El último montonero

Relatos australes | Por Guido Moussa

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Las reflexiones de un caudillo sobre sus últimas batallas desnuda las
miserias de una Nación cuya historia se escribió con sangre y fuego sobre el mármol
y el bronce para luego ser olvidada y repetida más de una vez

Felipe Varela, caudillo de triste
memoria para la República Argentina, ha muerto en la última miseria,
legando sólo sus fatales antecedentes a su desgraciada familia.

Belisario López, cónsul argentino
en Copiapó, 4 de junio de 1870.


Vencemos en Cepeda y don Justo negocia en su palacio la reincorporación de Buenos Aires a la Confederación. ¿Por qué aceptar tantos condicionamientos si triunfamos derramando nuestra sangre en el campo de batalla? Pusimos a Mitre en retirada.
Chacho me pide que confíe. El Gobierno Nacional, dice, no pretende exterminarnos: lo que Mitre quiere es el restablecimiento de la paz y el imperio de la ley en toda la República.
Se supone, además, que una vez rubricado el instrumento legal correspondiente, los porteños nos devolverán los prisioneros nuestros que tienen en su poder.
En Mitre no se puede confiar, le digo a Chacho y le recuerdo que el general Mitre no tuvo ningún empacho en aliarse al rosismo para levantarse contra la Constitución Nacional y separar a Buenos Aires del resto del país. La altiva Buenos Aires no quiere soltar la alcancía del puerto. Nunca quiso. Poco le importaron y le importan el hambre y la miseria de sus compatriotas en el interior. Mitre, le digo a Chacho, anda por ahí pontificando la separación definitiva de Buenos Aires del resto de las provincias para constituir la pretenciosa «República del Plata». ¿Cómo confiar en alguien así?
Se habla de «exterminio»: Alberdi dice que el verdadero enemigo de Buenos Aires son los países interiores a quienes Buenos Aires tiene arrebatado el tesoro, su tráfico y todo su ser. Usurpadores de las rentas y derechos de las provincias, en beneficio de un pueblo vano, déspota e indolente, digo yo con el Doctor Alberdi.

¿Cumplirá el señor Mitre su palabra? me pregunto.
Obedezco. Pero no confío. Chacho se equivoca: no nos pueden entregar prisioneros que no tienen porque los fusilaron a todos.

Vándalo, forajido, hombre sin ley. Salvaje. Bárbaro. Salteador. Eso dicen de mí los civilizados porteños y sus degolladores de oficio: Sandes, Rivas, Arredondo, Paunero, Campos, Irrazábal y otros dignos mitristas que el presidente ha esparcido por el interior del país. Para regar de sangre la patria.
El señor Sarmiento, civilizador pulcro y decidido como pocos prefiere la palabra «outlaw».

La culta Buenos Aires no quiere soltar la alcancía. No importa cuántos tengan que morir. Obcecados, quieren combatir nuevamente.
Así que volvemos a vernos en los campos de Ares.
Prevalecemos sobre Mitre en Pavón pero don Justo se retira: a esta altura ya tiene bien claro que prefiere que lo dejen tranquilo en su palacio para, desde allí, continuar con sus prósperos negocios: ¿luchar por causas justas? le interesa más el dinero que puedan darle sus vacas. Así, el pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, cae en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre.

Sin embargo, no se pueden romper lanzas con don Justo: si hiciéramos eso, ninguna posibilidad tendríamos en adelante.
Don Justo es el único que puede unirnos.
No tenemos recursos económicos suficientes y, además, los porteños en el fondo lo odian. Ese romance no puede durar para siempre.

Mitre y sus esbirros se instalan en el Gobierno y de inmediato se dedican a aniquilar enemigos para consolidar su poder.
El señor Sarmiento aconseja al presidente no economizar sangre de gauchos. Mitre aplica la sugerencia.
Despliega una fuerza brutal y salvaje para asolar a las provincias.

¿Revolución? Para ellos 1810 fue apenas un golpe de Estado.
Ahora hablan de hacer la «unidad nacional».

