Pescadores

Relatos australes | Por Sandro Centurión

Escuchá este relato en su versión audiocuento 

Un tríptico de cuentos no convencionales: dos trabajadores que hacen un descubrimiento fantástico sin que eso modifique su rutina, un saboteador serial de cajeros automáticos y el relato de un crimen perfectamente despojado de elementos policiales

Wilfredo Honorio Espinoza y Ambrosio Rojas son pescadores de toda la vida. Nacieron a orillas del Río Paraguay y lo conocen como nadie. Viven de la pesca. Aman la pesca. No conciben la vida sin la pesca. Tienen una experticia comprobada sobre un sin número de peces. Pasan gran parte de los días y de las noches en la canoa, conversando y pescando. Son ellos también seres de agua y barro que deambulan en el río. Esta noche, con el espinel, apenas algunos bagres y unas pirañas les han podido robar a las aguas turbias. Pero mientras recogen el mallón sienten que suben a la canoa algo grande atrapado entre las redes. Apuntan sus linternas y alumbran. Ahí está, enredada en la malla de hilos, en el fondo de la canoa, una joven y hermosa sirena. Yace indefensa, sin más armas que su belleza mitológica, su larga cabellera, sus ojos verdes, sus labios gruesos y sus senos voluminosos que atraen la mirada de los pescadores. Entonces, la mitológica mujer pez mira a los hombres y empieza a gemir; luego una especie de canto lastimero envuelve a la noche silenciosa. El vaivén de la canoa repite el ritmo acompasado por el oleaje del río. Wilfredo y Ambrosio se miran en la oscuridad, acaso para confirmar la veracidad de lo que están viviendo. Pasan unas horas del extraño suceso, sentados alrededor del fuego, a la vera del Paraguay, los dos hombres coinciden en sus conversaciones acerca de que la cola de la sirena no tiene nada de distinto de la de un sábalo, una corvina o un surubí, pero el resto, sobre todo la cabeza y las costillas tienen un sabor único, incomparable, sin duda exquisito. Está decidido, de ahora en más sólo pescarán sirenas.

“Julieta tiene un revólver”, Maten al mensajero, Colección Gong, Bs As, 2018.

Pequeño acto de terrorismo urbano

La fila en el cajero comienza a hacerse cada vez más larga. Es primero del mes y el cobro de sueldos hizo salir la desesperación a las calles en busca de billetes. Mirko lo sabe y por eso se ha puesto él también en la fila. Hay cinco antes de él y detrás contó veinte. La fila avanza lento pero constante. Entra la viejita con su nieta y Mirko la escanea de pies a cabeza, pero la chica lo ignora, entra el de la moto estacionada en la vereda que dejó el casco apoyado sobre el espejo, entra la señora gorda con la nena que no deja de torturar al celular de la madre, entra la parejita enamorada y demoran porque ella se hace la que no sabe dónde meter la tarjeta. Es el turno de Mirko que entra al pequeño cubículo del cajero, el aire acondicionado está encendido y por lo limpio del lugar se ve que hace un rato estuvo el muchacho de mantenimiento. Mirko se para frente al aparato, lo mira y presiona los botones, e imita la misma rutina que hicieron todos antes que él. Mirko no tiene tarjeta, no tiene sueldo alguno, no tiene nada que hacer en ese lugar, sin embargo, ahí está por pura convicción y voluntad. Demora más de lo necesario y entonces sale. Levanta la cabeza, los mira a todos los de la fila. “No tiene plata” dice, y todos los de la fila se lamentan y putean. La fila se desbanda, uno que llega ve a los demás irse y también se va. Mirko también empieza a irse, mira hacia todos lados para confirmar el éxito de su trabajo. No queda nadie. Mirko camina satisfecho, y rumbea hacia el próximo cajero automático.

“Bramido. Antología formoseña x 4”, Macedonia Ediciones, Bs As, 2019

Un cuento no policial

Este no es un cuento policial. Se lo digo yo que de esos conozco bastante. Si lo fuera habría por lo menos un tipo que investiga, un detective, un comisario o una vieja curiosa que se mete en lo que no le importa. Este no es el caso, pues acá no hay nadie que investigue, nadie que le dedique dos segundos de su tiempo a resolver un enigma. Ése es el otro punto que también está ausente en esta historia y que la convierte en un cuento no policial, no hay enigma ni incertidumbre alguna, y es lógico pues si no hay un alguien que se preocupe por investigar tampoco hay enigma que salga a la luz. Si un árbol cae en medio del bosque y nadie lo oye ¿cayó realmente? Si a un tipo como Ernesto le disparan en la cabeza en medio de la calle y nadie lo ve ni lo oye ¿le dispararon realmente? Insisto en que este no es cuento policial, en los cuentos policiales hay sospechosos. Cada uno con un motivo para matar a la víctima y también con una coartada que le permita escapar de la categoría de sospechosos. Algunos siempre son más sospechosos que otros, los celosos, los soberbios, los ambiciosos y los rencorosos son los que más posibilidades tienen de dejar de ser sospechosos para ser finalmente culpables. Sin embargo, como este no es cuento policial y no hay quien interrogue a los sospechosos porque tampoco hay nada para preguntar, los acaso sospechosos llegan a ser apenas transeúntes ocasionales, gente, muchedumbre, la masa, nadie. El culpable resulta entonces un elemento innecesario en la reconstrucción de la historia. La ausencia de estos elementos fundamentales de la ficción policial constituye la imposibilidad de incorporar a esta historia en la prestigiosa categoría de cuento policial. Esto desde luego genera consecuencias indeseadas a la hora de poder entender lo que le pasó a Ernesto. Se sabe que Ernesto recibió tres balazos en la cabeza, en medio de la calle, cuando salía de trabajar, y punto. Es un típico cuento no policial, una producción estética propia de la decadente posmodernidad que toma como punto central de la construcción narratológica el desinterés por la cosa humana. El cuento no policial no es transgresor, es decadente, desanimado, escrito por el solo acto de juntar palabras para llenar espacios y repetir un molde hueco por dentro. Esta historia no es un cuento policial, es la vida de Ernesto y por ende sólo atañe a Ernesto, (que está muerto) o a lo sumo a su viuda, que llora con desconsuelo junto a su cadáver que aun chorrea los últimos restos de sangre.

