Fichas

Relatos australes | Por Juan José “Juanci” Laborda Claverie

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Ya no quedan salones de videojuegos en la ciudad. Posiblemente ya hubiera otros, pero el primero que recuerdo es el de San Martín al 600, a dos cuadras de casa, en el límite de la zona segura, ese pequeño corredor de manzanas que cuando uno es chico se le está permitido recorrer sin tener que pedir permiso.

La primera vez que fuimos fue un otoño. Éramos varios pibes boicoteándole a los gritos la siesta a los padres de Pablo. Su papá le dio un billete y ordenó que nos fuéramos un rato a los videojuegos, que comprara fichas para todos y que no volviéramos hasta la tarde.

Lo primero que recuerdo es encontrarme a mi primo Rocco, un primo segundo varios años mayor que siempre estaba rodeado de chicas bonitas, chicas de su edad que le sonreían y golpeaban en el pecho, o que le sonreían y acomodaban el cuello de la camisa, o chicas que simplemente le sonreían y no dejaban de mirarlo. Roco me saludó y presentó a sus amigas, y antes de dejarme seguir me aconsejó portate bien.

La fauna del salón estaba bien definida. En la entrada estaban los pibes populares, aquellos que no les interesaba jugar, sino que utilizaban el lugar como centro de encuentro. Al fondo del salón, jugando únicamente a los pinballs, se ubicaban los chicos de negro; chicos más grandes que nosotros que no se relacionaban con nadie, que vestían de oscuro, se decía que eran anarquistas —ninguno de nosotros sabía qué significaba esa palabra— o que eran motoqueros, aunque nunca les vimos una moto. También se encontraban los niñitos pobres que jugaban a las máquinas más viejas, donde nadie los molestara. En la ciudad de entonces esa denominación no refería la condición social, sino que se trataban de niños y adolescentes de hábitos callejeros, que lucían un aseo dudoso y se desconocía su condición de escolaridad. Abuelas y tías se referían a ellos como pobres niñitos, todo el día en la calle, no tienen familia que se preocupe por ellos. Y estábamos nosotros, pre adolescentes de clase trabajadora, socializando en nuestras primeras escapadas de casa, que nos esparcíamos por todo el salón.
Mi cara de nene inexperto dando sus primeros pasos en la calle atrajo a los niñitos pobres como moscas. Tras inspeccionar el salón elegí un juego de peleas que estaba vacío —no recuerdo cuál—. Uno de mis escoltas se ofreció a introducirme la ficha pero le dije que no, que quería hacerlo yo, y así lo hice.
Sigue una secuencia confusa. Depositar la ficha, de un salto incorporarme hasta la pantalla esperando la magia. Los movimientos rituales de los niñitos pobres por debajo mío. Una leyenda en la pantalla que entonces no significaba nada exclamando Insert Coin. Tocar botones esperando que algo haga reaccionar a la máquina. Que quienes me rodeaban se dispersaran. Esperar, esperar y lagrimear. Que una de las amigas de Roco note mi desazón y me señale. Que mi primo se acerque a preguntarme qué pasó. Decirle que la máquina se comió mi ficha. Que él toque el tablero. Que pregunte si cuando la introduje había alguien tocando el pestillo de la ranura. Decirle que sí y señalarle a los niñitos pobres que estaban amontonados jugando en una esquina del salón. Que Roco me diga que espere, que fuera a increparlos, que primero lo ignoraran, que luego cuando sacudió a uno —al más alto— lo rodearan y empujaran, que mi primo no se dejara intimidar, que le tirara un sonoro cachetazo en la cara al más petiso, y que volviera con el más alto, que otro le diera un chirlo a la nuca, que las chicas gritaran, que el tipo de la caja los amenazara sin moverse de su lugar que la cortaban o no los dejaba entrar nunca más, que tranquilizado todo Roco me dijera que ya se la habían gastado, pero que me quedara tranquilo, que nunca más se meterían conmigo, y que para animarme me regalara una nueva ficha que gasté en el Rastan.

Desde ese día empecé a hacer mandados en casa, a levantar la mesa y lavar los platos, a comprarle puchos a mi tía en el kiosco de la esquina, y a visitar a tías abuelas con el único fin de conseguir dinero para los videojuegos. Las fichas nunca resultaban suficientes. El dinero se terminaba temprano y nuestras ganas de jugar seguían firmes. Intentamos fabricar clandestinamente nuestras propias fichas. Introducir monedas viejas y sin valor, martillar balines de aire comprimido, plomines de pesca, pasar papeles por la cajuela, e incluso fundirle tanza a una ficha para que marcara varias veces en la máquina. Nada de eso funcionó.

