La casa Garibaldi

Relatos australes | Por Sebastián Borkoski

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Dos relatos que presentan diferentes tipos de misterio: las tramas del
poder en los pequeños feudos y lo que acecha en lo profundo de los árboles

En julio de 1967 el suicidio de Juan Kumplen conmocionó la ciudad. Los habitantes más observadores no se mostraron sorprendidos con el final del solitario y perturbado funcionario del gobierno. Sin embargo, nadie esperaba lo que ocurrió un año después. En ese momento todo cambió. Durante más de treinta años, la casa Garibaldi fue sinónimo de muerte y misterio. Lo que una vez fue el hogar de una familia poderosa, súbitamente, se transformó en un símbolo de la oscuridad que cubre este mundo. Hoy, con el deceso de Genovonte Garibaldi, la historia da un giro inesperado. Todo se resume en una serie de cartas.

Primera carta
Julio de 1967

Hice muchas cosas de las cuales no estoy orgulloso. Quería tener todos los activos necesarios para poder formar una familia prolija y sin preocupaciones. En el afán de conseguirlo, me quedé solo. Pensé que iba a poder vivir tranquilo en búsqueda de esa familia y que, encontrarla y enfocarme en ella, iba a anestesiar la culpa de los métodos empleados para conseguir lo que tengo. Sin embargo, mis pesares tomaron forma de monstruos que rasgan los pisos de mi cuarto mientras duermo. Golpean el suelo, todo tiembla durante las noches. Ya levanté todas las tablas del piso de madera y no encontré nada. A veces, los sonidos vienen también de las paredes. No existe peor angustia que sentir malas compañías en soledad. La gente que perjudiqué hace años, se está muriendo. Y deben ser ellos los que vienen a visitarme. Si no puedo estar solo, no puedo dormir. Si no puedo dormir no puedo descansar, y, si no puedo descansar, no puedo trabajar. ¿De qué sirve vivir adicto al Alplax? ¿De qué sirve todo lo que hice? ¿Para qué sirve esta vida de mierda? A los peritos que revisen mi cuerpo les pido respeto. Voy a cortarme las venas para una muerte simple.
Juan Kumplen

Segunda carta
Octubre 1968

Jamás tuve sangre de asesino. Siempre lo supe. Sin embargo me convertí en un monstruo cuando mis ambiciones desconocieron sus límites. Maté a un hombre extraño, solitario y maligno. Es cierto. No era mi intención en un principio, pero debo reconocer que la culpa jamás invadió mi corazón por sí misma. Mi vecino era esquivo, soberbio y repulsivo. Yo vine primero a esta mansión. Lamentablemente, una pared partía a la mitad la enorme casa cuando habían ejecutado la hipoteca. Era demasiado grande para que alguien la comprara rápidamente y su perfecta simetría había permitido dividirla en partes iguales. El banco juzgó mejor hacer esta división para disimular el ahogo financiero intencional que ejerció sobre el primer propietario. Yo sólo pude comprar una mitad. Quería la otra, la deseaba con fervor. Fue una hipoteca arreglada, mi vecino también se benefició unas semanas después de mí. Pero era yo quien trabajaba en el banco, yo había hecho todo lo posible para quebrar al infeliz del dueño anterior. Un golpe de suerte me llevó a descubrir un túnel secreto que conecta ambas mitades. Lo voy a describir brevemente para facilitar el trabajo de los investigadores. Solamente se ingresa desde la mitad que me pertenece. El túnel se encuentra debajo de un contra piso muy grueso. Sabía de las actividades ilegales de mi vecino. Acá nos conocemos todos. También sabía de su naturaleza supersticiosa y temerosa. Me resultó sencillo asustarlo desde el subsuelo que él desconocía. Golpeaba bajo su cuarto con un martillo, rasgaba el cemento con una pata de cabra, lo que provocaba un sonido espantoso. Desde abajo, podía escuchar los gritos del vecino, podía sentir el temor en sus ojos cuando lo cruzaba mal dormido por las mañanas. Pensé que en pocas semanas abandonaría su casa y yo lograría comprar esa mitad que me faltaba a un módico precio. Durante estos años, no había hecho otra cosa más que ahorrar para esos fines. Mi vecino comenzó a hablar de espíritus malignos y yo mismo alimenté el rumor. Pero el muy obstinado se rehusaba a abandonar la propiedad. La bendijo con sacerdotes innumerables veces buscando calma. Mi espera se hacía eterna. Entonces tomé la decisión de la cual ahora me arrepiento con amargura. Conocía perfectamente sus horarios laborales. Su comportamiento era tan ordenado como predecible. Desde el túnel, logré fabricar una entrada a su casa. Dicha entrada salía dentro de uno de sus depósitos. Así, pude ingresar una noche. Luego de dormirlo con cloroformo, corté sus venas con un cuchillo que tomé con sus propias manos inertes por el químico. Escribí una convincente carta de suicidio mientras se desangraba. Tomé los cuidados necesarios para no dejar más huellas que las suyas. Sabía que pasarían varias horas antes de que descubrieran el cuerpo. Sellé la entrada y nadie jamás la encontró. Ya estaba hecho, luego de unas pocas semanas la gente dejó de hablar del extraño caso, compré la mitad que tanto quería y que el resto de las personas suponía maldita.

