Tropelías mediáticas

Debates | Por José María Las Heras

La histrionía alcanza presencia mediática, por caso, la de Javier Milei, atribuido economista y atribulado personaje. Sus ideas “libertarias” (¿libertarias?) basadas en el odio prosperan en un mundo rayano en el egoísmo. No es casual que fuera entrevistado por Viviana Canosa, bebedora de dióxido de cloro en su programa de televisión. Desorbitado –como siempre- Milei refiriéndose al papa Francisco vociferó: “ese imbécil que está en Roma, la justicia social es un robo en línea con uno de los siete pecados capitales: la envida. Y por más que se disfrace con un nombre lindo es una aberración”. No ahorrando calificativos ofensivos, además, afirmó: “el papa representa al Maligno en la Tierra, ocupando el trono de la casa de Dios, impulsando el comunismo”.

¿Milei es un desaforado que solo pretende figurar y lograr sus cinco minutos de gloria? Ojalá fuera así. Pero los que soñamos en un mundo con justicia social, Estado presente, mercado productivo y sociedad civil participativa sospechamos que hay “algo” detrás del personaje. Como él, cotizan en los medios con fulgor histriónico: lo es también Alfredo Casero, en cuanto voceros de la derecha. Son personajes de mala hechura ideológica, imitando a otros que fortifican grietas de un conservadurismo racista, xenofóbico, homofóbico y aporofóbico (odio a los pobres). Casi nada.

Los “tragicomics” de los Milei repiten relatos de los “influencers” del poder concentrado. Muy conocido es Steve Bannon, asesor de Trump, fomentando el odio social y el chauvinismo de los Estados Unidos con aquellos países que compiten con sus intereses. Otro es José María Viganó, obispo estadounidense que había desafiado en carta pública al mismo papa Francisco que critica Milei como un eco, solicitando su renuncia por ser cómplice de una “banda del mal”. Fue destituido como nuncio del Estado del Vaticano, y volvió en Junio pasado a sus andanzas, con una Carta Abierta al declinante presidente Donald Trump. Afirma Viganó allí que el mundo está separado en dos bandos: los “hijos de la luz” y los “hijos de la oscuridad”. Así, no extrañan las descalificaciones de Trump, acusando a Biden por ganar las elecciones presidenciales con “métodos amañados”. Viganó conjura que se “revelará la responsabilidad de quienes manejaron la emergencia del Covid-19. No solo en la atención médica sino también en la política, economía y medios de comunicación”. Y deslegitimiza, tanto en Estados Unidos como en Europa, las protestas callejeras por ser instrumentos de “quienes desean ver a otro elegido en las próximas elecciones presidenciales” (las que meses después, en efecto, termina ganando Joe Biden).

Viganó habla de un maléfico “Deep State” (estado profundo, o sumergido); imbuido en la teoría de la conjura, sospecha la existencia de un Estado dentro de otro Estado, con un gobierno clandestino de grupos de poder, operando mediante redes encubiertas. El “Deep State” no debe sorprendernos: sería inocente negar que han existido y existen poderes clandestinos, desde la Trilateral Commission de Kissinger, hasta nuestro Círculo Rojo con su poder mediático. Lo original de los Bannon, de los Viganó y de los Milei es su planteo desde una perspectiva teológica, como ese ex nuncio sospechando de una resurgida masonería que amenazaría el orden mundial que él defiende.

Sin denuedos, Viganó afirmó que “escondidos detrás de actos de vandalismo y violencia esperan beneficiarse de la disolución del orden social para construir un mundo sin libertad”. Y que también hay un “Deep State” en la iglesia. Secuaz de Trump, afirma que, por primera vez con Trump Estados Unidos tuvo un presidente que defendió valientemente el derecho a la vida.

Pero los planteos “principistas” de Viganó sirven para encubrir intereses económicos. El papa Francisco los ha desnudado en Cracovia, en 2016, afirmando “el mundo está en guerra… guerra de intereses, por los recursos naturales, por el dominio de los pueblos. Algunos piensan que estoy hablando de guerra de religiones. ¡No! Todas las religiones quieren la paz. La guerra la quieren otros”.

Por eso molesta un papa hablando de una globalización basada en la hermandad y equilibrio ambiental, poniendo eje en una economía de producción, no de especulación como todos ellos defienden.

Volviendo a Milei, tal vez no sea bueno darle identidad en su afán de buscador de fama a costa de agravios. Rememora a Eróstrato prendiendo fuego al Templo de Artemisa, en Éfeso. Al preguntársele por qué lo había hecho, sorprendentemente dijo: ¡alcanzar fama y pasar a la historia!

Y aunque se ordenó borrar todo registro sobre Eróstrato, las malas historias perduran más que las buenas, y aún hoy se lo recuerda. Felizmente, Milei no destruye obra sublime alguna de la humanidad. Pero hace daño. Roguemos que sea poquito. Así pasara al olvido en la historia grande de los argentinos.

Ex ministro de Finanzas, profesor consulto de la UNC

 
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