Yo, todavía, obedezco. Estoy al mando en La Rioja. Chacho aún mantiene buenas relaciones con el gobierno nacional: aún cree que así puede cambiar algo, sin salirse de los estrechos márgenes de la ley. Es desde adentro Felipe que se cambian las cosas, me dice Ángel Vicente. También me ordena que recorra la provincia, que hable con la gente, que sume afiliaciones a la causa Federal.
Don Justo no nos defraudará llegada la hora. Chacho aún confía.
Recorro la provincia: Chilecito, Famatima, Guandacol —donde viví cuando niño—, Los Sauces, Aimogasta.
Si me detengo a mirar, mis soldados se parecen bastante a la gente pobre que visito y escucho.
Hay que saber escuchar a la gente más necesitada. A los olvidados. Así se aprende.
Veo injusticia y desigualdad. Compatriotas sumidos en la indigencia más absoluta, transitando padecimientos innombrables. Sin futuro.
Un sólido odio prospera y fermenta.
Poco le importa al general Mitre que las provincias se hallen en la más desesperante indigencia imaginable: desde que usurpó el Gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros públicos y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser el patrimonio de los porteños, condenando al provinciano a cederles hasta el pan que reservara para sus hijos. Ser porteño es ser ciudadano exclusivista, y ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del gobierno de Mitre.
Buenos Aires está decidida a aplastar al interior a todo precio y costo.
Eso que ellos llaman el «orden constituido» es injusto. Lo sé, lo veo y lo siento: nadie me lo cuenta.

Al fin, Chacho se alza contra el gobierno. Carlos Ángel, Severo Chumbita y yo lo seguimos.
Cruel y sanguinario, el uruguayo Sandes, uno de los coroneles de Mitre, nos derrota en Lomas Blancas. Escapamos con Chacho hacia Córdoba y volvemos a pelear en Las Playas: las fuerzas nacionales de Paunero y Sandes, en forma combinada, caen sobre nuestra montonera. Hay que conocer el horror que traen de regalo los civilizadores.
Mueren más de trescientos de los nuestros. Los sobrevivientes no son tomados prisioneros: son pasados por el cepo colombiano; sucumben pidiendo a los gritos la muerte que termine con la tortura.
Y Sandes, que nunca ve enteramente saciada su sed de sangre, manda cavar un pozo y hace arrojar ahí adentro los cadáveres y también a los sobrevivientes que agonizan. Los quema a todos.
El olor es horrible.
El señor Sarmiento dice de Sandes que es un gaucho, pero un tipo elevado de gaucho que desprecia al gaucho, pródigo en la sangre y poco dispuesto a economizar la ajena. Propenso al exterminio.
Así son los esbirros que Mitre despliega a lo largo y ancho del país para imponerse.
Es así como esta civilización exterminadora se propone prevalecer, para siempre, en las provincias.

Chacho y yo, heridos, escapamos de la masacre de Las Playas. En la diabólica guerra de policía desatada por el gobierno central contamos con el favor de los que no tienen nada y viven en ranchos olvidados, al fin de todas las cosas. Nos separamos y acordamos encontramos en el Jagüel, La Rioja.
Me persigue el mitrista Linares: borracho, ignorante y violento. Anda por ahí jactándose: dice que cuando me encuentre va a matarme como a un perro. La gente de Guandacol le da pistas falsas y llego a Valle Hermoso, desde donde puedo pasar a Chile.

¡Asesinaron al bravo Chacho! Habiendo entregado su puñal, el criminal Pablo Irrazábal mandó lancearlo.
Como no les alcanzó con el atroz homicidio, cortaron la cabeza de Chacho y me dicen que la exhiben en una pica en la plaza de Olta.
No hay piedad para nosotros los montoneros: la barbarie sarmientina aplaude.
Alzarse contra lo injusto se paga caro en la Argentina civilizada.

La represión no se detiene. Mitre está dispuesto a imponer su entendimiento de «unidad nacional» a los palos.
Es una apuesta a todo o nada. Muerto el Chacho, me toca continuar la lucha.

¿Y si Chacho tenía razón? Escribo a Urquiza: le ruego que monte a caballo a libertar a la República. Pero don Justo no me contesta.

