. Encuentra otras formas, más físicas, de expresión. Sintetiza. Resplandece de alegría con la melodía de algunas canciones; si algo le causa dolor, sencillamente, llora; si le ponen cualquier plato de comida, lo devora sin mañas gustativas o aromáticas. Pero el movimiento le genera una curiosidad irrefrenable, una atención meticulosa, milimétrica. Al mirar un objeto redondo, que pueda ser puesto en movimiento, Milo no dice “esto es un círculo que gira”. Es un lente distinto y, por ende, hay otra interpretación. La dotación de significados es lo que cambia. Nosotros decimos “claro, un círculo que gira” (esto es esto) y seguimos de largo. Él mira y encuentra más razones para quedarse atento, que delinean su relación con ese objeto y, por tanto, puede estar largos ratos abocado solo a eso. La práctica se modifica porque hay una comprensión atípica del fenómeno. Tomemos esa enseñanza que nos ofrece Milo y volvamos al escenario actual intentando tenerla presente.

Los grupos económicos concentrados a nivel global y local presionan fuertemente por un regreso inmediato a la normalidad pre covid-19. Un “aquí no ha pasado nada”, como si tal cosa fuera posible. Como si la enfermedad, que continúa en pleno avance, no se hubiera cobrado ya la vida de 300.000 personas. Como si la experiencia colectiva (y singular) vivida en este tiempo no dejase marcas profundas en nuestros cuerpos, en nuestras subjetividades.

Abusa de la inquietud de millones de trabajadores que están padeciendo una situación delicada en materia de ingresos para motorizar una cruzada reordenadora que resulta, por un lado, sumamente riesgosa, pero, sobre todo, interesada: lo que guía ese apuro no es la pérdida circunstancial de una parte de su rentabilidad extraordinaria; lo que verdaderamente atemoriza es una posible (más no por eso segura) redistribución de posiciones en la circulación del poder para determinar el orden social. No es la riqueza en sí misma lo que se defiende, es la posición privilegiada de ejercicio del poder que venían teniendo para configurar un tipo de orden asegurador de esa riqueza. (Su hegemonía, para dejarnos de eufemismos).

El problema, para esos sectores, es que esta suspensión de la hegemonía mercantilista ofrece un campo abierto de disputa sobre las formas bajo las cuales deseamos vivir en adelante. Estamos ante un hiato en ese reparto de posiciones, ante la revelación de los rastros de puntillosa construcción que tiene aquello que se presentaba como natural, espontáneo y evidente. Mi pequeño sobrino nos echa una mano: allí donde veíamos normalidad y seguíamos de largo, quizás había más problemas e interpretaciones posibles. Quizás había dominación naturalizada. Quizás haya muchas más formas de vida en común que proponer.

Mientras escribo estas líneas, las últimas noticias indican que sólo el 5% de los contagiados que se recuperan logran inmunidad ante el virus, y que la vuelta paulatina a las actividades productivas y comerciales genera rebrotes aquí y allá. Nos apresuramos en poner lo distinto bajo las formas de lo conocido, pero aquello insiste en ser. Nos exponemos peligrosamente.

Me acerco despacio y me siento en el suelo al lado de Milo, que sigue jugando sin distraerse con mi presencia. Ojalá me lleve a conocer esos otros colores que refulgen cada vez que el mundo se pone a girar.

 
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