Piel de indio

Relatos Australes | Por César Sodero

Escuchá este relato en su versión audiocuento 
 

Lo que para los mayores es un trámite delegable, para un niño se convierte en un rito iniciático a la vida adulta

¿Qué estás haciendo?
Nada, miro una película.
Vení, dale, dejá de boludear.
Dejé la tele prendida y salí al patio con papá. Me encontré con el viejo Pilquinao. Un hombre de esos que hablan mejor con el silencio que con las palabras. Pilqui se banca todo, es durísimo, tiene piel de indio, decía mi papá.
Hola, dije.
Con una mano Pilquinao se acomodó la gorra que le ensombrecía los ojos.
Pilqui nos va a dar una mano con Silvestre, ¿sabés dónde está?, dijo mi papá.
Pilquinao tenía una bolsa arpillera en una mano y un cuchillo envainado en la otra.
Creo que arriba, dije.
Dale, andá a buscarlo.
Miré a papá, esperaba una aclaración, algo que me ayudara a entender qué hacíamos con Pilquinao en el medio del patio con el sol abrasador del verano sobre nuestras cabezas.
Traelo, dale, que el viejo se tiene que volver al campo.
Entré a casa. Mientras subía las escaleras escuché la voz de mi papá. Trataba de mantener una conversación con Pilquinao.
¿Y su mujer cómo anda?... Claro. Al que hace mucho que no veo es a Horacio, ¿usted lo ve? ¿No? ¿Nunca? Y, yo siempre digo, el tiempo va pasando y cada vez es más difícil ponerse de acuerdo para encontrarse. ¿O no?
Encontré a Silvestre durmiendo enroscado en el sillón de arriba. Lo levanté, se quejó, pero enseguida empezó a ronronear. Abajo sonó el teléfono, la conversación fue un rumor lejano. Mientras bajaba las escaleras apareció papá.
Escuchá, tengo que ir hasta lo de tu abuelo, dale una mano al viejo, en un rato vuelvo. Tomá, pagale vos, ¿sí?
¿Qué pasó?
Nada, el abuelo no se siente bien, voy a ver y después vuelvo.
Está bien, dije y agarré los billetes que me dio.
Mi viejo me palmeó la espalda y se fue.
Cuando salí al patio el viejo estaba desenvainando el cuchillo. Silvestre me lamía el brazo.
Se llama Silvestre, dije.
El viejo me miró y por primera vez esbozó algo parecido a una sonrisa. Pilquinao apoyó la bolsa y el cuchillo sobre un bidón de doscientos litros que mi papá usaba para juntar agua de lluvia.
¿Silvestre?, dijo.
Sí, Silvestre.
Pilquinao se sacó la gorra y con el dorso de la mano se secó la transpiración de la frente. Levantó la mirada y entrecerró los ojos enceguecido por el sol. Silvestre, inquieto, se movió en mis brazos. Me agaché para soltarlo.
No, no, traelo.
Miré a Pilquinao.
¿Para qué?, dije.
Pilquinao me miró, buscó un cigarrillo en el bolsillo de la camisa y lo prendió.
Dale, traelo, dijo.
Sabía que papá no estaba, pero lo busqué con la mirada. Entonces Pilquinao agarró a Silvestre por el cuello y con un movimiento rápido lo metió adentro de la bolsa arpillera. La cerró y le hizo un nudo bien pegado al cuerpo. Silvestre era un bulto que apenas podía moverse. Pilquinao se agachó, apoyó una rodilla sobre la bolsa y con una mano agarró el cuchillo. Los maullidos desbocados de Silvestre me erizaron la piel.
¿Qué hace?, dije.
Entonces Pilquinao, con la mano que tenía libre, tanteó la bolsa sin mirar. Buscaba algo mientras mordía el cigarrillo que le colgaba a un lado de la boca. El humo le obligaba a achinar los ojos. Pilquinao detuvo la mano en una zona de la bolsa y apretó con fuerza. Silvestre desgarró un maullido profundo y se transformó en una bola de nervios. Pilquinao tuvo que apoyar una mano en el suelo para no caerse. Retrocedí unos metros, pensé que si Silvestre se escapaba en ese momento no hubiera sido una buena idea estar tan cerca. Pilquinao se acomodó de lado para poder hacer más fuerza con las piernas y Silvestre quedó inmovilizado. Solo los gruñidos desaforados daban cuenta de que adentro de esa bolsa había algo que estaba vivo.