La situación empeora. Mitre y sus socios invaden el Paraguay de López. Cosa de tres meses, dicen.
La alcaldada de los bárbaros civilizadores no conoce de límites: traspasa las fronteras y va por la Patria Grande.
Urquiza sigue sin contestarme. Si su respuesta es «no», quiero escucharla con mis propios oídos y de su propia boca.
La injusticia es mucha. Viajo a Entre Ríos a entrevistarme con el entrerriano.

La conversación con don Justo José es penosa: dice que peleará al lado de Mitre contra Paraguay. Me pide que lo acompañe, por lo menos hasta Basualdo, para seguir conversando.
Lo acompaño, aunque tengo mis propios planes.
Al llegar a Basualdo tres mil gauchos se rebelan y la tropa se desbanda.
El gobierno nacional nos acusa a López Jordán y a mí por levantar a los gauchos.
Entre Ríos, Córdoba, La Rioja, Catamarca: la rebelión se propaga y crece. La guerra contra Paraguay es impopular.
Paso a Chile para formar un ejército. Envío emisarios a Asunción. Viajo a Bolivia para sumar apoyos. Las noticias que recibo son alentadoras: Mendoza también se alzó y deshizo a las fuerzas nacionales de Irrazábal, el matador del Chacho. En San Juan, Felipe Saá tomó el poder. Paunero fue derrotado en San Luis.
Es el momento de volver a cruzar la cordillera. Me acompañan cuarenta bravos hombres.
Linares, otro de los coroneles de Mitre, nos sale al cruce con cuatrocientos soldados de línea para impedirnos ingresar a territorio argentino. Pero ellos luchan desganados y mi tropa derrocha bravura. Conseguimos avanzar.
Desde Catamarca vienen los montoneros de Severo Chumbita.
Recorremos los valles y llanos del norte en dirección al bastión mitrista que levantó el santiagueño Taboada.
Las noticias no paran de llegar: los cordobeses se amotinaron, sin embargo especulan, dicen que no los convence la causa de la montonera, aguardan expectantes a ver de qué lado les conviene ponerse cuando el tiempo escampe. Corrientes espera media palabra de Urquiza para sumarse.
Nos avisan que el santiagueño Taboada, lacayo provinciano del mitrismo que asola al país, se desplazó con sus fuerzas a La Rioja y dispersó la revolución Federal. Ahora ocupa la provincia para el gobierno nacional; tiempos cambiantes.
Según la información de la que dispongo el santiagueño, fuera de su reducto natural, está en inferioridad de condiciones, así que hacia allá marchamos.

El presidente ha esparcido «degolladores de oficio» por el interior del país: Sandes, Rivas, Arredondo, Paunero, Campos, Irrazábal llevan adelante su guerra de policía.
El ejército de línea está cerca. Andamos al sol, a revientacaballos. Es el mayor ejército que haya pasado por esta región: casi cinco mil hombres. El calorw es de fuego. Abrasa. Masticamos polvo. Se me mueren tres montoneros, sofocados, antes de entrar en combate. Pero de todos modos avanzamos bajo el sol fervoroso del Norte. Taboada nos espera en La Rioja.
Enrumbamos hacia el pozo de Vargas, única aguada en leguas a la redonda. Necesitamos agua. Taboada lo sabe: mantiene fortificada la zona.
Así que sedientos y menguados, hombres y bestias, pero dispuestos a pelear, al fin estamos frente a frente.

Taboada coloca al frente su infantería, escalonando la caballería en el centro y en los flancos. Mando colocar dos pequeñas piezas de artillería en el centro y a la izquierda la infantería comandada por Estanislao Medina. A la derecha, la caballería de Santiago Elizondo.
El primer cañonazo ruge a las dos y media de la tarde. Elizondo arremete desde la derecha y cae.
La infantería de Taboada abre fuego. El calor es insoportable. Entre el polvo y el sudor se entrevera la montonera con las fuerzas nacionales, bien equipadas y frescas.
La pelea dura ocho horas. Feroces ataques y contraataques. Mis hombres son bravos, los cadáveres se amontonan en los cercos, pero el enemigo está mejor armado y nos supera en número.
De pronto empieza a llover. Es una señal: el agua que cae del cielo renueva las fuerzas de la montonera. Logramos retroceder hasta las Mesillas y desde ahí rumbear hacia Jachal.
El coronel Octaviano Navarro nos persigue al frente de una fuerza de mil doscientos hombres.
Nos reorganizamos en los valles precordilleranos. Y ocurre algo inesperado: vamos a dar con el salvaje coronel Linares en la Cuesta de Miranda: lo derrotamos y mis subalternos lo capturan como a una rata y lo traen ante mí: ¿así que usted anda diciendo por ahí que va a matarme como un perro donde me encuentre, Linares? Le pregunto. No contesta, destila rabia. No se salva del proceso sumario donde confiesa todos sus horribles crímenes. Mis montoneros lo liquidan.

