Una historia de Alberdi

Relatos australes | Por Emanuel Rosso

Escuchá este relato en su versión audiocuento 

Leyenda de nigromancia, penales y venganzas truncas con olor a césped

Mi hermano desapareció en el 2011, después de una pelea a la salida de la cancha. Eso me dijo Peñaloza, que venía con él. Se separaron en la esquina de Santa Rosa y Orgaz y ya no lo vio más, ni él ni nadie. Peñaloza dice que al Keki, mi hermano, lo venía persiguiendo el Pulenta Ramírez, de la barra El corsario celeste, y que él y otros monos lo venían bardeando desde hacía media cuadra. “Andá, andá. No pasa nada, si este es un cagón”, dice Peñaloza que le dijo mi hermano. Entonces Peñaloza siguió por Arturo Orgaz hasta la Avenida Colón y el Keki dobló por Santa Rosa hacia el oeste, para el lado que la numeración sube, y nunca más lo vimos. Al menos no así, en su estado normal. Es decir, entero. Es decir, con la cabeza sobre sus hombros, pegada al cuerpo.

El 22 de junio de aquel año, Belgrano jugó el primer partido por la promoción, sellando el encuentro con un 2-0 contra un desconocido River Plate. Esto le allanaría el camino para que cuatro días después, con un empate 1-1, el pirata cordobés ascendiera a primera división y enviara al descenso a los millonarios por primera vez en su historia.
Claro, nadie duda de los méritos de Zielinski y sus dirigidos, pero en el fútbol siempre hay historias oscuras, de hechizos con maíz y gallinas, de fuerzas convocadas para inclinar la balanza mística en favor de nuestro club, y por aquellos días también había historias de una cabeza humana bastante particular: una cabeza que había sido separada de su correspondiente cuerpo, que era llevada en andas por los hinchas en cada partido y que, a pesar de su condición, cantaba desde la tribuna alentando a los jugadores. También se decía que había dictado la formación titular con la que debía contar Belgrano en aquellas dos fechas decisivas.
Por supuesto, ningún directivo de la institución confirmó jamás semejante historia. Sin embargo, los mismos barrabravas que manejaban la venta de choripanes y camisetas truchas en las inmediaciones de la cancha, organizaban de forma clandestina visitas guiadas por las instalaciones del estadio Julio César Villagra durante las cuales, por un monto muy significativo, se podía interactuar con la supuesta cabeza parlante.

Fue por aquellos días, en plena euforia por la gran campaña que Belgrano estaba haciendo en primera división, que apareció un cuerpo sin cabeza flotando en las aguas contaminadas de la costanera, entre los puentes Santa Fe y Avellaneda. Un tatuaje de La Mona en el brazo izquierdo y otro del escudo del club sobre el pecho, certificaron que se trataba del Keki.
A mi vieja se le rompió el corazón, el Keki era el menor y la había hecho renegar mucho durante su adolescencia, pero después de los veinte se había rescatado, había encontrado laburo, más tarde había puesto una verdulería y hasta se había mudado solo, probando que había madurado.
Cuando finalmente nos entregaron el cuerpo incompleto, pudimos darle un entierro digno. El velorio fue un mar de lágrimas, nunca había visto algo así, nunca me había sentido así. Lo enterramos en el cementerio San Jerónimo para que sus restos descansaran en Alberdi. En el nicho, junto con el cajón, pusieron claveles, una caja de vino y la camiseta firmada por el Luifa Artime.

Durante los días que siguieron me la pasé dándole vueltas al tema en mi cabeza. Peñaloza ni se había arrimado al velorio, solo me había mandado un mensaje de texto con las condolencias. Tenía miedo, era el último que había visto con vida al Keki, seguido o perseguido nada menos que por el Pulenta Ramírez, que estaba entongado con la cana. Si iba a hacer algo, no había ninguna posibilidad de hacerlo dentro de la ley. ¿Pero qué chances reales tenía de vengar a mi hermano? El Pulenta tenía un ejército detrás de él, yo estaba solo. Podía juntar a cuatro o cinco tipos, de esos que siempre están bien predispuestos cuando hay quilombo, pero sabía que ni bien mencionara el nombre de Ramírez, se iban a tomar el palo, como si vieran al diablo.

Decidí postergar la venganza. “Dios proveerá”, me dije a mí mismo. Algún día, quizás, me lo encontraría en la cancha, muy concentrado en el partido, con sus soldados distraídos, y le hundiría un puntazo en la espalda, al medio, en la columna. Cosa que, si no se muriera, por lo menos quedara paralítico.
Me concentré, en cambio, en la cabeza del Keki. Me obsesioné, para ser honesto. Me surgieron preguntas: ¿conservaría todavía los rasgos de mi hermano o sería una bola irreconocible por consecuencia del deterioro que conlleva la muerte? ¿Lo tendrían en una especie de campana sandwichera o en un frasco con formol? ¿Largaría olor? Si era verdad que hablaba y cantaba, ¿gesticularía al hacerlo, o solo se escucharía una voz de ultratumba saliendo de un bodoque inmóvil?
Llamé a varios conocidos, mandé audios y mensajes de texto. La mayoría pensó que los estaba cargando, otros que me había pirado, hasta que hablé con el Gordo Pavesi, que tenía contacto con la barra del loco Juancho. “Se van a comunicar con vos”, me dijo.

Pasaron cinco días hasta que recibí el primer mensaje de un número desconocido. No dieron nombres ni se refirieron de forma explícita al motivo de aquel contacto, pero sí fueron claros respecto a la suma que debía abonar para acceder a la visita guiada. Era mucho. Les pedí que me dieran unos días para vender la moto y cuarenta minutos después me contestaron que podían tomar el vehículo como pago.

