Víctor Acha, hasta siempre

Homenajes | Por Vitín Baronetto

Me resulta imposible escribir sobre Víctor Acha sin que aparezcan tantos rostros compañeros, hermanos y amigos, muchos de los cuales se le anticiparon en el paso pascual, que él dio el pasado miércoles 2 de septiembre de 2020. Rostros que fueron vidas en Villa El Libertador y Barrio Comercial, donde hicimos un largo, agitado y feliz camino de vivencias, compromisos y luchas. Desde fines de 1969 hasta 1975, compartiendo la casa en la parroquia de Villa El Libertador; hasta que él mismo presidió la concelebración, con otros tres curas, de mi casamiento con Marta.

La última semana de agosto, pandemia de por medio, hablamos por teléfono y se entusiasmó con la idea de que escribiéramos algunas memorias de nuestro amigo común, el Vasco. Me dijo que le gustaría hacerlo colocando el eje transversal de los pobres, a quienes había sido fiel hasta el final. En aquellos años no era la opción por los pobres. Era la obligación por los pobres. El camino de las bienaventuranzas de Jesús el Carpintero. Trabajar y vivir con los pobres. Y asumir la pobreza compartiendo la vida con los empobrecidos por las injusticias sociales. Las luchas por las múltiples necesidades vecinales y la denuncia profética de los causantes de aquellas situaciones acarrearon persecuciones, compartidas por miles de argentinas y argentinos.

Con Víctor sobrevivimos sin noticias mutuas en los tiempos más duros del terrorismo de Estado. Volví a tenerlas cuando se rompió la incomunicación carcelaria en 1977, a poco de llegar a Sierra Chica. Supe que anduvo en la Villa hasta fines del 75, cuando bandas armadas de civil allanaban hogares cercanos a la parroquia, donde por seguridad él solía pernoctar. Esta persecución, que iba más allá de su persona, porque aterrorizaba a los feligreses más solidarios, finalmente lo obligó a aceptar la propuesta del arzobispo Primatesta, de ir a Colombia, para un curso de pastoral y catequesis en Medellín. Sin revelar su destino, en junio de 1976 le hizo llegar una carta a mi madre, interesándose por nuestra situación: “Haber hecho este alto, hasta ahora me ha servido para reafirmar más y más, todas las convicciones que tengo y que me han motivado para trabajar como lo hice hasta hoy.”

Víctor no aguantó el exilio y se volvió al país. Primatesta le hizo saber que el general Menéndez no le daba garantías de vida, y se quedó de incógnito en una parroquia del gran Buenos Aires, que lo cobijó. Desde allí, en diciembre del 76 nos hizo llegar otra carta a propósito del crimen de Marta, con el Cura Vasco, que lo visitaba cada tanto: “la cuota de dolor que muchos sufrimos se hace más grande para algunos, entre los cuales se encuentran ustedes, desde hace tiempo por la situación de los hijos, últimamente por lo de Marta. A veces se descubre todo lo que se quiere a una persona cuando esa persona desaparece. Así me ha ocurrido con ella. He sufrido mucho por ella, por su esposo, por los niños, por ustedes y por la mamá y hermanas de ella. ¡Cuánto hubiera deseado estar cerca! Para acompañarlos en el dolor en ese momento”.

Víctor siguió un largo tiempo en el gran Buenos Aires. Durante aquella estadía le ayudó a mi madre a realizar gestiones ante los organismos de derechos humanos, orientándola en el inmenso y desconocido mundo porteño, y manteniendo con ella una comunicación escrita escueta, imprescindible y cautelosa, como lo exigían las graves condiciones de inseguridad del momento. Hasta que pudo regresar a Córdoba. Alejarlo de la ciudad fue el requisito militar al arzobispo, que lo designó en una parroquia de Carlos Paz.

Uno de mis primeros almuerzos en libertad, en 1982, fue con él y el Vasco, repasando con alegría los años vividos en comunidad, los dolores de las persecuciones y las nuevas esperanzas, que empezaron a concretarse cuando al Vasco se le puso que iría a vivir a la villa que bautizaría “Obispo Angelelli”, nuestro maestro y mártir de los pobres.

La misma fe y las mismas convicciones que nos encontraron en la juventud, siguieron andando por los andariveles de la vida. En la revista Tiempo Latinoamericano disfrutamos de su sabiduría y experiencia como miembro del Consejo Asesor. Pero fueron muchos los lugares de su siembra generosa. Las incomprensiones y malos tratos eclesiásticos no le hicieron mella a su fidelidad sacerdotal. Porque desde que se ordenó, el 14 de septiembre de 1968, quiso que su sacerdocio fuese entrega y servicio a los pobres. Esa era la iglesia.

El Vasco nos encontró en sus 80 y lo seguimos juntos hasta la despedida final en Barrio Comercial. Víctor nos convocó para celebrar sus 80, que fueron también su despedida al inicio de este 2020. La cruz por él tallada en cerámica sin el cuerpo crucificado, que ese día me tocó en suerte, fue el signo de la resurrección y la victoria, que nos seguirá acompañando.

Celebramos su Pascua, el paso a la tierra sin males, con la fe de san Pablo: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?” Porque “tuve hambre y me diste de comer; estuve enfermo y me visitaste; estaba desnudo y me vestiste; estuve preso y me viniste a ver.” (Mt, 25) ¡Víctor, hasta la victoria!, seguirá siendo interpelación y compromiso.

 
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