Recuperamos Chilecito. Me informan que Taboada ha puesto un gobernador y abandonó La Rioja; Santiago Elizondo ha corrido al gobernador títere y los montoneros recuperamos La Rioja sin dar un solo cintarazo.
Hacia La Rioja, entonces, marchamos de nuevo. Pero esta vez la cosa se pone más seria: cargan conjuntamente contra nosotros Taboada y el sanguinario general Arredondo: parece que el objetivo es aniquilar definitivamente la subversión. Mitre y sus esbirros no pueden distraerse con la montonera provinciana: necesitan dedicarse a su guerra contra el Paraguay.
En Punta del Agua Taboada nos da alcance y destroza nuestra retaguardia. Llegamos a Tinogasta como podemos, con Arredondo pisándonos los talones.
Somos apenas mil los que alcanzamos Antofagasta luego de una terrible marcha invernal atravesando la puna.

No pasó un año desde que iniciamos la campaña.
Todavía se puede. Queda algo por hacer: avanzo sobre Salta en busca de los pertrechos bélicos que necesitamos para triunfar.
El gobernador Ovejero, asistido por el artillero prusiano Francisco Host, declina toda posibilidad de rendirse a la montonera. Para darse ánimos, los defensores pasean por su línea el cadáver de un montonero: en algunas horas más, estarán corriendo desesperados a refugiarse entre los curas del monasterio.
Se desata el combate y para el medio día la munición de los defensores ralea: cede una de las barricadas y la defensa se desmorona. Triunfamos. Permanecemos en Salta una hora y partimos en dirección a Jujuy, hacia la quebrada de Humahuaca. El general Navarro nos sigue.

Largas marchas revientan nuestros caballos. Algunos de los hombres van a pie. No es un ejército esta caravana greñuda y harapienta que desanda paisajes lunares hacia el destierro.
El último.

Lejos de mi familia languidezco en Copiapó. Tuberculosis y miseria me obligan a humillarme: viajo a mendigarle unos pesos a Félix Frías, representante diplomático del gobierno de Sarmiento.

Un periódico local escribe sobre mí: «Se apaga lentamente ante la atenta mirada de los diplomáticos argentinos que, como parte de sus tareas administrativas, constatan prolijamente su irreversible deterioro, quien hasta hace poco fue un temible líder montonero. Informan a Buenos Aires meticulosamente sobre el avance de la decadencia que consume a Felipe Varela: indigencia y enfermedad hacen su trabajo sin errores. Buenos Aires siente alivio».

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Guido Moussa (Resistencia, 1978) 

Escribió para el suplemento cultural de Primera Línea y en la revista cultural Cuna. Participó en la antología Como Seelstrang – Nuevas crónicas de Resistencia (2013). Publicó las novelas Rock (2014), Sabemos quién mató a Nisman (2015) y Electrónica (2016), en coautoría con Alfredo Germignani, con quien fundó la plataforma creativa Literatura Tropical. Editó la antología Cuentos Tropicantes (2014). Premio Letras UNNE 2016, categoría cuento corto. En 2018 publicó Historia de la Literatura Tropical Ilustrada y en tres partes.

La prosa de Moussa es sólida y austera pero no ahorra detalles estratégicos para causar tensión o pavor en el lector, según la necesidad de la trama. Hábil para describir los venenos que circulan entre las relaciones familiares, en este relato hace gala de cómo es capaz de utilizar ese recurso a nivel macro y describirnos los venenos de un país.

 

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar