“Profe”

Día del profesor | Por Fermín Bertossi

Cada 17 de septiembre celebramos el día del profesor, en homenaje a José Manuel Estrada, quién, precisamente, falleció en un día como este en 1894. Estrada, además de profesor fue historiador, orador, escritor, periodista y un destacado intelectual de su tiempo.

Este año, el contexto pandémico que vivimos torna especial al día del profesor, dadas las limitaciones pedagógicas impuestos por un virus desconocido, omnipresente e intratable. Lo especial radica en que, imprevistamente y como se pudo, se tuvo que recurrir a la implementación intuitiva de una educación digital remota entre aislamientos de profesores y alumnos.  

La reciente ley 27.550 (B.O. del 30/6/2020), al suprimir arrebatadamente el artículo 109 de la ley de Educación 26.206/06, es otra señal que ratifica lo antedicho. En efecto, el precepto suprimido establecía que “los estudios a distancia, como alternativa para jóvenes y adultos, solo pueden impartirse a partir de los dieciocho años de edad”; ante los efectos de esta pandemia, hay que adecuar operativamente dicha ley 26.206 al flamante régimen de teletrabajo, ley 27.555, singularmente a su artículo 9, Elementos de trabajo: “El empleador debe proporcionar el equipamiento -hardware y software-, las herramientas de trabajo y el soporte necesario para el desempeño de las tareas, y asumir los costos de instalación, mantenimiento y reparación de las mismas, o la compensación por la utilización de herramientas propias de la persona que trabaja”.

Conservar el espíritu y acervo de la educación presencial es también un singular desafío para la comunidad educativa, al menos, para atemperar la despersonalización y encontrar la mejor manera de sostener el vínculo entre le profesor, el alumno y la familia, durante el tiempo de virtualidad por la pandemia; un tiempo ya de seis meses que ha impedido la concurrencia regular a los establecimientos educativos.   

Es que una vinculación pedagógica positiva se ha caracterizado por la presencialidad, el afecto, el respeto, la escucha paciente, la contención, la atención, la generosidad y aplicación, así como por expectativas realistas de los profesores. Quiero recordar, entre tantos, aquí a mis colegas, los profesores Miguel Ángel Mirotti; Antonio Colomer Viadel; Esteban Llamosas; Andrés Rosetti; y Rolando Montenegro, que por fortuna pude conocer y compartir tan enriquecedora y edificantemente, sobre las capacidades y posibilidades en cada uno de sus alumnos.

En la educación presencial, la participación es directa (sin “delay”)más ágil, dinámica y cooperativa, con franco intercambio de gestos e ideas. Para un profesor, pocas cosas podrían superar el gozo intelectual de una clase con docencia presencial, en la que cada gesto cobra un sentido y cada cruce de miradas un significado con complicidades espontáneas e inolvidables, propias del aula y los recreos o intervalos de tiempo libre.

Mayoritariamente, los estudiantes se han manifestado decididamente partidarios de la actividad formativa presencial, cuanto de conservar el estudiantado como una forma y disfrute de la vida juvenil. Sin negarme a la realidad, una enseñanza íntegramente a distancia no podrá lograr esa comunicación completa, ni satisfacer las expectativas de nexo emocional entre profesor y alumno.  

Enseñar es un acto de amor que nos hace mejores a todos, particularmente cuando participamos en la docencia convencidos que el valor ético-solidario es transversal a saberes, bienes, servicios y enseñanzas que compartimos porque ¡Cuando enseñamos, aprendemos! (Cicerón y Séneca).  

Finalmente, como diría don Miguel de Unamuno, la educación y sus profesores no son nada si no son útiles y beneficiosos a la sociedad, y ésta se negaría a sí misma si no valora apropiada, digna y oportunamente a los mismos.

 
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