El Instituto de Neurociencias y Bienestar de Insight 21, el think tank de la Universidad Siglo 21, realizó un informe sobre la condición cerebral de los argentinos, un concepto ligado a la neurociencia. Este primer estudio, llamado El capital cerebral en Argentina: Un estudio exploratorio sobre habilidades cerebrales, salud cerebral y factores impulsores, fue de carácter exploratorio y permitió conocer en detalle los elementos que le permiten a las personas aprender, adaptarse, innovar y sostener su bienestar.
La institución, a cargo de Fátima González Palau, Doctora en Neuropsicología, se encargó de encuestar a personas de entre los 18 y los 70 años, residentes en las siguientes ciudades argentinas: Ciudad de Buenos Aires, Comodoro Rivadavia, Córdoba, Corrientes, Mendoza, Rosario y San Miguel de Tucumán. De esta manera, consiguieron información que consideran valiosa para futuras investigaciones y decisiones políticas.
Datos más relevantes
En primer lugar, el relevamiento destaca un alto nivel de seguridad autopercibida en las habilidades cerebrales. El 70% de los encuestados confía en su capacidad de aprender cosas nuevas, el 65% en poder concentrarse y el 56% en adaptarse a situaciones nuevas. Además, esa confianza se mantiene pareja en todos los niveles socioeconómicos, educativos y etarios. Sin embargo, los hábitos que deberían sostener esas capacidades están lejos de los mínimos recomendados por la OMS: solo el 24% realiza los 150 minutos semanales de actividad física recomendados, el 47% duerme menos de 7 horas por noche y solo el 29% incorpora frutas y verduras a su dieta de manera diaria.
Si bien la conformación de hábitos tiene un componente individual, el informe también analiza variables vinculadas a las condiciones sociales, como la educación alcanzada y el nivel socioeconómico. Es en este sentido que las desigualdades aumentan según el nivel educativo: el consumo diario de frutas y verduras pasa del 15% entre quienes tienen estudios secundarios al 37% entre quienes completaron estudios universitarios, y la actividad física del 17% al 29%.
Uno de los datos más alarmantes tiene que ver con la salud mental. El 53% califica su salud mental del último mes como «buena», mientras que el 47% la califica como «regular» (40%), «mala»
(5%) o «muy mala» (2%). Por grupo de edad, el informe detecta una paradoja entre los jóvenes de 18 a 29 años: el 80% percibe contar con apoyo social, el porcentaje más alto entre todas las franjas etarias, pero solo el 49% califica bien su salud mental, muy por debajo del 66% que registra el grupo de 50 a 59 años en ambos indicadores.
Según González Palau, “el apoyo del entorno es necesario, pero no garantiza por sí solo el
bienestar emocional de los más jóvenes. Ahí entran en juego otras cuestiones propias de este
segmento, como la incertidumbre frente al futuro laboral, la presión por construir una identidad y el acceso real a espacios de contención profesional cuando el malestar aparece».
Para poder profundizar sobre los aportes del informe, Hoy Día Córdoba conversó con la Doctora González Palau sobre la importancia de este estudio y las implicancias hacia el futuro que pueden tener estos datos.
Entrevista con la Dra. Fátima González Palau
Hoy Día Córdoba: ¿Cuál fue la primera hipótesis que tuvieron al iniciar este estudio? ¿Los resultados la confirmaron?
Fátima González Palau: Más que una hipótesis cerrada, partimos de una pregunta: ¿cómo está el capital cerebral de las personas que viven en diferentes ciudades argentinas? Existen índices internacionales de Brain Capital, pero se construyen con datos macroeconómicos y poblacionales. Nosotros quisimos hacer una primera aproximación exploratoria basada en indicadores individuales que permitiera abrir una conversación que hoy ya se está instalando a nivel internacional.
Lo más interesante fue descubrir que las diferencias aparecen en las condiciones y no en las capacidades autopercibidas.
