Los incendios que arrasaron amplias zonas de nuestra patagonia en las últimas semanas (y que avanzan también en Chile) volvieron a encender una alarma que excede lo coyuntural. No se trata solo de llamas, viento o temperaturas extremas. Lo que se quema —y lo que arde con más facilidad— es el resultado de decisiones tomadas durante décadas. En ese espejo lejano, nuestra provincia también puede verse reflejada.
Córdoba frente a una decisión: restaurar o repetir el desastre
Las sierras cordobesas conocen el fuego. Calamuchita, Traslasierra, Sierras Chicas y Punilla cargan con una historia reciente de incendios cada vez más frecuentes, más intensos y más difíciles de controlar. La combinación de sequía, avance urbano, desmonte y especies exóticas genera un escenario donde el fuego deja de ser una excepción para convertirse en una amenaza recurrente.
“Hoy el riesgo no es hipotético, es real y se repite todos los años”, advierte Franco Menna, técnico universitario guardaparque y brigadista, con experiencia directa en el combate de incendios tanto en Córdoba como en el Parque Nacional Los Alerces. Su mirada no es teórica: nace del cuerpo puesto en el territorio.
Cuando el fuego no avanza: explota
Menna explica que no todos los paisajes se queman igual. Las plantaciones de pinos, ampliamente difundidas en distintas regiones del país, generan incendios de una violencia extrema. La resina que contienen actúa como un combustible altamente explosivo, capaz de modificar por completo la dinámica del fuego.
“En un incendio de pinos no se puede atacar de frente. El fuego es tan intenso que obliga a trabajar a distancia, con líneas defensivas y maquinaria. No hay margen para el combate directo”, señala.
Además, el pino tiene una característica que vuelve al fuego impredecible: la propagación “a los saltos”. Las piñas y partículas encendidas pueden volar y generar nuevos focos a cientos de metros del frente principal. A eso se suma la continuidad de ramas desde el suelo hasta la copa, que permite que el fuego ascienda con rapidez y gane altura.
El contraste con el monte nativo es marcado. Allí donde persiste el bosque serrano, el fuego encuentra más obstáculos.
Lo que se pierde cuando se quema el monte: identidad, agua y vida
“El monte nativo no es solo un conjunto de árboles, es un sistema”, explica Mirna Elvira Canio, bióloga, investigadora del CONICET y educadora ambiental. En el Chaco Serrano, especies como el molle, el algarrobo o el quebracho cumplen funciones que van mucho más allá del paisaje.
Elvira Canio utiliza una imagen sencilla para explicarlo: el monte funciona como una esponja. Sus raíces retienen el agua de lluvia, evitan que el suelo se lave, regulan inundaciones, mantienen la humedad y la fertilidad. Cuando ese sistema se reemplaza por especies exóticas, esa capacidad se pierde.
“La invasión biológica simplifica el paisaje. Donde antes había múltiples estratos y relaciones ecológicas, queda una estructura homogénea, más seca y más inflamable”, señala.
Esa simplificación también impacta en la biodiversidad. Muchas especies que habitan las sierras cordobesas son endemismos, es decir, no existen en ningún otro lugar del mundo. Cuando el monte se quema o se reemplaza, esos vínculos se rompen y no siempre pueden reconstruirse.
Un incendio, entonces, no es solo la pérdida de árboles.
Es también la pérdida de identidad, de alimentos, de medicinas naturales, de insectos polinizadores y de equilibrios que tardaron generaciones en formarse.
Reforestar no siempre es salvar: el mito verde
Frente al impacto del fuego, la respuesta automática suele ser plantar. Pero tanto Menna como Elvira Canio coinciden en que reforestar no siempre es la solución inmediata, y en algunos casos puede incluso agravar el problema.
“Un suelo quemado necesita tiempo. El tránsito constante de personas plantando puede ser contraproducente”, explica la bióloga. A eso se suma un punto clave que suele pasar desapercibido: la procedencia genética de las especies.
Menna lo resume con claridad: “No alcanza con que sea un algarrobo. Tiene que ser de esa zona. Un ejemplar traído de otra provincia no está adaptado de la misma manera”.
Antes que plantar, ambos especialistas insisten en una prioridad: conservar los bosques que aún quedan en pie. Porque cuando se pierde un monte nativo, no se pierde solo una especie, sino un entramado de relaciones ecológicas imposibles de reproducir artificialmente.
¿Quién cuida a quienes nos cuidan del fuego?
Mientras el riesgo ambiental crece, quienes están en la primera línea del combate enfrentan una crisis silenciosa. Menna describe condiciones laborales críticas para los brigadistas: sueldos que rondan entre los 550.000 y 600.000 pesos, contratos que pasaron de ser anuales a trimestrales y falta de reconocimiento en los ascensos.
“Muchos compañeros capacitados se van porque no pueden pagar un alquiler”, señala. La consecuencia es directa: menos personal experimentado, menos capacidad de respuesta y mayor vulnerabilidad frente a incendios cada vez más complejos.
La precarización laboral no es un problema aislado del ambiente. Es parte del mismo modelo que posterga la prevención y reacciona solo cuando el fuego ya está desatado.
Por su parte, Elvira Canio señala la necesidad de reforzar el vínculo entre profesionales, empresas y el Estado. Más allá de la compleja situación económica que atraviesa el sector científico ambiental, sostiene que potenciar el trabajo interdisciplinario y afianzar el diálogo —facilitando el acceso a la información— puede marcar una diferencia, especialmente en los espacios donde se toman decisiones con fuerte impacto sobre el ambiente.
Sin embargo, desde su experiencia, advierte que hoy ese diálogo es insuficiente y, en muchos casos, directamente desinteresado. Aun así, y pese a las condiciones adversas, Canio no pierde la esperanza y remarca que continúa a disposición para divulgar su conocimiento o asesorar a quienes lo necesiten, ya sea desde el ámbito público, privado o a nivel individual.
Aves Argentinas sumó 47.600 hectáreas en Córdoba para ampliar la conservación ambiental
Del patio al monte: las decisiones cotidianas también queman
El problema no empieza ni termina en los grandes incendios. También se construye en decisiones pequeñas y repetidas: qué se planta en una vereda, qué especies venden los viveros, qué se elige para un barrio cerrado o un loteo serrano.
En Córdoba se registran al menos 34 especies exóticas invasoras, entre ellas la acacia negra, el siempreverde, la mora, el paraíso y el eucalipto. Algunas llegaron con fines ornamentales, otras productivos. Hoy avanzan sobre el monte nativo y alteran su equilibrio.
Elvira Canio insiste en que el ambientalismo no se opone al desarrollo, sino a la falta de planificación. “La intervención humana puede existir, pero tiene que ser compatible con el ecosistema”, sostiene. Y agrega una idea clave: la responsabilidad no es solo estatal. También es civil.
“Salir de la zona de confort, informarse y elegir conscientemente qué plantar es una forma concreta de cuidar el territorio”, afirma.
Un futuro en disputa
Córdoba está frente a una decisión. Repetir un modelo que simplifica el paisaje, aumenta el riesgo de incendios y degrada el ambiente, o apostar por la restauración, la conservación y el respeto por los tiempos del monte nativo.
El fuego no empieza solo con una chispa.
También se enciende con lo que se decide plantar —o reemplazar— mucho antes. Entenderlo es el primer paso para no volver a ver, año tras año, cómo el desastre se repite.
