Taxi

Relatos australes | Por Alejandro Jallaza Chehade

Escuchá este relato en su versión audiocuento


La empatía puede ser peligrosa, especialmente cuando se asiste a una escena desgarradora

 

Los recogí cerca de la plaza San Martín tipo diecisiete horas. Iban al Sur de la ciudad. Bien al Sur. Viaje soñado: trayecto largo y me sacaba del centro que en ese horario se convertía en un infierno. 

Eran una pareja.
No reaccionaron a mis sólidos intentos de entablar una conversación, lo que me predispuso mal con ellos.
Tampoco hablaban entre sí. Miraban al frente, como clavados. La distancia entre ambos era considerable.
Sin embargo cuando ya pasamos el quilombo del centro, que nos llevó unos buenos quince minutos, él le tomó la mano. Solo eso. Y ella bajó la vista. Estuvieron así un rato.
–Ya está –dijo el flaco– ya está. Ya pasó.
–Sí, ya sé – respondió ella, apenas audible, sin dejar de mirar abajo.
Paramos un rato por unos semáforos mal sincronizados. Meses llevan así y no los arreglan.
–No esperaba perderlo. Se me pasaron por la cabeza miles de escenarios posibles, pero justo este no. Que fuera a tener una pérdida. Te juro que ni lo vi venir.
–Nadie lo vio venir. Ya ves lo que dijo el médico – dijo él, y le aparecieron lágrimas. A pesar de los anteojos eran evidentes, como si fueran flúor.
La mujer le acarició la espalda (supuse). Oí un sollozo, apenas audible.
–Uhhh. Le tengo que decir a mi mamá. –dijo ella– Ya le compró algunas cosas; juguetes y mirá que ni sabemos qué va a ser… que iba a ser. ¡Dios! Yo no sé cómo vamos a seguir. No sé. Me explota la cabeza.
–Todo va a estar bien... Siempre podemos volver a intentar. –por supuesto, no sonaba convencido.
–No sé. No sé. Yo no quiero pasar de nuevo por esto.
–Y yo tampoco. Pero quién dice... la próxima capaz tenemos mejor suerte. Si nos ponemos las pilas y no sé, rezamos, o lo que sea, con más cuidado, siendo totalmente conscientes de cada decisión; capaz la próxima vez sí prende bien el desgraciadito. El próximo desgraciadito….
Y medio que se derrumbó; vi por el retrovisor que abría y cerraba la boca con un movimiento espasmódico sin soltar sonido.
“Pobre”, pensé, “se va a partir”. Me vino la imagen de un pájaro muerto en su jaula.
A esa altura creía haber entendido lo que pasaba.
–No. No. No hablemos ahora. No se si voy a poder pasar de nuevo por todo esto. Yo soy la que pone el cuerpo – dijo la mujer.
El tipo reaccionó como ante un latigazo.
–¡La naturaleza dispuso así las cosas! ¿Por qué me tenés que decir esto?
–No, no, por nada. Estuvo mal. Estamos mal ahora. No hagamos planes, ¿eh? Ahora no ¿Dale? Es todo muy reciente. Ni siquiera terminó de salir todo. Hasta una semana puede tardar dijo. –se interrumpió– ¡Dios! Es horrible. ¡Todo es muy horrible! Todo. Todo.
Se perdió en sus propias palabras un instante que hasta a mí me hizo doler. Volvió. Recostó la cabeza sobre el hombro del flaco que ahora miraba por la ventanilla.
Me decidí.
Saque la mano y salí a la izquierda sin brusquedad, a pesar de que los que venían atrás me bocinearon.
Tomé para Ciudad Universitaria y la zona del parque. Bajé la velocidad a menos de 40 km/h.
Recorrimos esa zona, una de las más lindas de una ciudad poco generosa en espacios agradables. Se veían muchos jóvenes, caminando y riendo en grupos. Había gente bajo los árboles, tomando mate.
Pasamos despacio frente al Pabellón Argentina, lo rodeé y volvimos para el lado de Letras y Psicología. Me metí por cada callecita, cada recoveco, cada sombra. No fue fácil, porque había bastante tránsito. Pero me las ingenié para que todo fuera lo más tranquilo posible.
Casi pongo música, lo pensé mejor y no lo hice. El sol del atardecer daba a la zona cierto aire de intimidad, de algo sepia.
Ojala los hubiera podido tapar de todo.
A partir de ahí viajaron en silencio. Él fue el único en emitir sonido:
–Todo va a estar bien– dijo. Por un momento creí que había eco, pero no, era él, repitiendo cada vez más bajo, como si se alejase: “Todo va a estar bien”
No sonaba convincente. Sin embargo ella lo abrazó con más fuerza y le acarició la nariz con la suya.
Me confirmó lo que sospechaba de siempre: al final la mujer es más fuerte.
Fuimos para la zona del zoológico. En la rotonda un colega se me emparejó con la ventanilla baja, presto para putearme por ir tan lento, pues en cierta forma entorpecía el tráfico. Le hice la señal de silencio y con los ojos les señalé a mis pasajeros. Pareció entender, saludó y se fue.
Paré frente al rosedal. Por la zona también circulaba gente: haciendo ejercicios, caminando, también parejas con niños, pero mis pasajeros no bajaron. Creo que ni se dieron cuenta de donde estábamos. Por suerte la calesita cercana estaba cerrada a esa hora, no flotaba la música pegajosa que ponen.
Al rato ella bajó un poco la ventanilla y me pareció que aspiraba. La imité. Yo también pude sentirlo, apenas insinuado el olor de los jazmines lejanos. No dijo nada pero sacó la cabeza por la ventanilla, supongo para oler mejor.
Yo también, pero no la miré. Miré el cielo.
Estuvimos así un rato.
