Recursos

Relatos australes | Por David Voloj

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Un gerente de Recursos Humanos se ve invadido por visitas indeseadas en este interesante relato que bien podría ser una actualización del clásico de Rozenmacher, Cabecita negra

 

El gerente de Recursos Humanos aprovecha que su mujer está de viaje y va al after office con un grupo de compañeros de trabajo. La pasa bastante bien. Como no acostumbra beber (ni mezclar, ni probar ciertas marcas, ni mucho menos invitarle tragos a chicas desconocidas), al salir está mareado y eufórico a la vez. Siente una ligera puntada en el estómago y (muchas) ganas de beber agua fría.
Sube al auto y enciende el aire acondicionado. Camino al country, recuerda que a metros del acceso principal hay un patrullero que hace controles de alcoholemia. Es tardísimo y seguramente lo detendrán, de manera que toma el camino alternativo (de tierra, bastante descuidado, con pozos y piedra bola, por el cual ya elevó una carta a la administración del complejo) e ingresa por atrás.
Cuando llega a casa, estaciona afuera. Después activa la alarma (porque si la tiene hay que usarla, aunque sea innecesario ya que un par de guardias de seguridad rondan las calles), y entra.
Las dicroicas encienden calidez en cada ambiente. Como el gerente de Recursos Humanos está solo y puede fingir que es libre de dejar las cosas en cualquier parte (como antes, cuando vivía con sus padres), pone el portafolios arriba de la mesa, se quita los zapatos (en medio del living) y tira el saco sobre el sillón (de cuero ecológico). No tiene sueño, de manera que planea picar algo liviano en la cama (porque le duele la panza), mientras baja un par de series de internet. Es una buena idea. Además, ya ha hablado con la chica de la oficina para que vaya al otro día a limpiar y dejar todo en orden, tal como le ha pedido su mujer antes de irse de viaje.
Después de tomar agua, vuelve al living. Entonces nota algo extraño en el ambiente. El soporte donde debería estar el televisor, por ejemplo, se encuentra vacío. Un par de tornillos cuelgan del aplique. También han desaparecido el equipo de audio, la consola de videojuegos, el Blu-ray y la notebook que, si mal no recuerda, había dejado sobre la mesita ratona (o mesa de centro según la revista de muebles de diseño que vieron con su mujer antes de comprarla).
¿Cómo es que no lo ha notado al entrar? Confundido, apaga las luces y las vuelve a encender. Todo sigue igual (es decir, varias cosas no están donde deberían). Repite la acción (de prender y apagar las luces) una vez más. Trata de buscarle una explicación sensata al hecho, explicación que por suerte (y por desgracia) se revela cuando un desconocido aparece por el pasillo. Se trata de un tipo de veintitantos años, que tiene un tatuaje en el antebrazo y lleva en manos el cofrecito donde su mujer guarda la bijouterie. Lo siguen dos sujetos más (también varones, de la misma edad), los cuales trasladan varios artefactos electrónicos y otras tantas prendas de su guardarropas.

El encuentro es inesperado, tanto para el gerente de Recursos Humanos como para los otros tres individuos, de manera que todos quedan parados, en silencio. Es evidente que los desconocidos son delincuentes y que, en ese momento, se encuentran en medio de un ilícito (agravado desde la llegada del dueño de casa, quien ahora puede considerarse, además de damnificado, rehén).
Para romper el hielo, uno de los ladrones (que usa musculosa y parece estar a cargo del asunto), dice que se trata de un robo. No es necesario dar demasiadas explicaciones, pero igual lo aclara.
El gerente de Recursos Humanos no sabe cómo reaccionar. Se pregunta qué debería hacer en una situación semejante. Ha construido una casa en aquel lugar (cuya seguridad, por lo visto, deja bastante que desear) para evitar este tipo de contratiempos. ¿Cómo es posible que nadie los haya visto entrar? ¿Y cómo planean escapar?
Para su pesar, cuando contrataron el sistema de seguridad para la vivienda prescindieron del botón de pánico. Fue una (mala) decisión (suya). Su mujer no había estado de acuerdo, pero la instalación era bastante engorrosa y exigía romper dos paredes, los zócalos y los azulejos del baño (de decoración vintage, exclusiva, que no se conseguían por ningún lado).
Es cierto que, dadas las circunstancias, el bendito botón sería de gran ayuda. Si su mujer estuviera ahí, se lo haría saber.

