De colibríes y humanidad

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Con el título de “No woman no cry”, hace más de dos años, hablábamos en estas páginas de HOY DÍA CÓRDOBA de los tremendos femicidios que nos sacudían, de las enormes manifestaciones que se desplegaban por todo el país. Entonces planteamos sutilmente, como en voz queda- que las medidas que se estaban tomando no eran apropiadas; que la preeminencia de los slogans ahora devenidos mercancía en pañuelitos de color- sólo conducía a más distancia, a más dolor, a más mujeres y niñas golpeadas, matadas. Hablamos acerca de que esta mirada maniquea que se plantea a través de los medios y en determinados discursos de género y anti género (bien podemos llamar a estos últimos así), sólo conduce a un tratamiento policial de la tremenda problemática que nos golpea día a día.

El reduccionismo, el solapado, el uso de esta violencia y estos asesinatos para tapar otras problemáticas, es de una perversión que sólo se comprende en un mundo en el cual pasamos de la publicidad (como discurso de direccionamiento) a la era de los relatos o de la post verdad.

Pienso en nuestro país con una pobreza cercana al treinta por ciento en los tiempos de Cristina y varios puntos más arriba con Macri. Digámoslo claro: no es sostenible un discurso democrático cuando uno de cada tres ciudadanos es pobre, cuando dos de cada diez tienen problemas alimenticios; esta es la base para el uso extremo de la publicidad que se transforma en relato kirchnerista o troll amarillo. Una de las feministas más lúcidas de nuestra historia, Carolina Muzzilli, que murió de tuberculosis en el hospital de Santa María en las cercanías de Cosquín, cuando sólo tenía veintisiete años, escribió en la década de mil novecientos diez: “llamo feminismo de diletantes a aquel que sólo se interesa por la preocupación y el brillo de las mujeres intelectuales... Es hora de que ese feminismo deportivo deje paso al verdadero, que debe encuadrarse en la lucha de clases...”

Estamos en un tiempo en que se niega la existencia de clases (“todos iguales en el consumo” es la frase de este capitalismo, o “el consumo libera”) y por lo tanto se niega la existencia de toda lucha entre ellas; ¿pero cómo hacemos con ese treinta por ciento de pobres? ¿qué son ellos? ¿Cómo nombramos a los excluidos? En los términos feministas de Carolina Muzzilli, la lucha de clases engloba la lucha feminista y una no es sin la otra. Es decir que no puede existir una sociedad que pueda “ver” a sus mujeres si no “ve” a todos sus ciudadanos desprotegidos.

Pensar el feminismo sin preguntarnos por lo femenino como una marca en la elección de cada sujeto es un error; el mismo error es pensar lo masculino como lo varón, sin pensar en la complejidad de la elección que el sujeto realiza. El pararse en un lugar masculino o femenino son formas de lidiar con lo que comúnmente llamamos cuerpo, que en mis sierras llaman (fíjense la cercanía), cuero. ¿Qué es el cuero? Es ese que nos cubre, pero también uno que marca nuestros límites (“es de cuero blando”), que muestra esos huecos que el capitalismo del consumo trata de llenar, mágicamente, violentamente, con cosas.

Una digresión: un colibrí ha golpeado el ventanal mientras escribo. Es pequeñe, belle, tiene su pequeñísimo cuerpo con plumas tornasoladas azules, verdes y una franja que va del amarillo al naranja. No se mueve, lo tomo en mi mano, veo su largo y fino pico.

¿Cómo salimos del atolladero de las muertes, de la violencia? El sistema nos ordena (justamente para el consumo) en tribus; todos pertenecemos a tribus en nuestras profesiones, en nuestros trabajos, en nuestros pasatiempos. La falsa escapatoria que se nos presenta para evadir esta uniformidad tribal es un individualismo extremo, desconectarnos del mundo, de los seres.

La violencia es un problema que tiene múltiples caras, pero en busca de algo que vaya en un sentido opuesto a lo que se da, podríamos pensar en incorporar a la educación dos horas de estética diaria. Cada chico, joven, adulto y anciano argentino que estudie disfrutaría de la estética. Podríamos pensar la estética en los términos clásicos de belleza, pero no en una belleza dictada, tabulada, sino en el encuentro de las distintas bellezas en el arte, la naturaleza, para llegar, finalmente, a la belleza en el otro, en el que está a mi lado, en el que está más lejos, el distinto. Ejercitar la belleza en la diferencia, en el gusto del otro, ayudaría a salir de la locura del encuentro con el otro en términos de propiedad (eso es lo que yace en la violencia de género) y se pasaría al extenso campo (que ha sido vilmente reducido por lo romántico) del amor, que está centrado en la comprensión de lo humano como lo ahuecado, como eso a lo que siempre le falta y, por lo tanto, permite el encuentro.

Final: el colibrí ha abierto sus ojazos negros, las plumas refulgen al sol (pavo real), despliega sus alas y desaparece entre los árboles como esas sílabas negras de la canción de Dávalos y Falú.

08 Febrero 2019
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