Cuando mi primo estaba podía jugar todo lo que quisiera. Cuando no gozaba de protección, los niñitos pobres me hostigaban. Primero me pedían una ficha o plata, y si uno no les daba o no tenía, empezaban a decir cosas para asustarme, como que me parecía al último chico que acuchillaron, o que tenía mejor culo que su novio, y luego metían las manos en mis bolsillos buscando llevarse cualquier cosa que tuviera. Si uno intentaba resistirse, llovían piñas a las costillas y puntapiés a las canillas. No importaba si uno estaba acompañado por amigos, ellos siempre eran más y a todos nos asustaban por igual. Esas veces comprábamos una única ficha y guardabamos el vuelto en el bolsillo chiquito del pantalón, o bien volvíamos a casa sin jugar para evitarnos el mal rato. Hoy me pregunto si los encargados ignoraban cómo nos patoteaban a los más chicos o si no les importaba.
El miedo duró hasta que conocimos a los hermanos Korioto: Beto y Ale. Beto el más grande, era un año más chico que nosotros pero nos sacaba una cabeza para arriba y dos espaldas. Se decía que por su tamaño y por lo violento, su padre lo había mandado a rugby para que aprendiera disciplina y a controlar su fuerza, pero que resultó todo lo contrario; ahora se la pasaba buscando pelea a todos sabiendo que contaba con el respaldo incondicional de otras 14 bestias como él, más las divisiones superiores del club. Ale, el más chico, tenía un tamaño normal para su edad y era muy picante, provocador y bardero, tanto como puede ser un niño que sabe de la impunidad que le brinda ese tipo de hermano mayor.
Llegaron una tarde. Uno los presentó como sus primos. Beto jugaba con nosotros a las Tortugas Ninja y Ale lo hacía solo en el Capitán América. Cuando los niñitos pobres descubrieron al hermano menor jugando desamparado lo rodearon y comenzaron su ritual de amedrentamiento, sin embargo Korioto pequeño los invitaba a chuparle la pija mientras seguía matando androides con Iron-Man, y apenas sintió el primer golpe en las costillas llamó a su hermano: Gordo, estos chicos me acaban de pegar. Beto soltó a Donatello en medio de la lucha contra el rinoceronte mutante y salió caminando lento hacia su hermano, como si supiera los movimientos exactos que tuviera que hacer para generar miedo. Abandonamos nuestros controles y lo escoltamos. No es que fuéramos a pelear por él, pero queríamos ser testigos de cómo alguien por fin enfrentaba a los niñitos pobres y les ponía los puntos.
Quién de ustedes le pegó a mi hermano, amenazó el grandote.
No contestaron. Los pibes se acomodaron frente a Beto formando una pared en un gesto que quería decir que no le tenían miedo.
Quién le pegó a mi hermano, repitió mostrando los puños cerrados.
Ninguno, dijo el más bajo,
Queríamos hacernos amigos, dijo otro, y tu hermano nos puteó. Es un maleducado.
Beto olió el miedo en el aire y se envalentonó.
A mi hermano lo educó la misma madre que a mí. Los voy a matar, gritó sobreactuando el enojo y arrojó un manotazo al aire que los niñitos pobres alcanzaron a esquivar saltando hacia la puerta de calle.
El encargado amenazó desde su lugar con echarlos a todos.
Si ya nos íbamos, dijo el más alto de los niñitos, el mismo que se había peleado con mi primo Roco
No te pongas así, grandote, dijo otro. Respeto, chabón, respeto.
Desde ese día no hubo una sola tarde que no fuéramos a jugar sin los hermanos. Si no tenían plata siempre les convidábamos alguna ficha.

En la ciudad los salones de videojuegos se multiplicaban y nosotros variábamos buscando cuál tenía la novedad. Tías y abuelos repetían el rumor de que allí nos daban droga, que tuviéramos cuidado, que la colocaban en las palancas y botones, que nos entraba por la piel y que así nos hacíamos adictos a las maquinitas y gastábamos toda nuestra plata allí, que era cierto, que lo habían escuchado en la tele en el programa de Susana Giménez. Mientras tanto nosotros transformábamos los salones en el escenario de nuestros primeros cigarrillos, puchos que les afanábamos a nuestros padres.