Es una noche calurosa. Uno de los ladrones va a la cocina, abre la heladera, destapa una cerveza y la lleva al living con cuatro vasos. Sirve una ronda para todos, pero el gerente de Recursos Humanos rehúsa la invitación porque aún tiene esa molestia en el bajo vientre que se ha hecho más aguda. Después, el mismo ladrón abre cada una de las alacenas hasta que encuentra una bolsa de papas fritas y otra de maní pelado (sin sal, que dueña de casa eligió para controlar su tensión arterial, aunque rara vez le da por comer maní). Pronto regresa con los snacks en un plato y otra botella de cerveza, la última que queda fría.
Al gerente de Recursos Humanos le molesta tanta confianza. Es cierto que los desconocidos han sido atentos y le han ofrecido de beber y de comer (y sed, la verdad, tiene), pero la actitud es inapropiada, como también es inapropiado que el delincuente del tatuaje se levante de la mesa y, disculpándose, anuncie que irá al baño (al principal, que queda en la habitación matrimonial y tiene bidet).
El ladrón de la musculosa aprovecha para buscar la notebook entre los objetos (robados) que han dejado en el pasillo. La enciende y, luego de pedir la clave de acceso, revisa los e-mails y las novedades en las redes sociales. Por su parte, el tercer delincuente (que parece el más chico de la banda), se recuesta sobre el sillón y usa uno de los almohadones (de animal print, con motivo de cebra) de almohada.
El gerente de Recursos Humanos comienza a inquietarse. Es de madrugada, tiene sueño y su estómago hace ruidos extraños. La situación parece insostenible. Quien fue al baño ya debería haber regresado y el otro, el del sillón, se ha tapado con su saco y ronca.
Le molesta que los delincuentes lo ignoren. ¿Es que dan por sentado que no hará nada? ¿Cómo saben que no es un experto en artes marciales capaz de partirles la columna vertebral de una patada voladora? ¿Y si tuviera un arma enfundada en la pantorrilla? Si se tratara de los empleados de la empresa, sabría cómo actuar. Puede contar con los dedos de una mano a quienes han sido capaces de mantenerle la mirada. Pero tantos años de gestión y experiencia, tantos años de estudio, no sirven para esta clase de provocaciones vulgares.
Cansado de esperar que pase algo (no sabe qué, pero necesita que algo pase), estira los brazos, bosteza. Después interroga con la mirada al sujeto que se ríe con lo que lee en la pantalla. Entonces, apoya las manos en la mesa con un ímpetu sorprendente.
Y ahora sí logra llamar la atención.

Después de dejar el celular sobre la mesa (porque el inalámbrico está embalado junto con los demás electrodomésticos), el gerente de Recursos Humanos se levanta, va al guardarropas, agarra un calzoncillo, una remera vieja y una toalla. El baño ya está libre, así que se pega una ducha rápida y decide acostarse.
En la cama está el tipo del tatuaje, que frunce los párpados y, entre sueños, le pide que por favor trate de no hacer tanto ruido.

Al día siguiente, el gerente de Recursos Humanos se despierta con dolor de cabeza. Ha pasado una noche pésima.
Va a la cocina. Mientras prepara café y tostadas, suena el timbre. Debe ser la chica de la limpieza. Es una persona puntual, responsable, efectiva. Le gusta bastante. La habría contratado si su mujer no se hubiese encariñado tanto con esa otra empleada que, desde que está en blanco, viene sacando licencia médica cada dos por tres. El personal doméstico tiende a abusar de los privilegios adquiridos. Antes, las cosas eran distintas. En su casa (le sigue diciendo su casa a la casa de los padres), las sirvientas estaban agradecidas de que una buena familia las hubiese contratado. En esto piensa mientras la tostadora eléctrica se calienta. También piensa que podría hablar con su mujer e intentar un cambio en el servicio doméstico. Con probar no perderíamos nada, flaquita, ¿no te parece? (imagina que le dice y hace la mímica como si ella estuviese a su lado).
Cuando reacciona, la chica de la limpieza (que ya ha entrado) le da un beso en la mejilla y le pregunta por dónde debe empezar. El gerente de Recursos Humanos le responde alzando los hombros. Le da igual: lo importante es que, al día siguiente, su mujer encuentre todo impecable.
El sujeto del tatuaje y el que ha dormido en el sillón se sientan en las banquetas para desayunar. Ninguno de los dos habla. Hay personas así, que se despiertan de mal humor. Como la mujer del gerente de Recursos Humanos, a quien era (y es) preferible no dirigirle la palabra hasta entrado el mediodía. En cambio, el tipo de la musculosa (que también se ha sumado al desayuno) no para de hablar y de contar chistes mientras unta las tostadas con manteca y dulce de arándanos.


