Trump ya tiene su guerra

Por Mario Esteban

Las encuestas arrojan un panorama muy poco esperanzador para Donald Trump de cara a una posible reelección. Los datos más recientes muestran que Joe Biden lo aventaja en intención de voto en los 12 estados “bisagras”. Dicha ventaja es superior a los 7 puntos en todos ellos (salvo en Arizona y Carolina del Norte). En este contexto, no solo se empieza a dar por probable un cambio en la Casa Blanca, sino una victoria demócrata por avalancha. A poco más de tres meses para la cita con las urnas, a Trump se le va agotando el tiempo para dar vuelta esta situación, y China ha entrado de lleno en su estrategia electoral: ningún presidente estadounidense ha perdido la reelección en tiempos de guerra. A favor de Trump hay que decir que no se ha embarcado en un conflicto bélico contra Irán, a pesar de tener una coyuntura propicia para ello, y que ha intentado que su guerra fuera contra el coronavirus en vez de contra otro país.

Sin embargo, la declaración de guerra de Trump contra el coronavirus de mediados de marzo, tras haberse burlado de esta amenaza durante semanas, no se ha reflejado en la intención de voto como esperaba. Los estadounidenses valoran cada vez más negativamente la gestión que ha hecho del Covid-19 y consideran a Biden más capaz de manejar esta crisis sanitaria que al actual presidente. De ahí que Trump haya tenido que buscar otra guerra para catapultar sus opciones de reelección, y ahora lo intente planteando una especie de nueva guerra fría con China. Este es el marco en que el deben interpretarse los discursos de los altos cargos de su gobierno, como el secretario de estado Mike Pompeo; el fiscal general William Barr; el director del FBI Christopher Wray y el consejero de Seguridad Nacional Robert O’Brien. La visión que se presenta en estos discursos sobre el papel de China dentro de la comunidad internacional y su impacto sobre los intereses de EEUU no es nueva, lo que se hace ahora es exacerbar el sentimiento de amenaza.

Esto queda sintetizado en la frase de Pompeo de mantener relaciones con Pekín sobre la base de la desconfianza y la verificación. El mayor problema de la visión estratégica que promueve la administración Trump sobre China es su carácter maniqueo que, al identificar la propia naturaleza del oponente como la fuente de la amenaza, llevado a su extremo impide la cooperación incluso en asuntos de interés mutuo. Esto puede traducirse no solo en un orden económico internacional más cerrado, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo para miles de millones, sino también en incapacidad por parte de la comunidad internacional de articular respuestas eficaces a amenazas globales como el cambio climático o las pandemias. Y eso si damos por hecho que la creciente tensión entre ambos países no acabe desembocando en un conflicto armado, cuya escalada podría tener consecuencias catastróficas para la humanidad.

Además, es muy dudoso que este énfasis en la promoción desde el exterior de procesos de cambio político en China facilite una mayor apertura y liberalización política de este país. Más bien al contrario: la doble vara en la promoción de los derechos humanos por parte de la política exterior estadounidense, en función de sus intereses nacionales, son tan evidentes para la población china que facilitan la consolidación del régimen. De ahí que esta instrumentalización de los derechos humanos y la disidencia china por parte de la administración Trump probablemente facilitará la labor del Partido Comunista chino de presentarse como el campeón de la nación frente a injerencias externas, y desprestigiar la democracia liberal como una forma de gobierno adecuada para China. EEUU y sus aliados europeos deben abordar cuestiones normativas en sus relaciones con China, pero no desde una óptica moral, sino vinculándolas explícitamente con los intereses económicos y de seguridad, en asuntos concretos como la defensa de los derechos de propiedad intelectual. Sería deseable que este punto fuera uno de los pilares del diálogo con China, al que pudieran sumarse otros actores dispuestos a defender un orden internacional basado en normas.

Esto debería ser posible independientemente de quién sea el próximo presidente de los EEUU, pero no parece que ambos candidatos estén igualmente capacitados para lograrlo. Como ha argumentado recientemente John Ikenberry, estamos ante una realidad que exige al orden internacional más internacionalismo y multilateralismo en vez de aislacionismo y unilateralismo. La forma en la que Trump se ha relacionado con sus aliados, los organismos multilaterales y el Derecho Internacional durante su mandato, apunta a que una victoria de Biden favorecería una respuesta más eficaz ante los desafíos que plantea China a ambos lados del Atlántico.

Profesor del Centro de Estudios de Asia Oriental de la UAM

 
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