La raíz africana de las mujeres en la Córdoba colonial

MUJERES ESCLAVAS

por Jaqueline Vassallo

Especial para HDC

Con el propósito de contribuir desde la perspectiva local a la visibilización, reconocimiento y valorización de la raíz afro que alimenta la identidad cultural de Córdoba, el Grupo Córdoba Ruta del Esclavo -que se encuentra vinculado al Proyecto Unesco La Ruta del Esclavo-, nos propone esta semana una serie de originales actividades culturales. Entre ellas, la reflexión en torno a la criminalización que sufrieron las mujeres esclavizadas que vivieron en Córdoba, durante la colonia. 
Hacia mediados del  siglo XVIII, los esclavos constituían el 12, 51 % del total de la población de la ciudad de Córdoba y su jurisdicción, que por entonces sumaba  44.500 habitantes. Córdoba, asimismo, fue  un importante centro  de compra- venta de mano de obra esclava, incluso funcionó como punto nodal para la distribución del sistema comercial de la trata, con entrada en Buenos Aires, pero con destino a Potosí.
Es sabido que el discurso social colonial definió y penalizó a las mujeres esclavizadas, al transformarlas en permanentes sospechosas de traspasar los límites de la sexualidad  impuesta por el orden y al  vincularlas con la comisión de delitos relacionados con el robo, las peleas callejeras, el homicidio de los amos o la hechicería. A las sospechas generalizadas que recaían sobre todas las mujeres- de ser seres dominados por sus cuerpos, potenciales delincuentes y pecadoras relacionadas con lo sexual; las negras y mulatas debieron sumar la supuesta “naturaleza obscena” de sus cuerpos. Recordemos que la sociedad colonial de entonces, atribuía a estas mujeres una hipersexualidad, que muchas veces era institucionalizada en el ámbito de la justicia. 
Sin embargo, el estereotipo de la “negra lujuriosa”, solía contrastar con las tareas que generalmente desempeñaban en el ámbito doméstico y sobre todo, en el cuidado de los niños de la familia de los amos. Durante el último cuarto del siglo XVIII, y cuando se implementaron fuertes políticas de control social en la jurisdicción de Córdoba, la justicia ordinaria las acusó de generar “corrillos” y escándalos cuando lavaban la ropa a las orillas del río, porque concitaban la concurrencia de muchos varones con los que socializaban. Asimismo se ordenó a las esclavas que vendían comida en la calle por cuenta de sus amos, que regresaran a sus casas al anochecer, porque según las autoridades, provocaban “molestias y desórdenes” en las esquinas del centro de la ciudad.
No debemos olvidar que el comercio callejero del que solían tomar parte las mujeres esclavas y libertas- tanto por necesidad económica o porque sus amos las explotaban-  era la prostitución; que muchas veces la ejercían, como medio para ganar dinero y comprar la  libertad. Las actas del cabildo de Córdoba fechadas en 1732, dan cuenta de las sospechas que recaían sobre varones y mujeres esclavizados de que robaban a sus amos e incluso, que lo obtenido iba a parar a mesas de juegos de azar. Unos años más tarde, la misma institución solicitaba al Santo Oficio que pusiera fin al ejercicio del maleficio y la hechicería que se perpetraba de manera vengativa contra españoles y cuya comisión identificaba con las mujeres esclavizadas. 
Fue entonces cuando muchas de ellas fueron denunciadas ante el comisario de la Inquisición local. Algunas pertenecían a alguna orden religiosa- como la de los jesuitas- o eran propiedad de algunas personas que gozaban de cierto renombre social. En definitiva, formaban parte del mundo doméstico de sus amos y en muchas oportunidades fueron  denunciadas por vecinos y allegados. Se trataba de mujeres viudas o solteras, que tenían entre 40 y 50 años. En muchos casos se aludió a la libertad sexual que gozaban, y por ende se las vinculó de manera directa con la  actividad hechiceril. Se las acusó de practicar actividades terapéuticas, hacer diagnósticos, recomendar curas, proporcionar medicinas y deshacer hechizos. Aunque el curanderismo estaba bastante difundido como medio de vida, las fronteras entre la terapéutica y la hechicería eran demasiado lábiles y la habilidad para deshacer un maleficio podía volver como un  boomerang contra la curandera. 
En Córdoba, mujeres y varones- sobre todo españoles-, acudieron a ellas para que curaran a familiares e incluso a sus propios esclavos.  Dentro de la característica de la hechicería empírica, encaminada a enderezar la realidad, se valían de procedimientos concretos usando hierbas, ungüentos y otras sustancias; en tanto que otras, ejercieron la hechicería destructiva, es decir, ya no procurando el acomodo prudente de la realidad sino, la destrucción de la misma, en una actitud negativa y hostil. La “mala fama”, la acumulación de acontecimientos anómalos, curaciones exitosas o  fallidas, todo podía contribuir a la construcción de la figura de la hechicera.
Entre los episodios mágicos que dieron origen a las denuncias ante la Inquisición de Córdoba, podemos reconocer la magia amorosa: el maleficio del marido, del amante o de quien se pretendía amores; como asimismo, el intento de curar dolencias y el procurar encontrar objetos perdidos. También hallamos la mención del uso de ciertos dispositivos mágicos, como brebajes, muñecos de cera, agujas o gusanos. A lo que debemos sumar,  dientes de ajo, vino, poleo y romero. Estas mujeres ordenaban hacer friegas en el cuerpo con vino, o también con ajos en los zapatos de la enferma, para dolencias que no constan en las denuncias. Muchos de los medios empleados tenían sustancias con propiedades reales- como el ajo y el romero que se empleaban como  desinfectante y antiespamódico respectivamente-; mientras que otros tenían obviamente poderes “ilusorios”, como los gusanos puestos en el mate para enamorar.  
Sin lugar a dudas, pensamos que las prácticas mágicas contribuían a unir una red clandestina entre varios sectores sociales. En una sociedad tan estructurada como la colonial, daban alguna posibilidad a ciertos individuos, como a las mujeres- pero por sobre todo a las mujeres esclavizadas-, de torcer las reglas de juego. La hechicería constituyó una opción para las mujeres de los grupos subalternos urbanos, que generalmente estaban al margen de la tutela masculina. El hecho  que ellas apelaran a las prácticas mágicas  para mejorar sus relaciones con los varones, o su posición en la sociedad, debe ser entendido como un reflejo de las limitaciones que éstas experimentaban en el ambiente social donde sus vidas se desenvolvían. En este sentido, la hechicería femenina canalizó gran parte del comportamiento y los valores rechazados por la cultura y la moral dominantes en la sociedad colonial, pero por otra, también vino a zanjar una carencia real y concreta de médicos. 
Como afirma la investigadora del Conicet, Silvia Mallo, no debemos olvidar que la sociedad colonial insistió en señalar a los esclavos en general, como protagonistas de actividades delictivas, fundadas en la inferioridad asignada, estigma de la raza, así como de sus comportamientos y prácticas culturales, que eran vistos por ojos europeos occidentales. Por largos años, la Córdoba tan “docta” y tan “gringa”, los invisibilizó; por eso resulta hoy un desafío permitirnos reconocer en nuestra identidad, estas raíces.  
 
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