Retos a la condición humana

Economía en pandemia | Por Fermín Bertossi

La prensa viene informando sobre las ambigüedades morales que se verifican en el letal devenir del Covid-19.

En efecto, como se acentúa la magnanimidad de innumerables personas, también conforme anticipara Albert Camus en su obra “La peste”, “Las peores epidemias no son biológicas, sino morales. En las situaciones de crisis, sale a luz lo peor de la sociedad: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad”.

Entre nosotros, si bien aún contamos con exhaustos e insuficientes servidores médicos, paramédicos, educadores, trabajadores esenciales, agentes del orden y la seguridad destratados e inmoralmente retribuidos; simultáneamente, con toda miseria moral, muchas personas fueron privadas administrativamente de morir acompañadas, conculcándose arbitrariamente tal derecho humano, inalienable.

Estas restricciones inconstitucionales de crueles protocolos fueron aciagamente padecidas, por caso, por Solange Musse, que falleció en Córdoba, autoritariamente impedida para despedirse de su padre, el que habiendo viajado 1.145 kilómetros desde Neuquén, fue oficial e instantáneamente expulsado y escoltado por una decena de patrulleros policiales dependientes del poder ejecutivo cordobés; o por las hermanas Garay, a quienes el gobernador Alberto Rodríguez Saá les ha negado una decena de veces despedir a su padre, atrapado por una enfermedad incurable en San Luis; o por Fernanda Mariotti que tampoco pudo abrazar a su madre en su lecho de muerte, como la viuda y los cuatro hijos a César Cotichelli, en el Chaco; o Alicia Iriarte a su hija Rosario, en Jujuy, entre muchos otros.

Dichas restricciones contrariaron, de facto, la irrefutable supremacía de la salud, y la vida humana sobre todo “imperium” constitucional, legal o administrativo.

Un párrafo especial merecen supuestos “geriátricos” (no pocos, clandestinos) con huéspedes adultos mayores, muchos de los cuales murieron en una ignominiosa e inhumana soledad; con coronavirus, aunque la mayoría de los fallecidos correspondería a irresponsables actitudes del personal, de sus propietarios y de las autoridades que autorizaron o toleraron su irregular funcionamiento.

A propósito, Teresa de Calcuta sostuvo y encarnó personalmente que “nadie, por más marginado e indigente que fuera, debía morir solo, sin la compañía y la sonrisa de otro”. De esta manera, “La peste” de Camus cobra relevante actualidad a medida que la humanidad enfrenta situaciones tan límite como la actual, provocadas por el supremo temor que produce perder la salud, o la vida misma. Camus admitía que “sin la perspectiva de lo sobrenatural, todas las victorias del hombre son provisionales. La victoria definitiva y total corresponde a la muerte”.

Ahora, ¿qué es lo ético y verdadero sobre la salud y la muerte en esta situación especial de aislamiento de casi 180 días? Encontraremos buena respuesta en una dura carta de la doctora M. Cecilia López, médica y epidemióloga, en La Prensa del 6 de septiembre: No se puede responsabilizar a la población de acciones que le corresponden al Estado y a los gobiernos. Es responsabilidad de ellos ofrecer la adecuada infraestructura, tanto edilicia como en recursos humanos y materiales para cualquier contingencia de Salud. Y han dejado de hacerlo hace mucho tiempo. El sistema de salud no colapsa desde marzo de 2020 y ni siquiera desde ahora: eso es una mentira. ¡El sistema de salud colapsa hace mucho tiempo y cada año! Los médicos no estamos desbordados desde ahora, estamos agotados desde hace años en este sistema perverso…

Recuerdo, por último, aquel aserto de Jorge Luis Borges, el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer.

Premio Madre Teresa de Calcuta

 
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