Las guerras cibernéticas y las elecciones en EE.UU.

Política internacional | Por Mario Pino

Un amigo leído y de calificada y actualizada instrucción me platicaba sobre el conocido y rápidamente olvidado hackeo a la celebración virtual del pasado 17 de octubre, y que se vio frustrado en su versión cibernética debido a la intervención extraña que bloqueó el ingreso y la participación de una concurrencia que los organizadores estimaban, previamente, en varios millones. Las teorías que mi desengañado amigo esbozaba un abanico que abarcaba desde la ineficiencia de los programadores, el desinterés que provocaría la ausencia de Cristina Fernández, o la intervención de alguien del espacio opositor vinculado a los sistemas de seguridad de los EEUU o Israel.

El espacio virtual se ha convertido en el quinto espacio de disputa bélica entre grandes potencias, en la que también intervienen empresas privadas de alta tecnología y dominio de Inteligencia Artificial (IA) y grupos terroristas -podemos apropiadamente llamarlos así- capaces de infligir todo tipo de daños. Los intereses pueden ser de cualquier tipo y envergadura; aun experimentales como -quizás ingenuamente- me siento orientado a pensar que sucedió el Día de la Lealtad.

Últimamente fueron hackeados, entre muchos otros eventos, las elecciones de Alemania, Francia, la Unión Europea y los EEUU; el Vaticano, la bolsa de Nueva Zelandia, el sistema de salud inglés y el parlamento noruego sufrieron intervenciones indeseadas; las acciones contra objetivos de misiles, atómicos y satelitales, de las grandes potencias son permanentes. A todo ello debe agregarse campañas en las redes orientadas con fines específicos, como los que alientan la aversión a las vacunas, el “terraplanismo”, o el descrédito a la democracia como sistema político.

Lo del 17 de octubre parece haber sido una intrusión modesta en un juego en el que pocos comprenden sus reglas, sus peligros, los daños que se producen y las vulnerabilidades de la infraestructura física y de servicios de los países. A Corea del Norte, junto con Israel, Irán, Rusia, China y los EEUU, los más avanzados en esta guerra, se les atribuye el virus Wannacry, que ha causado daños billonarios. En este juego colosal las empresas privadas llevan la delantera en el desarrollo, implementación y comercialización de IA.

El mercado de IA está dominado por empresas occidentales que venden sus productos de control colectivo e individual a estados dictatoriales, en los que el control llega a extremos asombrosos en la diaria intimidad personal, social y política. Pero en los países democráticos occidentales la debilidad e incapacidad de los Estados es mayúscula, particularmente en la protección de los ciudadanos, sus datos privados, e incluso sus fortunas, frente a verdaderas mafias que medran entre el espacio virtual y los vacíos operativos y legales. Sin transparencia ni control, las corporaciones privadas trafican información de las personas convertidas en producto; en definitiva, el paradigma del hombre de la sociedad tecnológica capitalista, el “homo digitalis”, es ese: el hombre como producto.

Una sociedad desorientada es vulnerable al desarrollo de teorías conspirativas, como las que hemos visto pulular en estos tiempos de pandemia. No aportan solución ni orientación a sus comunidades; los gobiernos, dirigentes y formadores de opinión se distraen en aspectos parciales. Ejemplo reciente es la creación del Nodio, un organismo del Estado dedicado a controlar la veracidad de las noticias expuestas en los medios. Es una medida inútil, que parece tendenciosa e incapaz de encarar el problema de fondo; en definitiva, allí no está la búsqueda de la verdad.

La debilidad relativa en la que se encuentran los Estados democráticos es notable, aún en cuestiones de seguridad nacional. El declinante gobierno norteamericano de Trump ha sido duramente criticado, porque habilitó a agencias nacionales a encarar acciones cibernéticas defensivas y ofensivas sin el control o el conocimiento del Congreso. Gran libertad operativa también es la que gozan grupos de terroristas digitales, como los QAnon, que, originados en los EEUU, se han extendido a otros países, constituyendo comunidades virtuales que posteriormente llegan a comunicarse de manera real y a constituir una fuerza política inesperada.

Como se ha podido comprobar en las recientes elecciones norteamericanas, la incidencia creciente de las campañas de desinformación como las de QAnon llama la atención de los analistas. Un porcentaje increíble de estadounidenses cree como una realidad probada el tráfico de niños, la pedofilia y aún la práctica de ritos esotéricos con niños por parte de la elite política y del espectáculo vinculada a los demócratas y a Hillary Clinton, o que Joe Biden llevará a los Estados Unidos a ser Venezuela. Las teorías conspirativas de QAnon han calado hondo en la sociedad y han empujado a colectivos enteros a un voto “de miedo” en favor de la reelección de Donald Trump, aunque, finalmente, parecen no haber sido determinantes en el resultado final.

Abogado y diplomático

 
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