A pesar de que abrí todas las ventanillas me sentí un poco devastado. Jugué con el celular; le mandé a mi señora un mensaje “Llego bien”. Me mandó una carita interrogativa, pero no me expliqué.
El auto se iba llenando de tristeza, como de miel; así que decidí retomar el viaje. Pero antes tenía una parada más, especial para mí.
Arranqué, tomé la Deodoro Roca; giré alrededor del Dante. Inútil. La estatua solo se aprecia desde cierta distancia. Seguí para la plaza, esa si una estupidez: como está en obras se forman atascos muy seguidos. Caímos en uno. Cinco minutos estuvimos para salir. Me impacienté. Parecía que los tenía hipnotizados y no quería que nada los despertara.
Se acercó un pibe ofreciendo jazmines, unos ramitos chicos. Le dije que no pero insistió, con una alegría que atropellaba. Bajé la ventanilla y casi supliqué “Hoy no maestro, a ellos no”. Atisbó por encima mío. Vaya a saber que vio porque se calló; me dió un ramito y dijo “Dáselo cuando se bajen; decile que de parte mía. Qué sé yo. Que la próxima me compren”.
Cuando salimos del atasco crucé hasta barrio Parque Vélez Sársfield y seguimos hasta el límite con Colinas de Bella Vista, donde hay una especie de barranca sobre la Cañada que permite ver la ciudad a pocos metros debajo. Al atardecer, si uno obvia la basura y la chatarra tirada, es una excelente vista. Un lugar donde uno puede hundirse y dejar todo correr.
Bah. A mí me gusta.
El barrio no es seguro pero suelen respetar. Cuando ocurre que ando por acá sin mucho apuro vengo un rato. Para mi es mágico, como algunas canciones o algunas personas.
No había casi tráfico. No oí, no quise oír lo que cuchicheaban. Apagué el motor. El flaco volvió a llorar en su estilo atragantado, la mujer parecía más entera.
Nos quedamos ahí parados unos quince minutos hasta que el sol casi desapareció, yo tratando de hacerme invisible.
Después los llevé al lugar donde iban cuando los recogí en el centro.
Al llegar el flaco pareció salir de un lugar estrecho. Dijo algo del tiempo y se sorprendió cuando le dije que el desvió no se lo cobraba, que iba por cuenta de la casa.
Eran como ciento treinta pesos de menos.
–¿Qué desvío? – dijo.
La mujer sí me entendió porque agradeció. Se bajaron y desaparecieron por la esquina. Me hubiera gustado que se abrazaran, pero no pasó.
Ahí caí en la cuenta de los zoquetitos que llevo colgados en el espejo retrovisor. Minúsculos. Quizás debí sacarlos.
Y de que no les había dado el ramo de jazmines.
Cuando terminé mi turno, tardísimo pues debí recuperar un poco del tiempo y la recaudación perdida, me fui derecho para casa; donde mi señora me esperaba con la comida lista.
Apenas entrar me reprochó que no había llegado a tiempo ni nada, que para qué le decía cosas que no iba a cumplir. No la enfrenté. Busqué con la mirada el changuito de la bebé. Mi esposa se dio cuenta, dijo: “La nena se queda hoy con mi mamá. Estamos solos”. Ni le dije que moría de ganas de ver a la nena, de alzarla, de festejar que estaba con nosotros.
Prometí aclarar lo de mi retraso en la cena y me fui a la pieza. Menos de cinco minutos me tiré en la cama, en la oscuridad. Me acordé de los jazmines y de la mujer que había perdido el embarazo. Cuando mi esposa llamó a comer salí con los ojos húmedos.
Mientras cenaba le conté. Había cocinado una carne con papas, muy distinto de los habituales sandwiches de mitad de semana. Me reprochó por la pérdida de dinero y de tiempo; teníamos obligaciones que pagar ese mes. Apenas si se apiadó de la parejita. Se fue a dormir antes que yo, diciendo por el camino que yo era muy sensible para ser taxista, que así no iba a durar mucho.
Ni sugirió que no estando la bebé tuviéramos algún tipo de intimidad ni yo tampoco. Disponíamos de algo más preciado: dormir una noche de corrido.
Ya solo me serví un vasito de caña y me quedé con la luz apagada. Sentía una mezcolanza agria en el pecho. Los tuve en mis pensamientos cuando me comí dos naranjas despacito, gajo a gajo, despojándolos de cada semilla, saboreándolos. Pobres chicos. Imaginé que no dormían. Apagué las luces, controlé que las puertas estuvieran cerradas y me fui a dormir.
Antes pasé por el changuito de la bebé y, por última vez en el día, lagrimeé.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Alejandro Jallaza Chehade (Córdoba, 1970) 

Primer premio poesía , categoría menores de 25 años en el Primer Concurso Nacional de Poesía (Tandil 1992). Premio Publicación en el concurso de poesía “Homenaje a César Vallejo” otorgado por la Dirección de Cultura de la ciudad de Córdoba (1992). Participación en la revista literaria “Extramuros” junto al Círculo de la Serpiente. Producción del programa “El Otoño en Pekín” emitido por 94.3 FM U.T.N. Mención en el 3ra Edición Concurso Narrativa Homenaje a Silvina Ocampo en modalidad “Microrrelatos”. Ingeniero en Sistemas. Ejerce de crítico ácido e insobornable en el misterioso y ya legendario Círculo de la Serpiente.

Uno de los miembros más reputados del Círculo de la Serpiente, Alejandro Jallaza acostumbra en sus relatos a escarbar la realidad para encontrar subtramas dentro de lo aparentemente inocuo de la cotidianeidad.

 
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