En un cuento no policial el elemento principal, único para ser más preciso, es la ineludible presencia de la víctima. Es la víctima en su destellante soledad la que ocupa el centro de la escena, la que fundamenta, sostiene y alimenta con su cuerpo y con su sangre a la historia en su conjunto. Pero la víctima es víctima siempre en presente, el estado natural de la víctima es el presente pues en el pasado no era víctima era otra cosa, una inexistencia para el cuento no policial. Es el crimen lo que le da existencia, lo que la hace visible, sin esto la víctima es nada, o mejor dicho es apenas Ernesto. Por ello, el cuento no policial sólo existe en razón del presente, a diferencia del cuento policial que es una mera reconstrucción del pasado. El pasado de Ernesto no importa pues antes de que alguien le disparara tres tiros en la cabeza en medio de la calle al salir del trabajo Ernesto no existía. Ahora existe, muerto. En este cuento no policial no hay desafío alguno para el lector, no tiene sentido adelantarse y leer el final para develar el enigma, que no existe. No hay pistas falsas que conduzcan el razonamiento hacia otra parte, no hay pistas ciertas que pasen desapercibidas para el ojo entrenado. No. No hay nada de eso porque al cuento no policial no le interesa mantener atrapado al lector en una trama hipócrita y artificial. El cuento no policial no narra una historia, la escupe. Por eso nadie con un poco de sentido común contaría la historia de Ernesto como un cuento policial y si lo hiciera el relato sería inverosímil. Lo cierto es que a Ernesto le dispararon tres veces en la cabeza al salir del trabajo. La policía jamás llegó porque en el Barrio de Ernesto la Policía no entra. El barrio entonces es también no policial. Nadie tomó fotos, nadie interrogó a posibles testigos, ni se llenaron interminables formularios. Eso ocurre en la ficción o en una realidad paralela, paralela a la ruta que divide el barrio de Ernesto del resto de la sociedad donde sí se narran historias policiales. Para Ernesto no hay cuento policial por la simple razón de que su historia no encaja en los moldes ortodoxos de la literatura. Para Ernesto entonces hay una no literatura, un cuento no policial. Como tantos, Ernesto terminó tirado en una zanja. Ese es el final recurrente en un cuento no policial. En el cuento no policial, no hay crímenes perfectos ni imperfectos. Sólo crímenes que saben a cotidianeidad. La misma idea de crimen se cuestiona en el cuento no policial; a veces es apenas algo que le pasó a alguien a una hora determinada. Un hecho inevitable en el destino de quienes viven de este lado de la ruta. Ahora el hijo de Ernesto anda armado. No trata de averiguar quién mató a su padre porque está seguro de saberlo desde siempre. Ni bien se lo cruce en el barrio le va a pagar tres tiros en la cabeza. Pero esa es otra historia, otro cuento no policial.

“Julieta tiene un revólver”, Maten al mensajero, Colección Gong, Bs As, 2018.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones 

Sandro Centurión (Villa Dos Trece, Formosa, 1975)

Magister en Enseñanza de la Lengua y la Literatura (2018, UNR) y Escritor. Ha publicado entre otras cosas: 2019, “Bramido. Antología formoseña x4”, Macedonia Ediciones; 2018 “Julieta tiene un revólver” Maten al mensajero, 2016 “El problema de la canilla que gotea” Micrópolis, 2015 “Yo también maté a un Terminator”; 2014 “Doble Filo” Cuentos. Sandro Centurión y José Roldán; 2013 “Valeria y los espejos” del autor. 2011 “Rinocerontes bajo la mesa” Colección Cultura; 2009 “Dan ganas de matar y otros cuentos” Ebude. España; 2009 “La vida es una minificción” Ñasaindy Cartonera; 2008 “Minificciones”. Dicta charlas y talleres literarios en Formosa y la región. Sus textos han sido recogidos en numerosas antologías nacionales e internacionales.

Punzante e irreverente, la literatura de Centurión tiene picos de humor negro y absurdo que lo emparentan tanto con los relatos Scholem Aleijem como Fernando Sorrentino. La inversión de roles entre lo extraño y lo cotidiano así como la manera lúdica en que desmantela géneros hacen de este autor un verdadero manjar oculto dentro de la literatura argentina contemporánea.

 

 

 
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