Quebrando el huevo de la serpiente

Economía y tecnología | Por Eduardo Ingaramo

El filósofo coreano Byung-Chul Han dice, en “Psicopolítica”, que “la sensación de libertad se ubica en el tránsito de una forma de vida a otra, hasta que finalmente se transforma en otra forma de coacción”. Es claro que al sujeto (que literalmente significa “estar sometido”) religioso sucedió el productivista competitivo, luego el hedonista, y ahora parece nacer el sujeto digital. En medio de ellos grandes conflictos y transformaciones en las que pareció florecer la “libertad”. En la historia humana, fundamentalmente en los dos últimos siglos, la búsqueda de la libertad ha sido y es una constante. Aunque su logro ha sido efímero y atravesado por conflictos. A las organizaciones tribales, en donde se imponía el más fuerte, violento y capaz de alimentar a su progenie, en base al miedo que imponía su ley; con las islas de libertad en la democracia griega o la Republica romana; le sucedió el sujeto religioso, basado en la culpa, el pecado y el deber ser. Luego, las organizaciones jerárquicas de la industrialización del siglo XIX y principios del XX, que sometieron a los trabajadores en busca de la productividad, hasta que en los 30 quebró, por la concentración de la riqueza y la sobreproducción, y que derivó en guerras por el dominio universal, que finalmente se consolidó en favor del dólar y los EEUU, en Breton Woods. Desde allí, se impuso otro período de “libertad”, basado en el consumo y el deseo, que iniciaron un nuevo sometimiento. Ahora el consumismo, agudizado por la conectividad y las redes sociales, nos proporciona una nueva ilusión de “libertad”, convirtiéndose en una nueva forma de dominio del sujeto.

Hoy esas redes sociales configuran una forma, mucho más eficaz que las represivas, en la medida que aceptamos voluntariamente sumarnos a ellas entregando nuestra información personal y dejando en sus manos lo que podemos pensar. Así, reiterando lo que decía Aldous Huxley en “Un mundo feliz”, la novela de 1930, aceptamos con agrado una dictadura que nos convierte en sujetos digitales: un entorno donde podemos afirmar nuestras opiniones previas sin cuestionar el sistema sobre el que se asientan esas creencias y comportamientos.

¿Cómo dejar de ser un “sujeto digital”? No parece fácil sustraerse a serlo y sería imposible prescindir de las redes, sobretodo porque allí están nuestras relaciones pasadas y actuales, allí está nuestra memoria (que solo recuerda lo que recordamos, no lo que pasó realmente) y allí está lo que creemos ser. Pero, como todo sistema de dominio, tiene sus vulnerabilidades, sobre todo porque se desenvuelve con algoritmos asociativos, que también podemos predecir y hacer actuar en nuestro favor mediante ciertas actitudes, tales como reconocer que los algoritmos de las redes sociales son un mecanismo de ratificación de lo que pensamos, y la amplificación en las redes de cualquier expresión grandilocuente y extrema; desconcertar a los algoritmos, ingresando a páginas y publicaciones que difieran de las ideas propias, evitando que éstos construyan un perfil único; aumentar los sitios que contradigan lo que se piensa; en aquellas publicaciones donde existan muchos “trolls” (que se dedican a realizar comentarios provocadores buscando crear controversia o desviar la atención de una temática), si no hay información para opinar con fundamento, buscar los posteos que parezcan inteligentes y con fundamentos para marcarlos con “me gusta/like”, o compartirlos, lo que los amplificará; nunca utilizar la descalificación personal ni insultos; solo usar argumentos que puedan ser verificables en otras fuentes, citándolas; comparar las versiones opuestas de la realidad, que, además permitirá reconocer la imposibilidad de la independencia y objetividad que algunos afirman tener.

A nivel interpersonal (Whatsapp, Telegram, Instagram, Twiter) la tarea pasaría por: no abandonar ningún grupo o debate, especialmente aquellos en los que hay personas que piensan distinto; evitar acaloradas discusiones que nos separen de aquellos afectos más duraderos; procurar entender lo que piensan y porque lo hacen, aunque no se comparta; recordar que somos lo que hacemos, no lo que pensamos sobre temas en los que no podemos influir o decidir; priorizar aquello que nos une por sobre aquello que nos divide; expresar solo los hechos verificables por todos, si es posible con buen humor o ironía; evitar juicios definitivos y absolutos, como si las opiniones y las personas no pudiésemos cambiar nuestras ideas.

A nivel colectivo, las afirmaciones de los CEOs de redes sociales y buscadores, ante la comisión investigadora de la Cámara de Representantes de EEUU y otras instancias judiciales, respecto a que “las redes sociales no son responsables de los contenidos” están puestas en duda.

Al principio, el análisis era morfológico (agrupando familias de palabras); luego fueron sintácticos (por significados formales); y hoy son semánticos (agrupando frases de sentido similares y opuestos): el sistema se perfecciona hasta llegar al individuo aislado, que es mucho más manejable, aunque se lo pinte como “libertad”.

Porque al indexar sus contenidos y asociarlas a los perfiles mediante algoritmos semánticos que asocian expresiones similares y opuestas orientan la búsqueda, produciendo una auto afirmación ilimitada de las propias ideas, hasta generar una grieta que nos divide en bandos irreconciliables sin sentido autocrítico. Para que eso no ocurra, las redes y buscadores debieran presentar en sus resultados al menos un 30% de notas con significados opuestos y limitar sus contenidos asociados a un porcentaje menor de ofertas comerciales regidas por análisis morfológicos y sintácticos. Y eso solo puede ser regulado por políticas públicas.

 
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