H.D.C: ¿Por qué consideran importante comprender el estado del capital cerebral en Argentina? ¿Además de cuestiones de salud, qué otras implicancias tiene?
F.G.P: Porque el capital cerebral es la riqueza mental de una sociedad. Así como un país cuida su economía, su infraestructura o sus recursos naturales, también necesita cuidar el activo que hace posible todo lo demás: la capacidad de su gente para aprender, adaptarse, innovar, resolver problemas y tomar buenas decisiones. Fortalecer el capital cerebral no es solamente una política sanitaria o educativa; es una estrategia de desarrollo.
H.D.C: Uno de los resultados más curiosos es que los encuestados tienen un alto nivel de confianza en sus capacidades para aprender, concentrarse y adaptarse a cosas nuevas ¿cuáles son las causas de ese nivel de seguridad?
F.G.P: Nuestro estudio es exploratorio y descriptivo, por lo que no busca explicar las causas de esa confianza. Lo que sí muestra es un dato muy interesante: la mayoría de las personas confía en su capacidad para aprender, concentrarse y adaptarse, incluso cuando otros indicadores —como algunos hábitos de vida o la salud mental percibida— presentan mayores oportunidades de mejora.
Ese contraste merece ser investigado. Sabemos, por abundante evidencia científica, que el sueño, la actividad física y una alimentación saludable son fundamentales para mantener la salud cerebral a lo largo de la vida. Por eso creemos que uno de los grandes desafíos no es aumentar la confianza; es crear las condiciones para que esa confianza pueda convertirse en capacidades sostenidas a lo largo del tiempo.
H.D.C: Si bien las personas que respondieron a la encuesta admitieron tener esas capacidades no necesariamente tienen los hábitos mínimos para lograrlos ¿cuál es la explicación de esa brecha?
F.G.P: Los hábitos no dependen únicamente de la voluntad individual. En nuestro estudio observamos que comer mejor y realizar actividad física muestran una asociación clara con el nivel educativo. Esto sugiere que la educación puede ser una pieza importante, aunque no la única. Junto con otros factores sociales y ambientales, podría facilitar el acceso a conocimientos, habilidades y herramientas que ayudan a sostener hábitos saludables.
También existe un componente cultural. Todavía no aprendimos a pensar el sueño, la actividad física y la alimentación como inversiones en el cerebro. Muchas veces los vemos como decisiones de estilo de vida o de bienestar personal, cuando en realidad son parte de la base que promueve nuestra capacidad para aprender, trabajar, crear y adaptarnos.
La buena noticia es que los hábitos son el componente más modificable de todo el estudio y, por lo tanto, uno de los que ofrece mayores oportunidades de intervención.
H.D.C: ¿Que actores de la sociedad deberían intervenir para acompañar el cambio de dichos hábitos? ¿De qué manera deberían hacerlo?
F.G.P: El informe muestra que fortalecer el capital cerebral no depende únicamente de las decisiones individuales, requiere una mirada compartida.
El Estado puede incorporar la salud cerebral en las políticas de promoción y prevención. Las empresas también tienen un papel importante; favorecer entornos laborales que protejan la salud cerebral también es invertir en productividad. El sistema educativo puede incorporar contenidos vinculados con la salud cerebral desde edades tempranas, y los medios de comunicación cumplen un rol fundamental para instalar esta conversación con mensajes claros para la población.
Si logramos avanzar en esa dirección, pequeñas mejoras sostenidas pueden traducirse, según la evidencia disponible, en beneficios para la cognición, el bienestar emocional y la productividad. A escala social, eso significa una población con mayor capacidad para aprender, innovar y enfrentar los desafíos del futuro.
No necesitamos descubrir nuevos factores protectores del cerebro. Tenemos mucha evidencia sobre qué funciona. El desafío ahora es convertir ese conocimiento en políticas públicas, decisiones organizacionales y hábitos sostenibles.
