Cuba sin luz, sin margen y sin épica

Durante décadas, la Revolución Cubana vivió en una especie de presente extendido, donde el pasado heroico justificaba el presente difícil. Hoy, ese vínculo se debilita.

Cuba

El reciente apagón masivo en Cuba —casi treinta horas de oscuridad total— no es un accidente técnico ni un episodio aislado. Es, más bien, una metáfora brutal de un sistema que hace tiempo funciona al límite. Cuando la electricidad se corta, lo que aparece no es solo la fragilidad de una red energética obsoleta, sino la de todo un modelo económico, político y geopolítico que parece haber agotado sus márgenes. La isla vive hoy en una especie de “período especial” sin nombre. Pero a diferencia de los años noventa, cuando la caída de la Unión Soviética dejó a Cuba sin su sostén externo, el escenario actual es aún más complejo, y, quizás, terminal. Ya no hay un único shock, sino una acumulación de crisis que se retroalimentan.

El problema energético es el síntoma más evidente y hasta una metáfora de lo que es Cuba hoy. Centrales termoeléctricas envejecidas, falta de mantenimiento, escasez crónica de combustible. El país sigue dependiendo de un esquema fósil que ya no puede sostener. Durante años, el petróleo venezolano funcionó como amortiguador geopolítico, el sostén más importante tras la desintegración soviética. Pero esa ecuación se rompió. Tras el secuestro de Nicolas Maduro y la asunción de una Delcy Rodriguez tutelada por la Casa Blanca, Venezuela ya no sostiene a Cuba como antes. Y sin ese flujo constante, el sistema simplemente colapsa.

Ahí es donde entra el otro factor estructural: la presión externa. El endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos no explica por sí solo la crisis, pero la agrava de manera decisiva. Limita el acceso a financiamiento, restringe el comercio y, sobre todo, complica la llegada de energía. En un país donde cada litro de combustible cuenta, esa presión se traduce en apagones, transporte paralizado y producción detenida.

Pero reducir la crisis cubana al embargo sería un error analítico. Hay algo más profundo: un modelo económico que no logró reformarse a tiempo. La apertura parcial, el turismo, las pequeñas iniciativas privada, todo eso generó una ilusión de cambio que nunca terminó de consolidarse. El Estado sigue siendo el actor central, pero sin capacidad de garantizar lo básico. Y el mercado, en su versión limitada y controlada, no alcanza a cubrir los vacíos.

El resultado es una economía fragmentada, donde conviven distintas monedas, distintos precios y, sobre todo, distintas realidades. Una Cuba para el turista, otra para quien recibe remesas y una tercera —la mayoritaria— que sobrevive en la escasez cotidiana. En ese contexto, el malestar social deja de ser una excepción para convertirse en una constante. Las protestas ya no son eventos extraordinarios, sino episodios recurrentes. No necesariamente masivos, no necesariamente organizados, pero sí persistentes. Aparecen en los márgenes, en los barrios, en la noche. Cacerolas, cortes de luz, gritos. Una política de baja intensidad que erosiona, poco a poco, la estabilidad del sistema.

El gobierno responde como puede: combinando control, un discurso épico que ya no convence a nadie y apelación a la soberanía. La narrativa de la resistencia —históricamente eficaz— sigue presente, pero empieza a mostrar signos de desgaste. Porque hay un punto en el que la épica choca contra la vida cotidiana. Y cuando falta la luz, el agua o la comida, el relato pierde densidad.

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Cuba, cuando afirmó que sería “un honor tomarla” e incluso sugirió que podría “hacer lo que quiera con ella”, no son simplemente exabruptos retóricos, sino la expresión condensada de una lógica más profunda y con antecedentes muy recientes. A diferencia del siglo XX, ya no se trata de una doctrina coherente ni de una estrategia sistemática, sino de una combinación volátil de presión económica, oportunismo geopolítico y personalismo político. A Trump le interesa quedar en la historia como el presidente que “tome Cuba” y a su Secretario de Estado, Marco Rubio, descendiente de cubanos, le serviría de espaldarazo definitivo para su tan ansiada candidatura presidencial.

En paralelo, el escenario internacional de aliados tampoco le ofrece salidas claras al régimen cubano. El mundo que permitió la supervivencia del régimen cubano durante décadas —primero bipolar, luego unipolar— está mutando hacia algo más incierto. China y Rusia aparecen como socios posibles, pero no como salvadores. Su lógica es otra: pragmática, selectiva, orientada a intereses concretos. Cuba ya no ocupa el lugar simbólico que tuvo durante la Guerra Fría.

Así, la isla queda atrapada en una especie de limbo geopolítico: demasiado importante para ignorarla, pero no lo suficiente como para movilizar un rescate estructural. La pregunta, entonces, no es si Cuba está en crisis. Eso es evidente. La pregunta es qué tipo de transición —si es que ocurre— puede emerger de este escenario. Porque las salidas no son infinitas. Una es la continuidad degradada: un sistema que sigue funcionando, pero cada vez peor, administrando la escasez y conteniendo el descontento. Otra es una apertura controlada, al estilo vietnamita o chino, que implique reformas económicas profundas sin alterar el monopolio político. Y la tercera —la más incierta— es una ruptura, un proceso desordenado donde las variables económicas y sociales se desbordan.

Ya cambió la percepción del tiempo histórico. Durante décadas, la Revolución Cubana vivió en una especie de presente extendido, donde el pasado heroico justificaba el presente difícil. Hoy, ese vínculo se debilita. Las nuevas generaciones no tienen memoria directa de ese pasado. Y sin memoria, la legitimidad simbólica pierde fuerza. La edad mediana en Cuba es de 42 años, es decir, una generación a la que la épica de la Revolución ya no la interpela prácticamente nada. El apagón, en ese sentido, no es solo una falla técnica. Es una señal. Un momento en el que la oscuridad deja de ser una excepción y se convierte en una condición estructural. La Revolución Cubana se quedó sin luz, pero también sin épica, y sin margen.

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