¡¿Qué está haciendo?!
Lo que me pidió tu papá.
Pilquinao escupió el cigarrillo y apoyando un dedo en la boca me pidió que hiciera silencio. Con un movimiento rápido del cuchillo hizo un tajo de unos diez centímetros en la zona de la bolsa que agarraba con la otra mano. Entonces aparecieron, firmes y diminutas, las bolas de Silvestre, y entendí todo. Pilquinao, con una sola estocada, cortó el escroto de Silvestre. Un maullido desgarrador me erizó la piel y me llevé instintivamente una mano a la entrepierna. Con el canto del cuchillo, Pilquinao presionó sobre el escroto y dos bolas grasientas, pequeñas y blancuzcas, cayeron en su mano. El viejo tiró los testículos sobre el pasto y se puso de pie. Aflojó el nudo de la bolsa y soltó a Silvestre que salió corriendo hacia dentro de casa.
Se va a morir…
Eso no sangra, en un rato va a estar bien, dijo Pilquinao mientras limpiaba el cuchillo con la hoja de una parra.
Entré a casa, busqué a Silvestre. No lo veía. Lo encontré siguiendo el rastro de su maullido. Estaba escondido debajo de la cama de mis viejos, enroscado y con la cabeza entre las patas.
Mishi, dije.
Silvestre hacía un sonido extraño con la respiración. Cuando acerqué la mano para acariciarlo, me mostró los dientes. No era el mejor momento para amigarnos.
Me tengo que ir, escuché que Pilquinao decía de lejos.
Bajé las escaleras, Pilquinao tenía el cuchillo envainado en la cintura y prendía otro cigarrillo. Lo miré, no sabía qué hacer. Ese hombre, tan parco y preciso, me había enmudecido.
Se me hace tarde, dijo y entendí que era el momento para pagarle.
Tome, dije.
Pilquinao agarró la plata y la guardó en el bolsillo de la camisa junto a los cigarrillos.
Dele agua, mucho agua, y listo, dijo.
Lo acompañé hasta la puerta. Lo vi subirse a una vieja camioneta. Cuando se fue me quedé mirando la calle vacía a la hora de la siesta hasta que sonó el teléfono.
Hola.
Hola hijo, soy yo.
¿Dónde estás?
En el hospital... con el abuelo.
¿Qué le pasó?
Lo de siempre… tiene que dejar el pucho.
Ah…
¿Se fue Pilquinao?
Sí, recién.
¿Y? ¿Todo bien?
Sí, todo bien.
¿Le pagaste?
Sí.
Bueno, en un rato voy para allá, dijo y cortó.
Volví al patio. Sobre el pasto, al lado de la bolsa arpillera, brillaban los testículos bajo el sol del verano. Escuché un ruido detrás de mí. Silvestre estaba parado junto a la puerta. Nos miramos.
Mishi, dije.
Silvestre rozó con su cuerpo mis piernas y, oliendo el suelo, se acercó a sus huevos que estaban sobre el pasto. Los olfateó y entonces hizo algo que jamás me hubiera imaginado: los lamió unos segundos y después, de a poco, se los fue comiendo. Escuché la mordida tensa sobre la superficie lábil y sentí un cosquilleo que me subió por las piernas.
Necesitaba aire, necesitaba salir de ahí.
Entré a casa, rápido, y cerré la puerta.

César Sodero (Sierra Grande, Rio Negro, 1977)

Estudió Cine y Filosofía en Buenos Aires, ciudad donde vive actualmente. Publicó el libro de cuentos Sierra Grande (segundo premio del Fondo Nacional de las Artes 2015) y El Mar de los Lobos (segundo premio de la Fundación el Libro 2018), ambos editados por Alto Pogo. En marzo de 2019 filmó Emilia, su primer largometraje como director y guionista, producida por Tarea Fina, cuyo estreno en cines será en 2020.

De prosa seca y directa, los relatos de Sodero remiten directamente al lenguaje cinematográfico: en cada oración sucede algo que termina de significar la historia paso a paso. Aunque diverso en lo temático, es un autor que suele incluir en sus narraciones –a la manera de un western– el sabor de los paisajes agrestes, poblado de hombres duros y lacónicos, de los pueblos mineros del sur.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones

 

 
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