Elogio de la política

Vida urbana | Por Migue Magnasco

Es curioso. Los hitos que más celebramos de la historia política y económica de la región, el país y el plano local, siempre estuvieron antecedidos por un “eso no puede hacerse”. A pesar de eso, la visión que domina en las élites políticas es radicalmente posibilista. En realidad, asume la siguiente forma: es jugada en sus declamaciones, pero conservadora en sus prácticas. Y esto ocurre en particular cuando nos referimos a asuntos materiales, a cambiar la realidad económica. Tiene lógica: es lo más difícil de transformar bajo el imperio del sistema capitalista. Hay reglas, restricciones concretas, rigideces de todo tipo. No es una pavada, ni tampoco puede hacerse cualquier cosa.

Pero allí en donde la racionalidad técnica invita a desistir, la política resplandece. Resplandece porque primero imagina el camino y luego construye el modo concreto de transitarlo. En ese trascurrir juega su suerte. Maniobrar con audacia en política no es un lecho de rosas, pero vaya un elogio del riesgo.

Cuenta Evo Morales que cuando estatizó los hidrocarburos sonaban alarmas por doquier: “eso no puede hacerse”. “Quedábamos solos Álvaro (García Linera) y yo en el palacio de gobierno, todos los ministros presentaban sus renuncias”, recuerda a menudo el ex presidente boliviano. Morales perseveró: la decisión fue sostenida. Los ayudó el entonces presidente argentino, Néstor Kirchner, anunciando compras masivas de gas, acción que tampoco le convenía del todo a nuestra balanza de pagos. Primó la lógica política hacia ambos lados de la frontera. Un técnico de ley hubiera desaconsejado y hubiera estado cumpliendo responsablemente con su trabajo; un político decidido a hacer historia no lo escuchó y pavimentó el traspaso de la imaginación a la práctica.

Bolivia construyó los diez años más impresionantes de redistribución del ingreso y solidez macroeconómica de su historia luego de eso. El pueblo no olvida a quien supo defenderlo: Evo y García Linera fueron recibidos por millones de personas en su regreso luego del golpe de Estado.

Néstor Kirchner anotó en su cuaderno Gloria cuántos dólares perdería por esa jugada. Debía sumarlos a los 9.000 millones pagados en contado al Fondo Monetario Internacional pocos meses atrás. Los dólares nunca sobran en Argentina, se estaba asumiendo un costo alto en épocas donde se caminaba con lo puesto.

A Kirchner también le bajaban el precio: está en pose, sobreactúa, se va a estrellar. Se plantó con los acreedores externos y el FMI, no hizo lugar a opiniones sobre descongelar tarifas o recortar el Plan Jefas y Jefes, ni sobre aumentos en los haberes jubilatorios; le pedían que cediera más puntos en las proyecciones de los superávits para pagos de deuda; en todos los casos dijo que no, los desafió en entrevistas mediáticas, los destrató en actos públicos, les recordó durante toda la negociación su responsabilidad en la crisis más profunda de nuestra historia. “Ellos están en falta”, “los muertos no pagan”, repetía hasta el hartazgo. Importó el contenido más que las formas, negoció bien, con severidad, pero sin levantarse de la mesa. Argentina salió del pozo.

Un poco de buen cordobesismo

José Manuel De la Sota ideó, antes de sacar cuentas, el Boleto Educativo Gratuito (BEG). Le dijeron que era inviable financieramente sostenerlo en el tiempo, sobre todo tratándose de un Estado subnacional que no puede emitir dinero en caso de caídas de la recaudación. La apreciación técnica era razonable, se pagarían los boletos de todos los integrantes del sistema educativo cordobés. Universalismo en tierras conservadoras, quién lo diría.

Obstinado el Gallego, asumió su tercer gobierno en diciembre de 2011 y en febrero comenzaron las inscripciones al BEG. Eso no podía hacerse, pero se hizo. Ocho años después, sigue en plena vigencia y es una política defendida por la sociedad en su conjunto y todo el arco político.

Las contingencias importan mucho, claro. Recordarlas a quienes ya las tenemos sobradamente presentes retrasa el debate. “Era otro contexto”, dicen quienes piensan en cercanías políticas, y es cierto, pero también es una salida por la tangente; no está muy lejos de aquello del “viento de cola”. Niegan en ese gesto escéptico la capacidad performativa, creadora, de la política. Justo eso, que es lo que hace la diferencia, lo que construye los hitos políticos y económicos en los que nos gusta mirarnos y celebrar.

Las tensiones entre racionalidad técnica y racionalidad política son constitutivas de la estatalidad en Argentina y en todos lados. No es un Boca-River teórico o práctico, ambas lógicas son necesarias y conviven a diario en el hacer del Estado. Lo que se sugiere en estas líneas no es que una va por encima de la otra, sino que, en la construcción cotidiana de esa trama conjunta, la creatividad para sortear coyunturas delicadas es patrimonio mayoritario de la política. Un subrayado de su poder decisional: la política es quien puede tirar una gambeta y romper un partido cerrado. El conocimiento experto sirve, luego, para construir viabilidad técnica sobre lo decidido. Puede salir bien o puede salir mal, lo imperdonable es ir resignados hacia senderos conocidos que terminaron en fracaso y dolor colectivo.

Por estas horas, quien mejor entiende esto es el intendente de la ciudad, Martín Llaryora. Se metió con todo lo que recomendaron no meterse, arriesgó con inteligencia y salió fortalecido. Cambió corporativismo por defensa del interés colectivo, de lo público. La gestión municipal vuelve a entusiasmar a los capitalinos luego de 20 años de frustraciones.

 
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