Magnánimos bomberos

Incendios | Por Fermín Bertossi

Otra vez, durante casi dos semanas, nuestros bomberos siguen trabajando para detener focos de incendios simultáneos que afectan distintas regiones provinciales.

Me parece oportuno poner de relieve la grave desconsideración con nuestros bomberos voluntarios, concretamente dada su disponibilidad absoluta, su arrojo, valentía y heroísmo, su noble temperamento, grandeza de espíritu y generosidad sin intermitencias ante cada incendio, todo lo cual habla de nuestras mezquindades e ingratitudes sociales, como de cierta indignidad civil y conciudadana que hemos naturalizado.

Ojalá empecemos a darnos cuenta que todas estas personas, bomberos voluntarios, se están jugando su vida en cada “gesta ígnea”, batallando en desigualdad de condiciones, prácticamente sin equipamientos, con escasos y débiles pertrechos, sin una logística apropiada ni recursos suficientes, para enfrentar cada incendio provincial, urbano y rural. Y que, a pesar de tantas falencias inexplicables para un fenómeno que se repite regularmente, año a año, al final de cada invierno, lo hacen con una hidalguía sin par.

No es un detalle al margen, un simple dato: en Córdoba, en apenas veinte años, los incendios recurrentes ya quemaron más de 800.000 hectáreas. Del bosque nativo que regula los cursos hídricos (y, consecuentemente, las inundaciones y las sequías); de la flora y la fauna autóctona; y de las propiedades y emprendimientos rurales.

Los bomberos voluntarios, a pesar de soportar estos muchos destratos públicos y privados son, al fin y al cabo, quienes magnánimamente están logrando, en la medida de lo imposible, salvar vidas, fauna, biodiversidad, recursos naturales, la flora, biomasa, biosfera, y hasta propiedades ajenas.

¿Cómo puede ser eso? Es, literalmente, un escándalo. Y es del todo injusto e inmoral. Debemos movilizarnos para que esta situación cambie, de una vez y para siempre.

Más aún, la implícita influencia de valores y actitudes ejemplares de nuestros bomberos voluntarios sobre la conducta y el comportamiento humano en la sociedad es definitivamente invalorable.

¿Qué más hace falta que hagan, ofrenden y demuestren estos cuerpos de bomberos para activar, con trámite exprés, la legislación necesaria, apropiada y suficiente para viaticarlos diariamente, para remunerarles como corresponda y asegurarles un retiro decoroso (no como el actual), para cada uno de estos ciudadanos que trabajan en condiciones cada día extremas e inmanejables?

Se trata de hombres, mujeres y jóvenes que dejan sus familias, tareas, comercios, estudios, talleres (¿lucro cesante?) para combatir las llamas, cuándo, cómo, dónde y hasta que sea necesario. ¿Cuántos bomberos, en algún cumpleaños, festejo o adversidad familiar, nochebuena o año nuevo, en lugar de pasarla con sus familias y amigos tienen que estar en la línea del frente, manteniéndonos a salvo de otro incendio?

Su servicio ya debe ser reconocido, su sacrificio no puede ser ignorado. Obviamente, necesitan y merecen una compensación regular. La provincia, la nación, los municipios, cooperativamente, debe proporcionársela. Porque lo cierto es que todos estamos admirados, conmovidos, asombrados y orgullosos de nuestros bomberos voluntarios cordobeses, pero con eso, con medallas, diplomas y aplausos, no alcanza.

Despropósito paradójico el de contrastar el accionar inapreciable de nuestros bomberos voluntarios, con los escándalos incesantes de una privilegiada casta política: la de obscenas dietas, viáticos, pasajes, choferes… Toda conciencia de ciudadanía como virtud cívica debe motivar nuestras responsabilidades y deberes, tanto personales como profesionales y comunitarios.

Esta, y no otra, es la mejor garantía de la consagración de los derechos como emanación natural del entrecruzamiento de los deberes de todos. Ese es el horizonte de una civilización cooperativa de sujetos éticos, para la cual, en este caso, el cabal reconocimiento y la generosa remuneración de nuestros bomberos no debe esperar.

 
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