A los juegos cooperativos de varios jugadores se sumaron los de desafío, principalmente de pelea y deportes. Cualquiera de los que nos miraba jugar podía colocar su ficha y desafiarnos, y si nos ganaba dejarnos sin nada. Estaban esas caras conocidas, pibes a los que no les sabíamos el nombre, y que nadie quería enfrentar porque perdíamos seguro. Éramos jugadores discretos, podíamos ganar y perder con cualquiera. Comprábamos la revista Hobby Consolas para aprender combos y trucos que pudiéramos usar para ganar, pero que apenas servían para hacer más digna nuestras derrotas, Cuando jugábamos entre nosotros nos picudeábamos de lo lindo, excepto con Beto, porque él se enojaba en serio y nos tiraba unos puñetazos amistosos a los riñones que nos hacían retorcer de dolor.
Y un día apareció Gatito, un enano picudo que iba a Acción Católica con Pablo. Era imbatible en cualquier juego, incluso esas caras conocidas que no queríamos enfrentar perdían con él. Tratarlo era fácil. Tan sólo había que admitir que era mejor que nosotros y pedirle —casi suplicarle— que no metiera su ficha a no ser que estuviéramos perdiendo. Incluso, a veces, le entregábamos los controles para que nos pasara algún nivel difícil. Nosotros lo tratábamos así; Beto no. Él siempre encontraba alguna excusa para sus derrotas con Gatito: que su palanca no respondía, que le fallaba algún botón, que alguno de nosotros lo distrajo, etcétera. Hasta que finalmente se le terminaron las palabras, y se dedicó a buscar motivos para pegarle. Le pidió varias veces a Ale que lo provocara, pero el hermano menor se llevaba de maravillas con el petiso y se negó. Y tras una nueva derrota con él, lo invitó a pelear porque sí.
Si querés pegarme porque te gané en un juego, hacelo, se defendió Gatito.Seguro me ganás, pero eso va a hablar muy mal de vos.
Todos nosotros, que queríamos evitar la destrucción del petiso, le dimos la razón y Beto se quedó sin pelea. Desde el fondo del salón retumbó el grito de gordo pelotudo.
Un sábado a la mañana Beto citó a Gatito en la máquina de Street Fighter II. El grandote llevaba unos guantes con los dedos recortados. Hoy no me voy de acá si no te gano, dijo y cambió en la caja todos sus ahorros por fichas. En épocas del 1 a 1 esos 100 pesos se convirtieron en 400 créditos. A las 12:30 Gatito empezó a quejarse que se aburría, y a las 13:20 se despidió diciendo que lo esperaban para comer. Quedate cagón, me hiciste gastar todos mis ahorros, lo provocó Beto. Le tengo más miedo a la chancleta de mi vieja que a tus piñas, Gordo. La seguimos otro día, dijo el otro y se fue. Gatito llevaba un invicto de 43 partidas. Beto ese día regaló fichas para todos; creo que hasta les dio algunas a los niñitos pobres.

Y un día conocimos la rockola. La ubicaron al fondo del local, cerca de los pinballs, por lo que su uso quedó mayoritariamente para los chicos de negro. Por cada ficha se podía elegir dos canciones. Todo lo que se escuchaba en las radios modernas estaba allí. La presencia de una rockola con la música de moda incrementó el número de chicas en el salón. Si uno quería poner una canción en el acto se veía rodeado por los de negro o las pibas que aconsejaban qué canciones escoger, unos sugerían temas de Guns and Roses, Aerosmith y Ramones, y ellas temas de Madonna, Prince y de pop europeo. Por temor o amor cedíamos a los gustos ajenos. Por esa época Roco empezó a integrarme y a presentarme a sus amigas, chicas bonitas que me saludaban con sonoros besos en la mejilla y que me trataban súper bien, trato que retribuía dedicándole las canciones que ellas querían.

Un día a Pablo le regalaron un Sega; semanas más tarde Gatito ligó un Super Nintendo, y empezamos a cambiar los arcades por tardes enteras encerrados derritiendo transformadores. Más tarde el Efecto Tequila dejó a nuestros viejos sin laburo y a nosotros sin guita para fichas. Roco murió unos años después al caer de una moto y la negación, dejar de pasar por los lugares atados a recuerdos, es una buena forma de sanar. Y cuando por fin encontramos la trasnoche de una radio que pasaba nuestras canciones sin pisar, terminamos de contribuir a la extinción de los salones.

A veces pienso a la vida como un videojuego en el que se acumulan puntos, se pierde energía, se descubren niveles secretos y, si juego bien la única fecha que nos dan, al final enfrentaré al más difícil de todos los final bosses.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Juan José “Juanci” Laborda Claverie (San Luis, Capital, 1980)

Comunicador Social (UNC y UNSL). Docente y productor en medios de comunicación. Llevó a cabo diferentes programas destinados a promover el arte nacional e internacional. Desde 2011 conduce Cuentos Criollos, programa radial sobre la nueva narrativa argentina, que es retransmitido en distintas emisoras de todo el país. Publicó en diversas antologías locales y en múltiples sitios web especializados en literatura argentina. Recibió premios y menciones en diferentes concursos narrativos. Coordinó talleres de redacción literaria para niños y adolescentes, y también para público adulto. En 2018 publicó su libro de relatos, Historias e histerias sobre cabellos más fuertes que yuntas de bueyes, y la nouvelle El cirujano. Biografía del jugador más violento de la Liga Puntana de Fútbol, y en 2019 su poemario Insert Coin. Prepara un nuevo volumen de cuentos titulado La contabilidad de los cuervos. Lleva adelante el sello editorial Color Ciego Ediciones. 

 

 

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar