Madres / Muralla

América Latina | Por Silvia N. Barei

¿Qué es una muralla? Sí, todos sabemos: un muro, una pared, un parapeto, un lugar para defenderse. Pero “Muralla” es también una película boliviana, de 2018, sobre la trata de personas: un futbolista tiene a su hijo en el hospital esperando un trasplante y, por la desesperación de conseguir dinero, vende a una niña y se involucra en la trata y tráfico de personas. "El objetivo de la película es cuestionar a la gente con la pregunta: ¿hasta dónde puedes llegar para salvar la vida de un hijo?", explica el director.

Porque más allá de la anécdota, esta es una realidad en toda América Latina. ¿Hasta dónde puede una muralla abrigar la vida de un pueblo, contener un ataque, proteger a los niños y salvar a los jóvenes que marchan por justicia?

A pesar de la pandemia y de la grave situación mundial, y después de la infame muerte por asfixia de George Floyd, (no olvidar que, el 24 de junio, Ceferino Nadal, de 43 años, murió de igual manera en Tucumán) hemos visto en estos meses movilizaciones, protestas y manifestaciones en muchas ciudades de Estados Unidos, las marchas de Portland, y el generalizado reclamo de “Black lives matter”. Todas multitudinarias, todas de hartazgo e indignación, todas bajo el lema de Respeto por la Vida, Paz y Justicia.

Y por todas las vidas, de todos los colores y todas las ideologías.

Pero tal vez lo más impactante de todas las marchas y performances que se han realizado sea la constitución de lo que da en llamarse “El muro de las madres”. Frente a las fuerzas policiacas desplegadas por Trump contra los manifestantes, a los que considera alternativamente anarquistas, comunistas, fascistas, o simplemente inadaptados sociales o hippies mugrientos, las madres de Portland se autoconvocaron por Facebook después de que la policía disparara en la cara a Donovan, un joven de 26 años, internado en grave estado y ahora sometido a varias cirugías faciales.

Vestidas con remeras amarillas y cascos de bicicleta, el muro lo hacen con sus cuerpos para proteger a sus hijos e hijas que están en la protesta. “La piel, otra muralla” dice, precisamente, un poema de Marcela Rosales que parece escrito para ellas. Porque estas madres ponen el cuerpo, se toman de los brazos, llevan girasoles, carteles con símbolos de la paz y transforman las letras de las nanas en canciones de protesta. Son parte de una enorme comunidad que se une en Estados Unidos para luchar por la vida de los negros, los jóvenes, los migrantes; contra el racismo, el sexismo, la discriminación.

Este país tiene una larga historia de abusos contra las minorías y una larga muralla fronteriza, aun sin terminar, que pretende separarlo de México en particular y de los latinoamericanos en general.

En la parte mínima que yo conozco, el muro no es de color gris. No está alambrado arriba. No tiene altas casetas de guardia, ni siquiera un policía armado de trecho en trecho. Pero todos saben que los “coyotes” blancos armados, o los “polleros” que los engañan, están del otro lado. Esta alta pared irregular que se pierde en la nada, está cubierta por algunos grafitis dibujados, por mensajes de todo tipo (me parece gracioso uno que dice “De este lado, Tercer Mundo. Acá no somos rubios”), por fotografías de gente sonriendo o sufriendo, por carteles publicitarios y por pinturas diferentes, de la Guadalupe, el Cristo, Pancho Villa y Frida. También del Chapo Guzmán. Muchas cuadras más allá, cruces, cruces y cruces. Y de trecho en trecho, una mujer rezando.
Por día se cometen en México 10 feminicidios, y desaparecen siete niños de sus casas; el 63% es ejecutado por el crimen organizado. En el caso de los niños, es trata y abuso infantil, a lo que tampoco son ajenas las bandas narco.

El episodio reciente de Dylan, un niño de dos años que desapareció en San Cristóbal de las Casas, muestra un panorama desolador. Su madre y un grupo de mujeres están en la calle conformando otra muralla que pide al presidente López Obrador por la aparición de Dylan. En su búsqueda, 23 menores fueron rescatados de una casa donde permanecían escondidos en condiciones de abuso físico y psicológico, después de ser secuestrados para obligarlos a trabajar en el comercio callejero y, a las niñas, en la prostitución. El muro de las madres que buscan a Dylan y a otros niños dice: “Disculpe señor presidente, queremos con vida a nuestros hijos”. ¿Es necesario pedir disculpas, aunque la expresión encubra un enorme enojo y una terrible angustia? Y las nuevas marchas a lo largo y ancho del país llevan las consignas en sus barbijos: “¿Cómo encontrarte?” “¿Dónde están?”

Hay en todo el mundo madres que buscan a sus hijos, Madres del Dolor, Madres de Ayozinapa, la Caravana de Madres de Migrantes, las Madres buscadoras, las CoMadres, las Madres de Soacha, las Tejedoras de la Resistencia, las Madres de la Candelaria, las Madres de Víctimas de Trata, las Madres de Plaza de Mayo.

Sabemos que nuestras Madres, a las que “el pueblo abraza”, también comenzaron en 1977 con una ronda que terminó convirtiéndose en un muro, una pared, una muralla, un lugar donde pertrecharse. Carmen Conde murió el pasado mes de julio, un domingo, sin haber encontrado los restos de su hijo Juan Carlos, secuestrado y desaparecido en 1977. Después de tantos años de búsqueda Carmen no supo nunca cuál fue su destino, ni siquiera dónde fue desaparecido. Tenía 22 años, estudiaba medicina y trabajaba en la municipalidad de Buenos Aires cuando lo secuestraron y nunca más (Nunca Más) se supo de él. "Es otra madre que se va sin haber podido conocer la verdad, lo que nos reclama a todos", dijo Horacio Pietragalla, hijo de desaparecidos y recuperado por Abuelas, madres por partida doble.

Es un pequeño ladrillo que se desmorona de una Muralla cada día más sólida, más fuerte, más audible. Y que Más que Nunca necesita educación de los niños y jóvenes, debates de ideas contra la intolerancia del discurso, una Justicia atenta a la igualdad de derechos, prosperar de forma justa y en armonía con el planeta, una batalla cultural que se ha iniciado hace años, que ha dado algunos frutos, aunque le falta avanzar en indispensables y enormes zancadas. Un cambio para el cual necesitamos nuevas formas de estar juntos, inventar un lenguaje para el que hoy no tenemos palabras, si acaso es cierto que queremos realmente merecer el mundo.

Estas Madres Muralla, en todas partes del planeta, tienen marcada a fuego la letra de la canción de U2 que escribiera Bono después de conocer a las Madres de Plaza de Mayo, y también la de León Gieco, que las llama “Las madres del Amor”, esas que “saltan todos los charcos”.

Hace unos días, Miguel K. y Silvia N. me invitaron a compartir la lectura del “Diario de la peste”, del portugués Gonzalo Tavares, y uno de sus textos dice: “Madres... aullando en las ventanas. Y aullando por los caminos peligrosos para que sus hijos las oigan... Imagino una madre que de tanto aullar se convierte en loba. Solo volverá a ser humana si recupera a su hijo”.

 
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