Pasan las horas. Aunque debería llamar al trabajo (porque no se siente del todo bien y prefiere quedarse en casa), se olvida de hacerlo. Ha estado mareado casi todo el día, y las aspirinas y digestivos apenas han hecho efecto. Cuando la chica termina y se retira, uno de los delincuentes se acerca al gerente de Recursos Humanos. Le pide disculpas. Acto seguido, repite que lo siente y le pasa el celular. Dice que ha sonado varias veces pero, por una u otra razón, se olvidó de avisarle.
Quien llama (por octava vez en dos horas) es su mujer. Está nerviosa. Quiere saber por qué mierda no le responde. Tiene un tono de voz elevado. El tipo de musculosa sigue la conversación y, cuando le parece que el gerente de Recursos Humanos dice algo inapropiado, hace un gesto (mínimo, casi imperceptible) con la boca. Entonces él se desdice, tartamudea, tose o cambia de tema, cosa que le molesta a su mujer, quien pronto pierde la paciencia y le avisa que llegará al otro día, bien temprano. Entonces hablarán en serio.

Al caer la noche, uno de los delincuentes propone tirar un matambrito a la parrilla. Enciende el fuego y se toma su tiempo para que quede a punto. Los demás se encargan de la ensalada.
Llegado el momento de comer, el gerente de Recursos Humanos apenas prueba bocado. Aunque la carne es tierna y sabrosa, tiene el estómago cerrado. Dice que preferiría tomar un té digestivo y acostarse. No se siente bien, se le nota.
El delincuente que parece más chico de los tres lo acompaña a la cama, le toma la fiebre y se queda a su lado toda la noche, colocándole paños fríos en la frente y cambiándole la remera transpirada. Incluso es él quien intenta calmarlo cuando las puntadas en la ingle se vuelven insoportables, y hasta le trae un balde para que no contenga la náusea.

Como el gerente de Recursos Humanos cuenta con una excelente obra social, el servicio de emergencia llega rápido. El médico que lo revisa está prácticamente seguro de que se trata del apéndice. Dice que es urgente trasladarlo al hospital para operar. Como no pude inyectarle un calmante (porque podría provocarle una peritonitis), debe aguantar el dolor.
Antes de subir a la ambulancia, el gerente de Recursos Humanos alcanza a ver el rostro de preocupación de los tres delincuentes que quedan en la puerta de entrada. Después piensa en su mujer. Como se ha dejado el celular en la casa, no tiene forma de avisarle lo sucedido. Aunque tampoco es necesario. Ella sabrá qué hacer cuando regrese. Tiene carácter, decisión y, además siempre encuentra la forma de resolver los problemas del hogar.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


David Voloj (Córdoba, 1980)

Licenciado en Letras Modernas, escritor, docente y periodista freelance. Es autor de los libros de cuentos letras modernas (2008, Mención en el Premio Municipal Luis de Tejeda 2007), Asuntos Internos (2011, Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 2009), Los suplentes (2014), Recursos urbanos (2018) y Cicatrices (2019). Publica artículos en distintos medios nacionales e internacionales. Su columna de educación “Apuntes de clase” aparece regularmente en diario Hoy día Córdoba.

David Voloj satiriza con singular mezcla de amabilidad y crueldad el discreto encanto de la “progresía” bienpensante y conformista de nuestro siglo. En sus relatos los personajes buscan salir –o son sacados a la fuerza– de sus guiones sociales para descubrir que por fuera de los roles y mandatos burgueses la vida puede ser un vacío aterrador.

 
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