Arte y locura

Otro día en el paraíso | Federico Racca

Mis amigos son unos malhechores, convictos de atrapar sueños al vuelo, que aplauden cuando el sol se trepa al cielo y me abren su corazón como las flores. Mis amigos son sueños imprevistos, que buscan sus piedras filosofales, rodando por sórdidos arrabales, donde bajan los Dioses sin ser vistos.

“Mire, Pichón estuvo en el sanatorio Bermann y durante un año tuvimos un seminario con él. Imagínese, un grupo de chicas jovencitas, recién recibidas, que en un sanatorio de otro tiempo eran enseñadas por un psicoanalista como Pichón Riviere que era un tipo brillante, que nos enseñaba sobre la relación con el cuerpo, que no tenía esa distancia que tienen otras teorías. Él mismo se había internado por su alcoholismo, pero al segundo día estaba ya harto y al conocernos nos dijo: ¿Por qué no nos juntamos? Y tuvimos un seminario que fue una joya.

Pichón hablaba con los pacientes y a veces opinaba sobre el delirio. Tenía un modo de conectarse con el paciente sin establecer distancia, eso pegaba mucho. Tenía una cosa personal deslumbrante, se juntaba con alguien y a los tres minutos le estaban haciendo confidencias. Tenía locura con el Conde de Lautréamont, el que escribió Los cantos del Maldoror. La familia del conde vivió en Córdoba, eran los Ducasse, justamente en el barrio que lleva su nombre y Pichón se escapaba a la noche para ir a los boliches y recabar historias sobre Lautréamont.

Nos decía: existe una íntima relación entre lo que le sucede a una persona y lo que ese ser piensa y crea y, en un sentido acaso más amplio aún, entiendo al hombre como configurándose en una praxis, en una actividad transformadora, en una relación dialéctica, mutuamente modificante con el mundo… Se sentaba con los locos y le preguntaba al paciente sobre los animales que decía que lo perseguían y opinaba: Yo creo que los animales a mí nunca me persiguieron y además no persiguen a las personas… Le dieron una habitación en la parte de arriba del Bermann, sobre el gran salón, y ahí nos reuníamos. Don Gregorio lo apreciaba mucho, eran dos personas muy distintas; Bermann era alguien de otro siglo y Pichón estaba años adelante, sin embargo se apreciaban. Más adelante, cuando Pichón estaba mejor, yo lo buscaba y venía a casa a comer”.

Antes ha dicho que fue a buscar en la psiquiatría el medio que le permitiera entender el misterio de la tristeza. O sea que, de acuerdo con su teoría, pretendía conocer el nacimiento de la locura.
- Iba a buscar “la piedra de los locos”.

- ¿Y encontró la misma flor que El Bosco…?
Podría decir que sí, en tanto saber de la locura es contribuir a desechar los prejuicios que hay sobre la locura y que son tan dañinos como la propia enfermedad. Y ése es el verdadero sentido de esa pintura de Bosch, Extracción de la piedra de la locura, donde enseña que lo extraído de la cabeza del alienado no es una piedra sino una flor. Mis estudios y mi experiencia de trabajo me permitirían saber, realmente, que los locos no eran una mala piedra, sino seres muy sufrientes, marginados de la sociedad, a los que siempre es posible y necesario ayudar a curarse. ¿Y, acaso, hay un desafío más hermoso que esa tarea?

- ¿Cuál es el motivo de su pasión, más aún, de su identificación tan profunda con el poeta Lautréamont?
Acaso se relaciona con aspectos muy significativos de mi propia historia personal, especialmente mi niñez. Mi familia, como la de Lautréamont, era francesa; ambas vivieron en un mundo desconocido. Y precisamente mi niñez, como la de él, ha sido una gran odisea… Además, ¿no he sido marcado, al igual que Lautréamont, por los “fantasmas” del misterio y de la tristeza? Creo que el gran escritor Gómez de la Serna estuvo acertado, refiriéndose al estado psíquico del Lautréamont afirmó: “Es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos pero podemos estarlo. Él, con los Cantos, se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó”.

Finalmente dejo la entrevista de Zito Lema a Pichón y vuelvo a la canción de Serrat que suena y suena en “loop”: Mis amigos son unos malhechores, convictos de atrapar sueños al vuelo, que aplauden cuando el sol se trepa al cielo y me abren su corazón como las flores. Mi santa madre me lo decía: cuídate mucho Juanito, de las malas compañías. Por eso es que a mis amigos los mido con vara rasa y los tengo muy escogidos, son lo mejor de cada casa.

08 Marzo 2019
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