Perú, una salida por los ultras

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

La mayoría de las encuestas previas a las elecciones presidenciales en Perú del domingo pasado daban un empate técnico entre seis de los 18 candidatos que se disputaban llegar a la Casa de Pizarro. El país atraviesa una crisis peruana de tal magnitud que, en el transcurso de un solo período presidencial, pasaron cuatro mandatarios distintos.     Pero la inestabilidad política estructural andina se remonta tiempo atrás. Desde el retorno de la democracia, hace ya más de 30 años, hubo seis presidentes investigados y detenidos, en algún momento, por causas vinculadas a la corrupción. Uno de ellos, Alan García, inclusive, se suicidó en 2019, mientras se resistía a un allanamiento en su casa. El año pasado había sido destituido mediante una moción de vacancia Martin Vizcarra, tras disolver el Congreso y sostener varios cruces con el Poder Legislativo. Luego de un breve “mandato” de menos de una semana del congresista Manuel Merino, asumió el actual presidente, Francisco Sagasti. Lo hizo para completar el mandato constitucional original de Pedro Pablo Kuczynski, quien había asumido en 2016 y tuvo apenas dos años de mandato antes de, también, ser destituido por el Congreso.

Existe en Perú un extremo hastío con la clase política, que se tradujo de manera inequívoca en los resultados de la primera vuelta. Desde el vamos, ningún candidato asomaba por arriba de los 20 puntos. Entre ellos, se encontraban el ex presidente Ollanta Humala, quien apenas arañó apenas el 2%, (y que actualmente es investigado por corrupción). También Keiko Fujimori, hija del ex dictador, condenado y preso por delitos de lesa humanidad, aunque podría ser indultado si su heredera política llega al poder. Los otros candidatos oscilaban del centro a la derecha liberal tradicional, pasando por la extrema derecha, y la izquierda o el progresismo. Entre ellos estaban el economista neoliberal Hernando de Soto; el ex futbolista de centroderecha George Forsyth; el ex diputado de derecha Yonhy Lescano; el candidato de la ultraderecha, Rafael López Aliaga; y la contendiente de izquierda progresista, Veronika Mendoza.

Como para agregar un giro más a la vida política peruana, no fue ninguno de ellos quien terminó encabezando los comicios: el dirigente docente, Pedro Castillo, definido por muchos analistas como de “izquierda radical”, fue quien finalmente se posicionó primero, con el 18% de los votos. El líder del partido Perú Libre, no figuraba en ninguna encuesta, y, silenciosamente, sin presencia en redes sociales, pero con mucha caminata territorial, dio el batacazo. Se trata de un personaje tan “exótico” como complejo para estos tiempos de la política latinoamericana. Llegó a votar montado en una mula, y utiliza siempre un sombrero de paja, símbolo de los campesinos del interior profundo. Castillo se revindica como un hombre de izquierda, y ha tejido alianzas con grupos como Movadef (Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales), que milita por el indulto a dirigentes de la histórica guerrilla rural de inspiración maoísta, Sendero Luminoso, como Abimael Guzmán. Si bien, el sindicalista niega vínculos con la guerrilla, esto seguramente será utilizado en la campaña por su rival en el ballottage, Keiko Fujimori. La plataforma de Castillo se ubica lo más a la izquierda posible que se ha visto en los últimos tiempos en la política “mainstream” latinoamericana.

Entre otras promesas, asegura que, de asumir reducirá el sueldo de los congresistas, nacionalizará todos los recursos naturales del país y redistribuirá las ganancias entre la población, implementará una reforma agraria para terminar con los latifundios y repartir tierras entre los campesinos, y gobernará con sueldo equivalente al de un maestro rural. En materia de política exterior, también sería un giro copernicano para Perú. Saldría inmediatamente del Grupo de Lima y de la Alianza del Pacifico. También sacaría a su país de Prosur y comenzaría a confrontar con la dirección actual de la OEA. A su vez, aseguró que revisará todos los tratados de libre comercio firmados por los distintos gobiernos. Se considera heredero del pensador marxista indigenista José Carlos Mariátegui, y revindica los gobiernos tanto de Evo Morales como de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Por otro lado, en lo social, se trata de un conservador de izquierda. Es decir, se opone a la legalización del aborto, de la marihuana, no comulga con la agenda de los nuevos emergentes ni con el colectivo LGBTIQ+. Incluso es contrario al divorcio vincular y al empleo de anticonceptivos.

Con Castillo y Fujimori en segunda vuelta, se reeditará la vieja lucha entre la izquierda filo senderista y el fujimorismo. La dicotomía fujimorismo-antifujimorismo sigue siendo el clivaje central de la política peruana desde hace 30 años. Por lo que, si logra convencer a los sectores más moderados y de centro (refractarios al fujimorismo), algo que a priori debido a su discurso radical parece difícil, Castillo tendría grandes posibilidades de ganar. Keiko, por su parte, apelará al miedo a la izquierda, el “comunismo”, y la “venezualización”.

Ambos candidatos se sienten cómodos polarizando con el otro. Castillo optó por no moderarse en la primera vuelta, probablemente no lo haga tampoco en la segunda. De la misma manera, Keiko radicalizará su discurso hacia la derecha para apelar a las bases de López Aliaga y De Soto. En un contexto tan complejo como el de Perú, puede pasar absolutamente cualquier cosa. El camino a la estabilización –o más inestabilidad- puede ser por ultraizquierda o por ultraderecha.

 
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