Exactamente un año después de su muerte, él volvió. Apareció frente a mi cama diciéndome que más allá de la muerte no había secretos. Sólo podemos ocultar cosas a los que están vivos. Me mostró sus muñecas, y una hoja en blanco. Me dijo que solamente acompañándolo y diciendo la verdad encontraría paz. No mintió, volvió sistemáticamente todas las noches a atormentarme. Ahora soy yo el que, verdaderamente, elije el falso suicidio que había redactado para él.
Esteban Pon Smith

Tercera carta
Marzo 1997

Voy a morirme anciano y ahogándome en mis propios malestares. Lo peor es que muero sin llegar a ser siquiera un destello del hombre que alguna vez fui. En esta pequeña y obtusa ciudad, llevo la pesada cruz de ser el responsable de acabar con una dinastía poderosa. Sin embargo, muero en paz y, como ninguna persona en este inmundo pueblo podría creerlo, ni siquiera mis propios hijos, voy a dejar esta confesión. Todos saben que una vez fui el dueño de la casa Garibaldi. Pues soy único hijo de Cósimo Garibaldi, el que la edificó. Me crié en esa casa con la esperanza de morir en ella para que mis hijos siguieran el mismo camino. Quise expandir mis negocios y no tuve mejor idea que recurrir a un banco, en realidad, ellos vinieron a ofrecerme la oportunidad de crecer con un pequeño apalancamiento. Dijeron que sería una estupidez no aprovechar el momento de la economía regional. El estúpido fui yo. Dejé la mansión que había heredado de mi padre como garantía confiando en la buena fe de unos banqueros inescrupulosos y envidiosos. Mis negocios se expandieron pero las utilidades solamente se destinaban a pagar intereses cada vez mayores. Me habían estafado, había firmado un contrato asesino. En menos de un año, iban a ejecutar la hipoteca de la casa que tanto amaba, donde tenía todos los recuerdos. Pedí un tiempo, sabía que no iba a poder salvarla. Usé parte del dinero que me quedaba para reacondicionar el túnel que estaba bajo la casa. Mi padre se tomaba muy en serio las amenazas que recibía como hombre poderoso que era. El túnel no figuraba en ningún plano catastral. Salía de la casa y terminaba en un sistema cloacal. Luego de atravesar casi un kilómetro de porquerías, había una boca secreta que llevaba al sumidero de una calle poco transitada. Una salida secreta. Para eso lo había pensado mi padre y me lo había confesado en su lecho de muerte. El viejo estaba orgulloso de no haber tenido que utilizarla nunca. Cuando me echaron de la casa, la salida se convirtió en entrada. De repente, las partes que más odiaba del pasado y el presente de mi vida se habían unido. Los pesados años de avanzados estudios de caligrafía y la pila de documentos y demandas escritas por los estafadores se convirtieron en un objeto de práctica con el único fin de lograr cartas que convencieran al peritaje. Lo logré. Esos ladinos de Pon Smith y Kumplen jamás disfrutaron de mi casa, y nadie más en este pueblo tonto y supersticioso. Que se sepa ahora que Genovonte Garibaldi fue el autor de la más paciente de las venganzas. Descanso en el abismo, en paz.
Genovonte Garibaldi

Los ojos del monte

Apenas sintió el golpe, supo de inmediato que se trataba de un animal de buen tamaño. La óptica derecha de su vehículo estaba dañada. Estacionó en la banquina e, instintivamente, detuvo el motor. Los sonidos del animal retorciéndose en el pasto venían de más atrás. Mucho más atrás. Movido por la compasión y algo de culpa, tomó su linterna y comenzó a marchar lentamente. La noche del monte se hacía oír. Volvió sobre sus pasos y buscó en la gaveta el revolver que guardaba más como escudo que como espada. Prosiguió su marcha buscando a la víctima de su imprudencia.

