Ante el riesgo cierto

Vida urbana | Por Migue Magnasco

Las horas pasan y hay titubeos. No hay tiempo para hacer focus groups o encuestas: hay que tomar una decisión política sin poder tener alguna certeza sobre el humor social. Es una partida que se juega con las convicciones o, en caso de falta de ellas, con medir a ojo y posicionarse. Los minutos siguen corriendo y hay demasiado silencio. El azul y rojo de las sirenas girando se proyecta en las paredes de la Quinta de Olivos. No hay ningún acto oficial, pero cientos de agentes de la policía bonaerense se congregan en sus afueras. La noche anterior ocurrió lo mismo frente a la casa del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

El reclamo salarial es legítimo, subrayan con buen criterio desde la administración bonaerense. Eso es innegable y no debe perderse de vista. Pero a nadie se le escapa que hay algunas cosas más. De mínima un intento de corrimiento de los límites de lo que vale y no vale hacer en nuestra sociedad. Las cosas por su nombre: lo que ocurre en Olivos es una extorsión violenta de cuerpos armados del Estado contra las autoridades legítimamente constituidas; inédita desde los levantamientos carapintadas. El reclamo salarial es legítimo, doble subrayado, pero lo cierto es que hasta ayer nomás nadie se atrevía a rodear la residencia presidencial portando armas de fuego, por más retraso en los aumentos de remuneraciones que hubiera. Tuvo lugar una transgresión de bordes rígidos de un consenso democrático forjado cuidadosamente durante casi cuatro décadas. No es para dramatizar en exceso, no es para sobreestimar, pero tampoco para bajarle el precio o hacerse el distraído. Hay que tomar nota debidamente.

A la siesta van cesando los titubeos y aparecen paulatinamente los posicionamientos de la enorme mayoría del arco partidario. En buena hora: sin apoyo político el rodeo a la Quinta de Olivos se desinfla. La sociedad en su conjunto parece proyectada en ese repudio; el alivio colectivo es incluso palpable en el aire. El ex presidente Macri es uno de los pocos que se abstiene. No se pliega al “inaceptable” dicho a coro para juzgar la actitud de la Bonaerense. “Si sucede, conviene”, dice sin decir el ex mandatario. Segunda nota debida.

En ese contexto, el presidente Alberto Fernández opta por un tono sereno en su mensaje a la población. Pide a los agentes que depongan esa conducta, ofrece comprensión ante el reclamo salarial y baja los decibeles a las enunciaciones virtuales: “la institucionalidad democrática nunca corrió riesgo”. Tranquilidad, escucha y defensa democrática. Su discurso podría (y, a juicio de este cronista, debería) haber finalizado ahí. Una proclama de unidad, de tender puentes entre otredades a diario confrontadas con y sin motivos.

Pero el Presidente hace un anuncio más. Le quita uno de los dos puntos y medio de coparticipación extra que Macri (por decreto, en 2016) le había otorgado a CABA, para dárselo ahora a la provincia de Buenos Aires. Y el clima se enrarece de nuevo. La impresión es que ese movimiento disipó demasiado rápido un clima de fortaleza y consenso colectivo que, dado el escenario de enorme conflictividad social causada por el pico de contagios y muertes, y la profunda recesión económica, venía verdaderamente bien. Como en las mejores familias: cuando la realidad apremia, los parientes comienzan a desconocerse. Un hito de unidad en este momento aciago era un oasis en el desierto, ventajoso en particular para el oficialismo, que podía aglutinar diversidad y dejar marginalizadas las posturas especulativas.

En cambio, se optó por volver a tensar la cuerda, por “engrietar” en el punto de ebullición. ¿Era necesario? Ante un contexto tan hostil, ¿no hubiese sido conveniente dejar circular en toda su potencia el mensaje de unión de la sociedad y sus representantes ante la ruptura de un límite democrático?

Existe un problema estructural en el que el Presidente también suele enredarse. Hay un estado actual de confrontación de ideas basado en declamaciones absolutas que se construyen más desde una búsqueda de aplausos, “megustas” y compartidas de los propios, que desde la vocación por volver hegemónicos los proyectos políticos; esto es: lograr el acompañamiento de sectores por fuera del núcleo duro de apoyos electorales. Declamaciones que además eluden, en la mayoría de los casos, lo material, las condiciones reales sobre las cuales intervenimos políticamente. Bajo esa modalidad de posturas inamovibles de antemano, no hay lugar para una comprensión más profunda de los fenómenos, de lo contingente, solo alegatos concluyentes, puras reafirmaciones identitarias. Esencialismos morales de derecha o progresistas. Operaciones y difamaciones cruzadas. Blancos o negros.  

Se obtura la lente, se persiste dogmáticamente, justo cuando todo luce incierto y más flexibilidad de análisis y praxis debería haber. Hay un esfuerzo mancomunado que hacer ahí. La agenda pre pandemia no puede aplicarse como si nada en el momento de la pandemia. Existe un desgaste incalculable de toda la población: mecha corta unánime. Buscar puntos de (re)encuentro es fundamental.    

Quizás los blancos y negros estén bien para Twitter, pero la gestión del Estado no puede pensarse ni practicarse desde ese laberinto deliberativo sin materialidad. El tacticismo, que sobreabunda en los análisis locales, no resuelve en nada este escenario extremo, al contrario, agrega tensiones evitables. Es un momento para desengancharse de la tentación tribunera y lograr apoyaturas transversales de la sociedad. Nada más ordenador del sistema político que una buena experiencia de gobierno.

 
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