Una transición presidencial a los tropiezos

Relaciones continentales | Por Mario José Pino

Donald Trump seguirá sin reconocer el triunfo de Joseph Robinette Biden Jr. hasta que el colegio electoral lo proclame; seguirá desoyendo los consejos de sus correligionarios, que pretenden reservarle el rol de “kingmaker” para el año 2024: el rey será él.

Poco le preocupa a Trump que la vieja élite republicana lo esté abandonando, ha obtenido una cantidad de votos que ninguno de ellos pudo jamás pretender y, quizás, hasta lo impensado: logre retener el Senado en manos republicanas.     Probablemente, como es un pragmático hombre de negocios, no esté pensando que finalmente se le otorgará el triunfo, sino que se trata, simplemente, de hacer crecer. Acrecentar el número de decenas de millones que ya piensa que hubo un fraude indisimulado, y deslegitimar al gobierno que se instalará el 20 de enero de 2021.

Estará pensando, y con sólidos argumentos, en regresar dentro de cuatro años, para lo cual encarará un gigantesco emprendimiento comunicacional con el que intentará mantener su alta popularidad. Lo más preocupante, de todas maneras, son los dos meses de gobierno que le quedan, en los cuales sin duda alguna implementará drásticas medidas que ratifiquen su línea de pensamiento y de estrategia de acción.

La Administración Trump sostuvo una crítica permanente del sistema internacional que los Estados Unidos ayudó a crear, pero no propuso nada que lo reemplace, solo un repliegue que no debe confundirse con aislamiento. Llevó adelante acciones que, en muchos casos, afectaron seriamente el orden global cada vez más amenazado y caótico, y difícilmente pueda afirmarse que construyó una “Doctrina Trump” en política exterior.

Su nación viene sufriendo un descrédito constante y continuo, podio que comparte con China y Rusia, que tampoco adelantan propuestas superadoras al momento de incertidumbre internacional.

En el discurso del triunfo, Joe Biden trazó los ejes de su gobierno: “la recuperación del alma americana”, la unidad nacional, la restauración del espíritu de apertura y solidaridad, el restablecimiento de la confianza en la palabra y el respeto hacia los Estados Unidos. Mientras espera asumir como el 46° presidente, ya instala sus equipos de transición en una nación que ha demostrado que no es tan progresista; el equilibrio de fuerzas emergentes, lo obligará -al menos por dos años- a una administración de centro, en la que proyectos como el impuesto a los ricos y otros reclamos progresistas pueden quedar postergados. Es probable que en sus primeros tiempos -como Obama y Trump- no sea austero en hacer uso del mecanismo de órdenes ejecutivas (instrumento similar a nuestros decretos de necesidad y urgencia - DNU).

Las Tres D, Diplomacia, Defensa y Desarrollo e investigación serán los pilares de su gestión, y constituyen el trípode de las políticas de los Estados Unidos en los próximos años: incidirán en la dinámica de los conflictos geoestratégicos y económicos globales del futuro inmediato, particularmente en la confrontación entre Washington y Beijing. 

La diplomacia instrumentada por la Secretaría de Estado (prácticamente liquidada por Trump) recuperará un rol decisivo, y quizás se convierta en la principal herramienta de la política exterior estadounidense. Desde el primer momento será lanzada a retomar su lugar en los foros abandonados en estos últimos cuatro años, como el Acuerdo de París, el Tratado Nuclear con Irán, la Organización Mundial de la Salud, de la misma forma que volverá a la tarea de reconstruir un sistema de alianzas que, en la pretensión de Biden, concentre a más de la mitad del PBI mundial. No es un objetivo descabellado.

Derechos humanos, cambio climático, transparencia y corrupción, y no proliferación, serán cuatro lineamientos centrales bajo el paraguas ideológico del que Washington volverá a hacer bandera: democracia. Se espera que durante 2021 convoque a una Cumbre Mundial Democrática, con la pretensión de construir un marco ideológico, operativo y referencial sobre la cual ir construyendo principios concordatarios globales. La convicción enraizada, tanto por demócratas como por republicanos, de que ni China ni Rusia evolucionarán hacia democracias liberales, y que constituyen un peligro a la seguridad nacional, marcará líneas de concordancia bipartidista. La desmilitarización de la diplomacia supone una óptica diferente desde la que se formularán las políticas de defensa. Privilegiar la diplomacia supone fortalecer el orden militar y un sistema de alianzas militares confiables. El Munich Security Forum, que tendrá lugar a mediados de febrero, constituirá un escenario en el que se espera que se expongan las ideas de la nueva Administración: se espera un fortalecimiento de la Otan, pero no que haya una disminución de la tensión entre Washington y Beijing (quizás solo algún ordenamiento en el horizonte comercial), ya que demócratas y republicanos asumen que China afecta seriamente la seguridad nacional y constituye un peligro que es necesario disipar.

Una nueva dinámica sobre la orientación y el control de Desarrollo e Investigación con inversiones descomunales, que sea mezquina en transferencia de tecnología crítica y asegure su instalación en lugares y con socios confiables marcará el ritmo de la confrontación tecnológica y determinará una nueva doctrina militar, más alejada de los escenarios y con mayor capacidad de control de ellos a la distancia, confiada en que ni Beijing ni Moscú, hoy en día, pueden alcanzar la capacidad estratégica de Washington y el sistema de alianzas que puede crear.

Diplomático y abogado, ex cónsul en los EE.UU.

 
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