A la mañana siguiente estaba en la puerta del club. El guardia de seguridad me hizo esperar hasta que llegó un tipo de unos cuarenta años vestido con equipo de gimnasia. Me paseó por las gradas, el museo, el gimnasio. Cuidando de no ofenderlo ni al él ni al club, le dejé en claro que yo estaba allí por “el otro asunto”. Me condujo entonces por un pasillo gris, bajamos unos escalones y pasamos por un depósito lleno de cajas húmedas. Allí no había luz, así que mi guía encendió la linterna del celular. Pasamos por una oficina abandonada, donde se guardaba el equipamiento de gimnasia en desuso. Me daba la impresión de que constantemente estábamos descendiendo, y pensé en la cripta jesuítica del centro de la ciudad. Cuando nos metimos por un hueco de la pared y reptamos por veinte metros hasta llegar al otro lado, sentí que aquello era una versión a menor escala de los sistemas de cámaras y bóvedas de las pirámides de Egipto.
El guía levantó un dedo en señal de atención.
-Acá ya se lo puede escuchar cantar.

Una alegría
que dura toda la vida
yo jamás te dejaría
siempre te voy a querer.
Yo te aseguro
que esto no es ningún chamuyo
ser pirata es un orgullo
soy del capo cordobés.

Se me heló el cuerpo cuando reconocí aquella voz. Venía de una puerta de chapa oxidada ubicada al fondo. Corrí hacia allí con el corazón escapándose por mi boca, la ansiedad me sofocaba.
-¡Momento! -dijo el guía-. Antes de entrar ahí, le voy a explicar cómo es la cosa: tiene cinco minutos, le puede preguntar todo lo que quiera, pero le advierto desde ya que la cabeza no revela qué número va a salir a la quiniela. No pierda el tiempo pidiéndole que le alivie alguna enfermedad, la cabeza no cura. Tampoco puede comunicarse con los muertos. Y no intente robársela, voy a estar parado acá afuera todo el tiempo.
Tomé el picaporte, abrí y entré sin saber muy bien qué hacía allí. Necesitaba, por supuesto, confirmar que se trataba de la cabeza de mi hermano. Pero no había pensado qué le diría, ni siquiera sabía si él me reconocería. Nada. No había pensado en nada. Caminé instintivamente hacia el centro del salón, con la mirada clavada en el piso. Una luz cenital iluminaba un pedestal de yeso que sostenía una cabeza momificada a un metro y medio del suelo. Delante de ella, una silla para que los visitantes estuvieran cómodos.
Me senté.
Y habló.
-No lleves mis restos a Libetros ni a Díon. Si alguna vez aparece un hueso mío que hasta ese día faltaba, que lo partan en dos y que lo entierren en los arcos de la cancha. El resultado está escondido en la melodía de una ópera de Monteverdi y en el yeso de Tripisciano, y no se puede cambiar…
-¿Keki?
-Mis pensamientos desaparecen bajo tierra y resurgen como el río Helicón, que es donde van a parar las pelotas que vuelan por encima del travesaño…
-¿Hermano?
Empezaron a caérseme unas lágrimas absurdas, acompañadas por una risa nerviosa.
-No entiendo, hermano. No entiendo de qué estás hablando.
-No importa, ahí afuera todo es grande y está formado por partículas de odio. Acá los años son días y la música es infinita. No nacemos ni morimos, solo estamos. Acá hay otros Dioses y se levantan monumentos. Vacíos, inmaculados, infértiles, pero eternos. Ya se han derrumbado mil veces y volvemos a alzarlos. Y preparamos la macumba y el maíz, para que la pelota siempre encuentre la red, para que los que están en el potrero lleguen a primera. Porque acá adentro, hermano, siempre gana Belgrano.

Me fui sintiendo que aquello no había servido de nada. Por entonces, y como era evidente, la cabeza del Keki (si es que se trataba de la cabeza del Keki, yo al principio estaba convencido y ahora ya no tanto) dejó de anticipar estrategias técnicas, formaciones titulares y resultados; todo lo que hacía era enajenarse cada vez más, hasta que enmudeció. Dicen que terminó adornando un macetero y más tarde afirmando puertas que se cerraban con el viento.
Yo todavía voy a la cancha y tengo una faca escondida siempre en el mismo lugar, para cuando el Pulenta Ramírez finalmente se descuide. Pero después vienen los piques, los pases certeros, la ilusión, y casi puedo distinguir la voz de mi hermano entre el éxtasis colectivo de la hinchada. Lo escucho, cantando una canción de La Mona con la letra cambiada.

Yo soy del barrio de La Docta
Se sabe, del más popular,
la envidia de algunos amargos
que no tienen identidad.
¡Gallina no me jodas, jamás vas a ser igual!
Soy hincha de Belgrano
y no voy a cambiar.
Aunque pasen los años
me vas a ver igual.
Y el día que me muera
quiero que a mi cajón
lo dejen por Alberdi
como a mi corazón.

 

Emanuel Rosso (General Baldissera, Córdoba, 1982)

Estudió Comunicación Social y Cine. Publicó la novela El humo y la ceniza (Sello Fantasma, 2018). Es columnista del programa radial Sintonía Fina y editor de la revista digital Gualicho. Autor de fuerte presencia en redes sociales y miembro del comité organizador del festival de novela negra Córdoba Mata, Su relato “El arrullo de las bestias” fue premiado en el concurso literario H. P. Lovecraft (Revista Fabulantes, España). Rosso trabaja con mucha habilidad el equilibrio entre el terror sobrenatural, el realismo y el policial negro en contextos rurales, tanto en su novela como en sus relatos breves. Su estilo tiene afinidad con la narrativa de John Connolly y William Hjorstberg.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones

  

 
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