El valor de los buenos amigos

Relatos australes | Por Lucila Lastero

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Toda ayuda tiene su precio y este relato hitchockiano es una buena muestra de ello

Nunca imaginé que fuera tan fácil matar a un hombre. Pero acá estoy, todavía con los guantes puestos, con el arma en la mano, viendo cómo el cuerpo se queda, por fin, quieto bajo la mancha roja que le crece sobre el pecho. Ahora todo pasó y pienso en el trazo finito que separa la muerte de todas las cosas.
Es una sensación rara. Si alguien entrara y me viera diría que soy un asesino despreciable. Pero no, yo solo maté a un hombre porque él mismo me lo pidió. Lo espantoso, lo abominable, está más allá, en la otra habitación.
Es increíble verlo así, ya fuera de este mundo, reducido a un silencio eterno. Él, que era tan conversador, alegre, inteligente. Y la persona más honesta que conocí en mi vida. Solía decir que las reglas humanas estaban torcidas, que las personas no eran sinceras con los demás porque ni siquiera se sinceraban consigo mismas. Te das vuelta y te cagan, decía. Por eso, para él, los amores y las amistades se sostenían por medio de pequeños pactos cotidianos. Lo creía ciegamente. Me lo demostró aquella vez, hace mucho, en los tiempos de la secundaria.
El profesor de Biología nos había encargado un trabajo final para aprobar la materia. Teníamos que inventar un ecosistema; ubicarlo espacialmente, dibujarlo, describirlo, pegar figuritas. Había sido determinante: quien no lo hiciera, se llevaría la materia a diciembre. Yo tuve, justo ese fin de semana, una salida de campo que me dejó agotado y el lunes llegué al colegio sin el ecosistema. Estaba resignado a desaprobar la materia y me lo merecía por irresponsable. Se lo comenté a él, mi compañero de banco. Me dijo que le habían sobrado figuritas de su tarea. Me propuso quedarnos en el recreo para armar el trabajo. Resultó un ecosistema lleno de animales, ríos y árboles altísimos. Después de entregarlo, le agradecí, le pedí perdón por el tiempo perdido y le pregunté cómo podía hacer para devolverle el favor.
El recreo no importa, me dijo. Siempre se pierde un poco de algo cuando toca ayudar a otro. Como los árboles que comparten el agua en el ecosistema, ¿viste? Por compartir, cada árbol va a demorarse más en crecer, pero al final van a crecer todos, eso es lo importante. Al favor, ya me lo devolverás con intereses, bromeó.
Qué ridículo acordarme ahora del ecosistema, del crecimiento de los árboles, de la vida, frente a su cuerpo muerto. Pero ya está. Me aferro a la satisfacción de haber cumplido con lo que me pidió. El trabajo de Biología fue el principio de una interminable ida y vuelta de favores. Una por vos, otra por mí, repetía. Acordarse del valor de su amistad es lo único que le da un poco de sentido a todo esto.
Ni siquiera me enteré de que tenía líos con su esposa. No era un tipo de contar mucho sus problemas personales. Sí me habló, en cambio, después de una reunión con amigos y varias cervezas, de una pistola 9 milímetros que se había comprado. Por las dudas, me dijo, por los robos en el barrio. Se detuvo en algunos detalles del arma, entre ellos, el supresor que traía. Silenciador no, me explicó, se llama supresor. Hace que el ruido del disparo se vuelva un silbido apagado, apenas perceptible.
El arma que ahora está en mis manos. El tiro seco que lo mató. Todavía me parece un sueño todo, su llamada a las 7 de la mañana, su pedido urgente. Tenés que venir, me dijo, tenés que hacerme el favor. Vine lo más rápido que pude, pensando, sí, en algo malo, pero decidido a cumplir con lo que fuere para no romper el círculo perfecto del pacto: una por vos, otra por mí.
En cuanto lo vi leí la desgracia en su cara desencajada. No me dijo nada. Me llevó a la habitación y me mostró el cadáver. Su esposa, una mártir sobre la cama tendida, el pelo alborotado que le tapaba la cara.
No me dio tiempo a horrorizarme, mucho menos a preguntarle algo. Me condujo hasta el living. Yo solo podía seguirlo, esperar a que él me dijera qué hacer. El desconcierto y la conciencia de cumplir con mi rol de amigo incondicional me convertían en una marioneta. Me señaló los objetos que tenía preparados sobre la mesa: un par de guantes de cocina, todavía en su bolsa, y la 9 milímetros con supresor.
Ahora matame, me ordenó.
Demoré en encontrar el calce justo de mis dedos adentro de los guantes. Agarré el arma temblando. La mantuve apuntando al suelo mientras él, al pie de la escalera, esperaba con los ojos cerrados y los brazos en posición de firme. Por un momento tuve la esperanza de que me dijera que no, que se arrepentía. Lo único que salió de su boca, en cambio, fue la insistencia:
Dale, matame ya.
Lo hice. Nunca pensé que fuera tan fácil. Apenas emitió un quejido leve. No hubo ni un fogonazo, ni un ruido. Lo difícil viene ahora: salir, volver a mis cosas, el recuerdo de su amistad.
Me despido con la mirada de ese cuerpo inerte que alguna vez fue mi amigo. Salgo por fin. Subo al auto y conduzco. El aire de la mañana anuncia un día cálido y luminoso. Tomo la avenida. Por suerte el tránsito me permite distraerme con un desplazamiento lento, arrullador.
En la zona donde se acaban las casas, me detengo en la banquina. Bajo y aspiro el olor del pasto mojado por el rocío. Un pájaro vuela cerca y chilla como si se quejara de mi presencia. Se posa en un árbol cercano y parece mirarme.
Vuelvo a subir. Saco el arma que acomodé con cuidado en la guantera. Un disparo casi inaudible, como un graznido leve, se perderá entre los árboles.
Una por vos, otra por mí.
Quizás recién mañana la policía se percate del auto en la banquina y del hombre muerto.

Lucila Lastero (Buenos Aires, 1978)

Profesora en Letras y Magíster en Estudios Literarios egresada de la Universidad Nacional de Salta. Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Actualmente trabaja como docente de literatura en la Ciudad de Buenos Aires. Participó de varios proyectos de investigación en estudios literarios y publicó ensayos y artículos de crítica literaria. Publicó los libros de microficción Regreso en breve (2015), Microlectos (2019) y el texto teatral Hay cadáveres (2015), entre otros libros. También participó de varias antologías de narrativa y de poesía.

De trazo prolífico y diverso a la hora de abordar géneros, Lastero juega con la impersonalidad de las cosas para volverlas reales y universales a través de la identificación en un estilo conciso y sencillo pero contundente.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones 

 
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