Irán: Una revolución religiosa que perdió la fe

Las revoluciones mueren de dos formas: derrotadas o vaciadas. La iraní parece encaminarse a la segunda. Y esa muerte es más lenta, más ambigua, pero también más irreversible.

Irán

La Revolución Islámica de 1979 de Irán no fue pensada como una simple toma del poder. Fue concebida como una refundación moral del mundo. No sólo debía derrocar al sha, sino corregir el rumbo de la modernidad, purificar a la política de su corrupción occidental, restituir la dignidad de los desposeídos y reconciliar soberanía popular con soberanía divina. Pocas revoluciones del siglo XX se narraron a sí mismas con una ambición tan total.

Cuarenta y seis años después, esa promesa se encuentra exhausta. El régimen que nació como rebelión contra el despotismo se sostiene hoy mediante ejecuciones públicas, milicias extranjeras, internet militarizado y tribunales religiosos que condenan a muerte por enemistad con Dios. La revolución que proclamaba haber devuelto la voz a los oprimidos dispara contra estudiantes, comerciantes, mujeres, trabajadores y minorías étnicas. La paradoja ya no es ideológica: es estructural.

El sistema construido por Ruhollah Jomeini no fue una teocracia clásica ni una república convencional, sino una forma híbrida: la  velayat-e faqih, el gobierno del jurista islámico. En los hechos, esto creó un poder no electo, vitalicio y teológicamente legitimado que se sitúa por encima de cualquier institución civil. El líder supremo no gobierna: tutela. No administra: vigila. No compite: sanciona.

Durante años, ese diseño funcionó por tres razones. Primero, el capital simbólico revolucionario: la memoria fresca de la lucha contra el sha, la humillación colonial, la hostilidad estadounidense. Segundo, una redistribución selectiva: subsidios, empleo público, fundaciones religiosas, redes clientelares que convirtieron al régimen en un gran empleador ideológico. Tercero, la guerra y las sanciones, que permitían justificar el control interno como defensa nacional permanente.

Pero toda legitimidad revolucionaria, si no se actualiza, tiene fecha de vencimiento. La iraní, como la bolivariana y como la cubana, expiró cuando dejó de producir futuro y empezó a administrar escasez.

Hoy Irán combina inflación estructural, colapso monetario, sanciones prolongadas, corrupción sistémica y un complejo militar-religioso que controla sectores enteros de la economía. El resultado es un capitalismo clerical: una oligarquía armada que predica austeridad islámica mientras gestiona puertos, petróleo, bancos, contrabando y milicias regionales. El Cuerpo de Guardianes de la Revolución, concebido como guardián de la pureza ideológica, se convirtió en el mayor conglomerado empresarial del país.

Las protestas de 2025-2026, iniciadas por comerciantes del bazar el mismo actor social que fue clave para la caída del Sha y el regreso de Jomeini en 1979tienen una carga simbólica devastadora: el núcleo histórico de la revolución ya no se reconoce en su criatura.

No es casual que el detonante haya sido el colapso del rial, la inflación superior al 40%, la pérdida brutal del poder adquisitivo y la sensación generalizada de que el régimen sacrifica la economía doméstica para financiar guerras ajenas: Gaza, Líbano, Siria, Irak. El viejo lema revolucionario era ni Oriente ni Occidente. El nuevo grito en las calles es: Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán.

No se trata sólo de una consigna económica. Es una ruptura ideológica profunda: el rechazo no sólo al gobierno, sino al proyecto geopolítico entero del islamismo revolucionario. La idea de que Irán es ante todo una vanguardia teológica regional ya no seduce; ahora se vive como una carga.

Más del 60% de los iraníes nació después de 1979. Para ellos, la Revolución Islámica no es una epopeya: es el régimen bajo el cual no pueden vestirse, amar, crear, viajar ni hablar libremente. Las protestas tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 marcaron un punto de no retorno. Allí se quebró el pacto tácito: obediencia a cambio de estabilidad. La represión masiva selló algo más grave que el miedo: destruyó la ilusión de reforma.

Desde entonces, el régimen dejó de ser percibido como reformable y empezó a ser visto como irreductible.

Un dato clave de las protestas recientes es el cambio en los símbolos. Regresa la bandera del León y el Sol. Se escuchan consignas monárquicas. Se derriban imágenes de Jomeini y de Qasem Soleimani. Se grita muerte al dictadorsin ambigüedad teológica. No se pide corregir la revolución: se pide terminarla.

El régimen está fallando por una combinación de factores estructurales que se retroalimentan: un fracaso económico crónico que erosiona cualquier base material de legitimidad; el agotamiento definitivo del mito revolucionario como relato movilizador; un cambio generacional irreversible que ya no reconoce autoridad moral en los clérigos gobernantes; un aislamiento internacional prolongado que encierra al país en un horizonte de sanciones y escasez; la hipertrofia del aparato represivo, cada vez más central en la gestión cotidiana del poder; y una desconexión casi absoluta entre las élites clericales y la experiencia real de la sociedad urbana, joven, educada y culturalmente globalizada.

A esto se suma un problema más profundo: la obsolescencia doctrinal. La Revolución Islámica fue una respuesta al siglo XX, a la Guerra Fría, al colonialismo tardío, a la secularización forzada. Pero Irán hoy es un país del siglo XXI gobernado por una teología política del siglo VII, administrada con métodos del siglo XX y sostenida por tecnologías de vigilancia del siglo XXI.

El régimen puede sobrevivir todavía, como han sobrevivido otros Estados petrificados: Corea del Norte, Cuba, Siria. Tiene armas, aliados tácticos, recursos energéticos y un aparato represivo eficaz. Puede prolongar su existencia. Lo que ya no puede es regenerar su sentido.

Incluso si la República Islámica no cae mañana, algo decisivo ya ocurrió: dejó de ser una revolución. Se convirtió en aquello que prometió destruir: un orden cerrado, jerárquico, autoritario, incapaz de imaginar un porvenir mejor que su propia conservación.

Las revoluciones mueren de dos formas: derrotadas o vaciadas. La iraní parece encaminarse a la segunda. Y esa muerte es más lenta, más ambigua, pero también más irreversible.

Porque cuando un régimen pierde la creencia popular de que representa algo superior a lo que reemplazó, lo único que le queda es la fuerza.

Y la fuerza, por definición, no funda nada. Sólo posterga.

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