Ho visto Maradona/ Ho visto Maradona/ eh, mamma, innamorato sono

Por Nicolás Fassi

Advertencia al lector: Las líneas que siguen están lejos de abordar la mal entendida objetividad periodística. Sabrán entender quienes se sirvan y aprecien de leer que es imposible abordar un tema tan “especial” sin estar atravesado por sensaciones cercanas a la tristeza y a la incredulidad. Gracias.

“Soy un jugador que le ha dado alegría a la gente y con eso me basta y me sobra”

En la infinidad de documentales, crónicas, películas y libros sobre la figura de Diego Armando Maradona, siempre se buscó llegar al centro de su figura. De su esencia. Teorías filosóficas acerca de por qué un tipo que patea un pedazo de cuero hacía felices a millones de personas, por qué ganaba más que un médico, un docente o un laburante raso. “Vivimos en el capitalismo, es el negocio, el mundo tiene valores trastocados”, es la fresa más común de aquellos que gustan intelectualizar por demás las cosas más sencillas de la vida. En realidad, creo, no hace falta tanto. La respuesta está en prestar atención y ver cómo reacciona el resto de la gente a semejante fenómeno. Se llama alegría. Tiene una explicación biológica, psicológica y fisiológica. Pero así y todo es inexplicable. Diego dio alegría. Daba, dará. Más de la que le correspondía. Ese fue uno de sus “pecados”.

“De una patada fui de Fiorito a la cima del mundo, y ahí me la tuve que arreglar solo”.

Otro lugar común es el de pararse en la dicotomía “artista/obra”. “Cómo jugador, el más grande. Como persona, una porquería”. Así sin tapujos. Y hasta es posible que algo de razón haya en semejante afirmación. Pero, atento al detalle, a estos agentes de la corrección se les escapa lo más importante: Diego no quería generar lo que generó. Y cuando se dio cuenta de lo que significó, con menos de 20 años, tuvo que aprender a ser MARADONA en la cancha y DIEGO en la vida. Maradona creció más rápido que Diego. Fernando Signorini, su histórico preparador físico, lo dijo muy claramente en el documental de HBO: “Maradona no podía permitirse mostrar flaquezas, debilidades. Y con ello arrastró a Diego”. Atrás de Diego estaba Pelusa, el de Fiorito, el que pasó de tener una letrina en el baño, a comer con los líderes del mundo.

"Muchas veces me dicen 'vos sos Dios', y yo les digo 'están equivocados'. Dios es Dios y yo simplemente soy un jugador de fútbol"

Eduardo Galeano lo definió como un “dios sucio”, porque es el más terrenal de los dioses. Los dioses son perfectos. Hasta Saturno, el dios romano de la agricultura, quien por temor a ser derrocado devoraba a sus hijos. Pero claro, Saturno quizá jugaba de 4, no era el 10. Y el 10 siempre tuvo el “sidieguismo” al alcance de la mano. La figura D10S lo dice todo. Los efectos de esto sobre Maradona están a la vista. Excesos, malos tratos, hartazgo, desmanejos personales, malos tratos a los que lo rodeaban. Pero el 99% de los que critican por grupos de whatsapp o en las redes, mientras se les quema una milanesa (o se les escapa la tortuga), no conoció nunca a Diego, ni a Pelusa, ni al ser humano que no vio crecer a sus hijas e hijos, por ser Maradona, el dios sucio que les daba alegrías en la cancha.

“Solo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo”

Del latín exemplum, ejemplo viene de la palabra formada con el prefijo ex- (de, desde, procedencia) y la raíz del verbo emere (tomar, obtener, también comprar y ganar). Así, exemplum es algo que se ha extraído o tomado de un grupo para que sirva de modelo. Como pocos, Diego sirvió para graficar todos los ejemplos. Perseverancia, meritocracia, talento, arrogancia, frescura, bondad, humildad, y la lista sigue. Pero a diferencia de los mitos (ver más arriba), nunca quiso ser modelo ni ejemplo de nada. Y así vivió su vida, con profundísimas contradicciones inherentes al ser humano. Con conductas reprochables. Como las de cualquier ser humano. ¿Justificación? No es necesario. Los tribunales de la moral ya hicieron su veredicto. Sobre todo a partir de otra frase memorable: “Fui, soy y seré un drogadicto”.

"Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha"

En 2001, otro año imposible de olvidar para las y los argentinos. Ese día, un Diego de 41 años de edad pero con mil batallas sobre el cuerpo, se “despedía” del fútbol. Apenas si podía moverse en la cancha. Pero ahí estaba, encarnando su última obra, esforzándose sobre el césped, rodeado de amigos. Terminó el “partido”, pitazo final, homenajes, lágrimas y despedidas. En medio de eso, ensayó un discurso, pidió perdón y agradeció “a Claudia, las nenas, Guillermo, Tota y Don Diego”. Y dejó un mensaje bien a su estilo que apuntaba al centro de la cuestión: el juego. Ni el negocio, del que fue arte y parte, le impidió mostrar de la manera más genuina posible cual fue el centro de su vida. De “su” alegría.

Queda el recuerdo del futbolista que hizo jueguitos con Pipo Mancera, el que soñaba con ser el mejor del mundo y ganar el Mundial, el que debutó contra Talleres, el de Argentinos, el de Barcelona, el de Napoli que hizo arrodillar a los poderosos del Norte, el campeón del mundo, el del tobillo hinchado, el de las lágrimas en Italia, al que le cortaron las piernas, Sevilla, Newell’s, el técnico y el que se paseó por La Plata.

De un lado está el que vivía en un chaperío bonaerense, el que se codeaba con la Camorra napolitana, el que consumía drogas y alcohol, el que maltrataba a los que lo rodeaban, el que fue ejemplo a la fuerza, el que tenía hijos por doquier, el contradictorio. El que fue producto de un tiempo y de un momento.

Del otro esta Pelusa, el hijo, el papá, el ex marido, el hermano, el amigo, el amante, el padre tardío y el abuelo.

Desde ayer, quizá sea el tiempo en el que Maradona, Diego y Pelusa, recuperen un poco de esa tranquilidad que dejaron de tener hace tanto tiempo.

Cuando el pueblo llora, que nadie pregunte nada.

 
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