Los sonidos en el pasto se hicieron más débiles pero ya podía ver el bulto al costado del camino. Era una corzuela parda, fuerte y serena. Respiraba lentamente. No había sangre; el golpe había lesionado las caderas del animal. Allí yacía, confundida e incapacitada. No estaba seguro de cómo proceder. Había que sacar al animal de ahí, ¿pero cómo? El hombre no tenía la fuerza suficiente para llevarla hasta su auto, había avanzado más de quinientos metros luego del golpe. Necesitaba ayuda pero su teléfono, a esas profundas latitudes, estaba muerto.

Se quedó junto a ella esperando que algún auto pasara, sorprendido por ese extraño sentimiento de culpa que lo anclaba al lado del animal. La corzuela se mantenía tranquila. Ahora, él sentía un enorme pesar, no sabía si el animal le agradecía la compañía o le reprochaba el accidente. Dos autos pasaron de largo; rápidos y desconfiados de un loco haciendo señas en medio de la noche. No los juzgó, él tampoco hubiese parado. El hombre se dio cuenta de que, si no recibía ayuda, el animal estaría definitivamente condenado.

La corzuela comenzó a agitarse, su respiración se aceleró. El hombre no podía hacer más que un último acto de misericordia con su arma. Cuando pensó en hacerlo, un sonido extraño volteó su cabeza en dirección al monte. Un par de ojos brillantes aparecieron entre la vegetación. Estuvieron ahí, inmóviles, acechándolo. Las piernas del hombre se debilitaron, la corzuela se agitaba cada vez más. Finalmente, la oscuridad vomitó un rugido espeluznante. El felino, con temple, reclamaba su presa.

El pavor del hombre giró su arma hacia el monte y efectuó dos disparos. Otro rugido, y los ojos amenazantes se perdieron en el follaje. La corzuela se horrorizó por el sonido del revolver aunque ya no tenía fuerzas para gemir. «Habré lastimado al bicho, no se va a animar a volver», pensó para intentar calmarse a sí mismo. La corzuela conectó sus ojos por primera vez con el hombre, pero él, desesperado, sólo se levantó para abandonar el lugar. Dio los primeros pasos y sintió nuevamente la inquietud del monte. El felino volvió a clavarle su mirada entre la espesura. Cuando el hombre percibió su presencia, disparó una vez más como acto reflejo. Alterado, se alejó de la corzuela. Durante interminables segundos, corrió en dirección a su automóvil. A metros aún de su objetivo, el hombre tropezó. Levantó su cabeza y los ojos del monte habían vuelto, acompañados esta vez. La corzuela había dejado de moverse, y de ser la presa. Quedaban tres balas. El hombre disparó tiros desesperados que sonaron vacíos en la noche y continuó una exaltada carrera que jamás pudo concluir.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Sebastián Borkoski (Posadas, Misiones, 1981) 

Escritor, traductor e ingeniero industrial. Publicó las novelas El puñal escondido (2011) y Trampa Furtiva (2013); y los libros de cuentos Cetrero Nocturno (2012), Los diablos blancos (2016) y Cuentos Breves (2019). En 2018, Borkoski fue reconocido por su trayectoria en el Senado nacional con el diploma de honor a Escritores de la Nación. En 2019, el proyecto audiovisual basado en su cuento “Cetrero Nocturno”, cuya adaptación fue realizada por el cineasta Elián Guerin y el ilustrador Maco Pacheco, fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes y seleccionado por el INCAA. También durante el 2019 se estrenó “Sicarios” una obra de teatro escrita en co-autoría con el director de Entre Ríos Juan Khoner.

Sebastián Borkoski trabaja una narrativa que retrata con precisión la naturaleza compleja, oscura y acechante, tanto de nuestros paisajes como de nuestros habitantes del interior. Hay elementos fantásticos como policiales con dosis calibradas de violencia.

 

 

 
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